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27 enero 2015

OPINIÓN- ¿FUNCIONA LA MÚSICA?



Opinión: ¿Funciona la música?
Por Jesús Gonzalo

He leído los dos libros que ha publicado David Byrne, el primero de ellos Diarios de Bicicleta. Ambos sorprenden por la cultura que despliega, la visión transversal que desarrolla y la inteligencia y amenidad con la que trata temas complejos como éste. Con rigor, experiencia y estudios comparados, arroja luz sobre la situación de la música o para ser más precisos lo que significa un proyecto musical. Ante tan vasta y diversificada empresa, no tengo claro si compartir su optimismo.


El líder de Talking Heads no rehúye en ningún momento el reto que él mismo realiza desde el título: Cómo funciona la música (Random House/Mondadori, 2014). Un exhaustivo e innovador tratamiento, compendio organizado de reflexiones, disciplinas y datos, de lo que significa escribir un manual de texto que también pudiera ser leído como un blog. Es otro de los desafíos que afronta el músico, cantante, artista conceptual e intelectual que es. Para ello se ha asesorado eficazmente, estableciendo una estructura dinámica (el libro puede abrirse y leerse por cualquier página) sumamente práctica y diría que incluso artística en la confección de cada capítulo.


La clave de este manual didáctico que no fuerza el aprendizaje, descriptivo sin prescindir del contraste de ejemplos numéricos, evocativo respecto a sus vivencias como creador y colaborador de otros,  contrastado en tiempo y sociedad por el uso comparado de las herramientas tecnológicas, es éste un libro que, en resumidas cuentas, ayuda a ver a la música no sólo como una llamada, como un impulso creativo irrefrenable, tanto para profesionales como para autodidactas (él mismo), sino también o sobre todo como un negocio. Y de ahí las reflexiones que emanan de estudios económicos, curvas de oferta y demanda e histogramas de consumo o producción. Un negocio, viene a decir, en transformación que requiere implementar estrategias flexibles.

El problema queda expuesto desde distintas ópticas y cada una de ellas se abre a un mapa de resultados. El lector, sea músico o no, persigue alguna solución clarificadora. Y Byrne no ofrece soluciones unipersonales ni por países. Ni siquiera se centra en uno u otro estilo. Perteneciendo a la más creativa e inquieta especie que ha salido del rock y el pop desde 1970, se basa en su experiencia como autor (del club en el que empezó a las cuentas de resultados de su último proyecto con Brian Eno) y su aguda visión sobre el arte.

Le sucede algo parecido en el planteamiento, si lo que buscamos son respuestas, a Escucha esto (Seix Barral, 2012) de Alex Ross, teniendo en cuenta que en este libro lo que predomina es un argumento sobre apreciación estética y asimilación social entre las músicas académicas y las populares. Al fin, lo que ofrece David Byrne en su libro, como Ross, son preguntas adecuadas sobre el asunto y respuestas en forma de oportunidades. Ambos apremian, cada uno en su esfera de análisis, a la flexibilidad de modelos y la apertura de mentes.

Tal vez el problema no esté en la música como arte y negocio en permanente cambio tecnológico (unas vías se agotan y otras se abren, este es el posicionamiento alentador de Byrne) o en sus métodos de aprendizaje anquilosados (como señala Ross). Ni siquiera si tenemos que prescindir o cambiar los canales y medios de difusión o de reproducción, luchar contra una legislación tributaria abusiva, a la vez que sufrimos la ineficacia de una gestión cultural pública que no deja nada tras de sí cuando no hay dinero; tal vez, ni siquiera entonces, el problema de la música sea servir como generador de cultura.

Tal vez lo sea si la reducimos a un fenómeno social, o condicionamos sus oportunidades de crecimiento e implantación de mercado a márgenes extremos entre el sobre precio y el desprecio.

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