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16 abril 2017

MINIMALISMOS LA SONRISA DE JOHN CAGE De mantras y happening Parte II

MINIMALISMOS
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    De mantras y happening 
El testigo de La Monte Young en su propuesta de un sonido meditativo y sensorialmente conectado con la idea de infinito resulta más evidente en  autores como Terry Riley, Pauline Oliveros o Charlemagne Palestine. Son intérpretes con mayor autonomía sobre el escenario, haciendo recaer en su discurso la función de autores-ejecutantes y en su capacidad como improvisadores. Estos autores, a diferencia de los que señalaremos en el último apartado de este dossier, no llevaron su obra a un planteamiento escénico articulado como teatro musical. Su apuesta atribuye al compositor, en cierto modo, ser intérprete y gurú al mismo tiempo, o que sus instrumentos procedan de países como India, sean adaptados electrónicamente o se sirvan del espacio tanto como de la música que lo ocupa.  Por Jesús Gonzalo @noiself


El concepto de acción room de John Cage es un laboratorio doméstico de creación y expresión. La repetición servirá de elevación espiritual como los mantras, el perfume sereno de Oriente comulga con una dimensión creativa más basada en la improvisación y el diálogo con uno mismo que en precisas reglas escritas. Esta “nueva música” que va surgiendo en la soleada California tiene curiosidad por la India, tierra espiritual e inspiradora de autores como Young o Riley. El concepto de armonía, composición e instrumentación varía hacia formas híbridas, que conjugan diálogo instrumental, tratamientos de electrónica, misticismo y arte conceptual.





Su etapa inicial recuerda algo a la de Cage, alguien con formación en Schönberg, admirador de Anton Webern y alumno en Darmstadt de Stockhausen pero que estuvo a punto de dejarlo por el jazz en los años 50: inquietud por la improvisación. La relevancia de la figura de La Monte Young (Idaho-Los Angeles, 1935) ha quedado algo diluida en este movimiento: se le percibe más como instigador que como creador determinante. En cambio, sus postulados sobre duraciones, la inmersión en la música de la India y su percepción del espacio-tiempo han sido fundamentales. Como compositor es igualmente coherente a la idea de continuo, de crear una obra interminable como sigue siendo The Well-Tuned-Piano. Young fue, como Riley, alumno de Pandit Pran Nath, tocó en su grupo y se convirtió en un experto en música clásica india. La improvisación, como vemos, es un factor determinante en estos autores.


Lo es también para Terry Riley (California, 1935), que abandonada la experimentación y el frío esquematismo de piezas como In C, se sumerge en la exuberancia hipnótica de las ragas indias y en los primeros sintetizadores para alumbrar una serie que comienza con la magnética A Rainbow in a Curve Air (1969), estallido de color y movimiento circular que descubre vías de expresión al rock planeador de Tangerine Dream, al ambient de Brian Eno y al pop electrónico de Kraftwerk. Esta serie continúa en la más meditativa Descending Moonshine Dervishes (1975), sigue en la sufí Shri Camel (1978) y llega hasta Songs of the Ten voices of the Two Prophets (1983), donde entona cantos como en una raga. Colaboró muy de cerca con el Kronos Quartet en los 80 (Cadenza on the Night Plain y Salome Dances for Peace) y demostró sus facultades pianísticas y de improvisador en un apasionante cóctel de estilos destilados desde el jazz (americanos, caribeños, europeos) con desarrollos repetitivos en Lisbon Concert (1995).



Algunos dicen que ella estuvo incluso antes que Riley. Pauline Oliveros (Huston, 1932) formó parte del equipo de San Francisco Tape Music Center. Para entender su obra hay que tener en cuenta una serie de recursos: improvisación, manipulación o conversión de instrumentos acústicos en electrónicos y uso del espacio escénico como “actor”. El eclecticismo de Oliveros ha sido determinante desde mediados de los 60 en Pieces for wind octet and cash register. Pero si algo le caracteriza es la respiración profunda (deep listening) de su acordeón, electrónicamente tratado en esta importante pieza de 1988 titulada The root of the moment.

                           
Arnold Dreyblatt (Nueva York, 1953) estudió con Oliveros y creó un sonido alrededor de los efectos de la vibración con técnicas para percutir instrumentos de cuerda en lo que llamó Orchestra of Excited Strings en Propellers in love (1986). Dreyblatt trabaja los timbres y los armónicos de las cuerdas mediante un proceso de “excitación” tímbrica y textural enérgica e íntima de los instrumentos (contrabajos, pianos, violines y percusiones). Una de sus intenciones, cuando interpretación conlleva actuación, sería una expresión musical cercana a la instalación sonora acústica.


Los recitales de piano de Charlemagne Palestine (Nueva York, 1947) son un ejemplo de lo que decimos. Comienza dedicando una especie de ceremonia ritualista (Cecil Taylor también en el jazz) en la que canta y danza alrededor de peluches que abarrotan el piano, mientras frota los bordes de una copa de coñac (foto superior). Sus larguísimos conciertos del pasado, conectados con la búsqueda del sonido perpetuo de Young, eran toda una experiencia. Ahora concentra su mensaje en sesiones de una hora con una técnica que llama strumming music (Masssssssssss) que lleva utilizando varias décadas desde sus tiempos en el CalArts (California Institute of the Arts). En ellas, como Dreyblatt, ejerce pulsaciones rápidas y repetitivas sobre las cuerdas del piano, intentando extraer a través de la acción mecánica y la insistencia modulada la voz propia del instrumento. 


Pero si hay una obra llamativa en Palestine, esta vez como artista sonoro y no intérprete de piano, es Jamaica Heinekens in Brooklyn (1999). Provisto de una grabadora digital y un micrófono recorre el itinerario de la Jamaican day Parade, encuentro festivo que reúne a las comunidades latinas de Nueva York. Sin ejercer manipulación alguna en el registro, ritmos, voces y humores tropicales se suceden y pasan de largo en el desfile. Palestine interviene sobre este paisaje sonoro en movimiento cíclico de caravanas, incorporando velos electrónicos flotantes que parecen observar desde arriba lo que sucede en las calles.


Chambers (cámaras) es una instalación sonora móvil de pequeños objetos en un pequeño espacio. El título encierra el concepto de cámara resonante: una cocha de mar lo es. También añade cierta ironía respecto a las piezas así llamadas en el ámbito académico. En palabras del compositor Alvin Lucier (New Hampshire, 1931), “Chambers es una obra que concebí en 1968 mientras visitaba a Pauline Oliveros en San Diego. Me fascinaron las conchas que encontré y pensé en ellas como pequeñas habitaciones que recogerían cualquiera de los sonidos que se oyesen a su alrededor. Amplié esta idea para incluir cualquier objeto encontrado y para cualquier ambiente cerrado”. 

La primera representación de Chambers  fue en el Museo de arte Moderno de Nueva York en 1968. Un grupo de actores recogen objetos resonantes, después juguetes, grabadoras, radios o cualquier mecanismo a pilas o mecánico que pudieran introducir dentro de ellos y sonaran. Luego, sencillamente, tenían que andar moviendo los ambientes sonoros de un lado para otro. Lucier lleva el diseño conceptual del sonido en el espacio a un contexto situado entre la performance y la instalación sonora.


La carrera del también norteamericano Alvin Curran (Providence-Rhode Island, 1938) se inicia en Roma, Italia, en 1965, trabajando junto al colectivo Musica Electrrónica Viva (MEV). Son años de compromiso social y político (Luigi Nono y Cornelius Cardew) a los que se añaden inquietudes espirituales no occidentales. A Curran estos factores vividos y compartidos intensamente con algunos de sus protagonistas le conducen a un cruce caminos: música tonal y atonal, compuesta o improvisada con materiales electrónicos, grabados de la naturaleza o mediante el uso de instrumentos convencionales. Canti illuminati (1982), una de sus obras referenciales, es un lujurioso flujo continuo hecho de voces desfiguradas que surgen en oleadas.

Versión revisada en texto e imagen del dossier del mismo nombre, incluido en el nº 323 de noviembre de 2016, para la revista Scherzo







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