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29 enero 2017

PHILIP GLASS 80º aniversario


PHILIP GLASS
El triunfo de lo mínimo

El Minimalismo es el producto pop de la música contemporánea, el más difundido y comprendido, nacido en la era de Andy Warhol, de la serigrafía y la obra de arte como objeto, por tanto, algo que se puede editar, publicar y vender en serie (repetición). La obra de Philip Glass (Baltimore, 31 enero de 1937) se extiende en infinidad de obras que llevan un sello personal que a muchos les parece superficial y redundante. Con 80 años, publica en español su autobiografía "Palabras sin música", un amplio retrato sobre una vida nada minimal.


1976, declaraciones de un joven y desconocido compositor tras un estreno: “El mundo de la Música Clásica Contemporánea suele ir 50 años por detrás del Arte. Cuando hablan de nueva música ponen de ejemplo piezas escritas en 1910. ¿Te lo puedes creer?” Glass lo sabe bien porque su interés en la vanguardia empezó por autores de ese periodo. Su padre tenía una tienda, en su ciudad de Baltimore, donde vendían discos. Tenía interés en la vanguardia musical y pidió a su padre se hiciera con cuatro discos de la música de cámara de Arnold Shoenberg. Su padre accedió, pues, entre otras razones, además de ser aficionado a la música, su familia era de procedencia judía. Muchos años después, habiendo terminado sus estudios primero en la estimulante Chicago y luego en la Julliard de Nueva York, antes de irse a Paris con Nadia Boulanger, le preguntó cómo iba la venta de los discos del maestro vienés. Su padre le dijo que se habían vendido, pero que esperaba que hubiera aprendido la lección. Una lección, "la que separa el mundo de la música del negocio de la música", que también había recibido por boca de Ornette Coleman cuando se traslada en los 60 a Nueva York.



Einstein on the beach celebró su 40º aniversario en 2016. Teatro musical (dirección Robert Wilson, arriba a la derecha) con coreografía (Lucinda Childs), se trata de una obra referencial por su estructura narrativa y visual. Incorpora detalles biográficos del célebre físico dentro de un formato instrumental, interpretativo y escénico absolutamente novedoso


Einstein on the Beach, ópera que forma parte de la dedicada a físicos como Kepler y Galileo Galilei, fue la primera. Cumple 40 años, ha revolucionado más al teatro que a la música. “Si la escuchas en disco te pierdes la mitad. Movimiento, texto, imágenes y música. Son los cuatro elementos del teatro”, comentaba recientemente Philip Glass  con motivo de la  producción que la Opera de Los Angeles realizó de ella en 2013. Y esto se  debe a que fue llevada a cabo por tres realizadores, Glass en la música, Lucinda Childs en la coreografía y como director Robert Wilson. Desde que se estrenó supuso una revolución de la que se han nutrido después infinidad de títulos que descansan o ponen su acento sobre una u otra disciplina (danza, música, teatro). Se lamentaba también el compositor que pese a su influencia, Einstein, que lleva ese nombre por inspirarse en la biografía del físico, hacía 20 años que no se representaba. Tengamos en cuenta que la duración aproximada del espectáculo es de unas 5 horas y que en Los Angeles se dispuso un lugar de esparcimiento en el que el público podía seguir la representación a través de pantallas mientras hablaban, se tendían o tomaban un refrigerio. 

En realidad, así nació originalmente. Glass, poco tiempo después de abandonar el taxi que conducía para ganarse la vida, había asistido a la representación de “Stalin, his life and Times” que Wilson había realizado con la Brooklyn Academy of Music tres años antes. Era  una pieza anormalmente larga, terminaba de madrugada, tras la cual, a eso de las 6 de la mañana, ambos se  conocieron. Ese era el espíritu de “vecindario” que se vivía en Manhattan, músicos, bailarines, pintores, actores, escritores todo mezclado. 
Tenía un formato geométrico y esquemático, con un diseño compartimentado y un texto hablado ceñido a una música trepidante e insistente, que contrastaba con el estatismo del decorado
“Yo quería a gente corriente en el escenario, gente de la calle. Por ejemplo, no quería a bailarines profesionales”, rememora Wilson, aunque la plasmación final sugiera otra cosa, por entonces joven creador procedente de Texas cuyas inquietudes estaban en las antípodas de los musicales de Broadway. Era una apuesta arriesgada. Tenía un formato novedoso hecho de una estética “minimal”, geométrica y esquemática, con un diseño compartimentado, un texto hablado ceñido a una música trepidante, repetitiva e insistente que contrastaba con el estatismo de figuras y decorado. Un crítico la definió, tras su polémico estreno en el MET, como “bella y aburrida”... intermitentemente bella y aburrida durante 5 horas.



Trilogía Qatsi, extraordinario trabajo documental de la década de los 80 sobre las diferencias del progreso en el planeta. El poder y velocidad de la imagen y los contrastes entre paisajes tuvieron la lectura apropiada en la indolente música de Glass


Fuimos muchos los que conocimos la música de Glass algo más tarde, ya en los 80, a través de la pantalla. La imagen es un terreno en el que la música de Glass siempre se ha apoyado. En su álbum The Photographer (1982) la ocurrente portada recogía primeros fotogramas de cine, como en pequeñas celdas, uno detrás de otro la repetición crea una impresión de movimiento estático como representación de su estilo. Sería con la serie iniciada en Koyaanisqatsi cuando su nombre llegaba a través de la pequeña pantalla. De nuevo contrastes de paisajes y miradas entre Tercer y Primer Mundo, velocidad desenfrenada y contemplativa.

La trilogía qatsi (“vida sin equilibrio”) fueron películas que mostraban “una visión apocalíptica en la colisión de dos mundos”. Dirigidas por Godfrey Reggio y producidas, entre otros, por Francis Ford Coppola y Steven Soderbergh, en realidad se puede decir que es el mejor trabajo que le hemos visto para gran pantalla, pues su música, con esa naturaleza como ajena a la emoción, incapaz de empatizar con otra acción que su desarrollo, no es la más apropiada para bandas sonoras como la que hizo para Woody Allen en la fallida El Sueño de Cassandra. Ni siquiera, se diría, lo es para los cinema-conciertos de películas mudas y en blanco y negro como La Belle et la Bète de Jean Cocteau. Desde el punto de vista de la escucha, todo lo que Glass tenía que decir, con o sin imagen, ya está dicho desde hace tiempo.


Trabajador infatigable, la vasta y variada producción de Glass ha recorrido la nueva ópera, el cine de Woody Allen y Jean Cocteau, el exotismo orquestal junto a Ravi Shankar y el pop espacial de David Bowie-Brian Eno. Con 80 años, publica en español su autobiografía "Palabras sin música", un amplio retrato sobre una vida nada minimal

Philip Glass es quizá el autor de mayor proyección popular. Representa al minimalismo como el producto pop de la música contemporánea, el más difundido, objeto de consumo que se puede vender en serie. De haber existido esa posibilidad, él sería el sexto Beatle, componiendo y arreglando temas para el “Segundo Album Blanco” con la ayuda de Ravi Shankar. Con el maestro indio tuvo encuentros oriente-occidente, siguiendo el sendero de Menuhin, como Passages, exuberante y colorista trabajo de composición para orquesta con núcleo instrumental típico hindú y un elemento diferencial rítmico como la percusión. En esta línea viajera, aunque mucho menos fructífera como experiencia, participó en el teatro musical The Screens sobre el texto de Jean Genet, para el que contó con el kora de Foday Musa Suso. 

En la música de Glass se da una rara convergencia entre barroquismo (el teclado de Bach), movimiento (el impulso del bebop) y frialdad expositiva (su pasión científica)

Creó su propio sello discográfico en los 90, Point Music, donde dio oportunidad a creadores estilísticamente cercanos. Allí salió publicada, además del citado The Screens, la Low Symphony (1992), lectura libre e instrumental, habría que decir, del célebre disco de David Bowie perteneciente a la trilogía berlinesa que produjo Brian Eno. En 2003 saldría otra versión sinfónica sobre Heroes. Es en el sugestivo Subterraneans, subyugante trabajo aéreo en la melodía que cuenta con la voz lujuriosa de Bowie y el toque ambient de Eno en el original, donde Glass encuentra el terreno propicio para su mejor recreación.

Rebasada la época de mayor impacto estético del Minimalismo, que apenas ocupa una década a contar desde 1965, la música de Philip Glass denota un recorrido más corto y menos fecundo que la de otros autores fundacionales como Steve Reich. En ella se da una rara convergencia entre barroquismo (el teclado de Bach), movimiento (el impulso del bebop) y frialdad expositiva (su pasión científica). Hay que reconocerle, no obstante, que gracias a su extensa y variada producción ha conseguido ocupar un hueco mayor en la música popular contemporánea, lo que le convierte en un clásico de nuestro tiempo. 






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