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06 junio 2017

LIBROS-PHILIP GLASS Palabras sin música


UNA VIDA PARA CONTARLA
PALABRAS SIN MÚSICA 
PHILIP GLASS. Memorias. Autor: Philip Glass. Traducción de Mariano López. 495 páginas. Editorial Malpaso, Barcelona 2017

Por Jesús Gonzalo @noiself

El pasado 31 de enero cumplía 80 años, fecha cercana al 40º aniversario del estreno de Einstein on The Beach. Muchos pensarían que sería más joven, como le sucede a las estrellas del rock, pero no. Pese a su prestigio y popularidad, la extensa y variada producción de Glass causa opiniones encontradas. Sabemos que hay que distinguir personaje de autor. Y comoquiera que Glass es consciente de la resistencia que provoca su música, ha decidido enmarcar esta autobiografía en un título que deja a ésta al margen, aunque todo gire alrededor de la creación. 

En resumen, la vida de Philip Glass resulta mucho más amable, generosa y apasionada que su música. Estas memorias se podrían dividir en dos partes con epicentro creativo en Einstein, su gran aportación al mundo de las artes escénicas por encima, como él mismo reconoce, de la música: “lo que yo quería hacer era una música fácilmente conceptualizable que estuviera en consonancia con el arte, la danza y la pintura de esas mismas características”. De hecho, se define a sí mismo como un “compositor teatral”. 

Trabajador infatigable, la vasta y variada producción de Glass ha recorrido nuevos conceptos operísticos, el cine de Woody Allen, Martin Scorsese o Jean Cocteau, la poesía musicada de Leonard Cohen y Allen Ginsberg, el exotismo orquestal de Ravi Shankar y el pop espacial de David Bowie y Brian Eno. Con 80 años publica en español su autobiografía "Palabras sin música", un rico retrato sobre una vida nada minimal
En los capítulos iniciales, preñados de referentes culturales y viajes, el joven Glass, un tipo de clase medía trabajadora de procedencia judía no practicante, hace evidente su apetito intelectual. Su familia regentaba una tienda en la que  Ben, su padre (una figura entrañable cuya presencia late desde los intersticios del texto), le ofrece la primera gran lección: “una cosa es la música y otra el negocio de la música”. Consejo que tuvo ocasión de contrastar cuando su vocación le obligó a compaginar sacrificados trabajos alimenticios hasta cumplidos los 40. Esta primera etapa parte de Baltimore (nace allí en 1937) siendo adolescente y se traslada a Chicago para vivir una más que interesante etapa universitaria en los años 50, ciudad de la que alaba la calidad y variedad del plan de estudios y su estimulante vida cultural: “Me interesaba más mi formación general que mis asignaturas”. 

Allí descubre a Bartók con la Sinfónica, al escritor Saul Bellow y su afición a la Historia de la ciencia, que dará frutos décadas más tarde en la trilogía operística sobre Einstein, Kepler y Galileo. En cuanto al binomio estudiante-profesor, añade: “Para mi tenía poca importancia estudiar mientras estudiara con el maestro adecuado, y eso sigo haciendo”, refiriéndose, sobre todo, a su faceta espiritual junto a renombrados yogis y rinpochés. Chicago decanta su decisión en favor de la música, que desde 1957 traslada a la Julliard de Nueva York, donde más tarde se sumergiría en el espíritu de vecindario de lofts que mezclaba todo tipo de gentes del arte. 


Marcha un verano a París y vuelve en 1965 para una estancia más larga con quien sería su primera mujer, JoAnne Akalaitis (hay foto de ambos en Mojácar). En la capital francesa descubre el cine de arte y ensayo y el teatro de Beckett, lo que le lleva a decir: “Quería una música que no encajara con la acción (…) quería describir una epifanía emocional”. En París le sale su primer trabajo junto a Ravi Shankar, cuya amistad mantuvo siempre. También allí se forma junto a Nadia Boulanger, hecho recogido en un interesante capítulo con el nombre de la pedagoga que le guió por la música de Bach para teclado. 
“Prólogos y epílogos, principios y finales, todo lo que hay en medio pasa en un abrir y cerrar de ojos. Una eternidad precede al prólogo y otra, si no la misma, sigue al epílogo”
Viniendo del yoga, se hace budista y vegetariano y encuentra un refugio creativo en la frontera con Canadá. Visita repetidas veces India y los centros de meditación de Tibet y Nepal, la primera en 1965 cruzando Afganistán: es el relato más suculento de sus viajes iniciáticos. El tiempo dilatado de ragas y el teatro Ramayana, la dimensión “granítica” de Bruckner o el teatro experimental, aunque parecieran estilos irreconciliables, se muestran reveladores en Einstein on the Beach. La tercera y última parte se completa con capítulos dedicados a la ópera y el cine en los que sobresale la trilogía qatsi (“vida sin equilibrio”). Dirigida por Godfrey Reggio, sus localizaciones le permitieron viajar por Latinoamérica, Brasil (volvería con frecuencia) y África occidental. La otra trilogía, la dedicada al Cocteau mudo, aporta una visión menos abigarrada, más fría e intelectual. 


La narración es tan fluida y amena que parece haber sido transcrita, y tan preñada en detalles que hace del género memorístico un acto de recreación de imágenes legítimo. Glass, autor que dedica el libro a sus cuatro hijos y por el que el lector acaba sintiendo afecto, es buen amigo de sus amigos, como lo fue Allen Ginsberg, no pretende engañar a nadie y sabe de las controversias que genera su obra. Del teatro musical al cine, de la India al pop, se puede pensar que su trayectoria creativa es amplia en catálogo pero corta en recorrido. Su vida, en cambio, ofrece una riqueza de conocimientos y vivencias que dejan un rastro de sabiduría. 







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