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29 diciembre 2014

OPINIÓN- Historia de un club de jazz en Sevilla, el Café jazz Naima cumple 18 años

Historia de un club de jazz 
en Sevilla

 El club Naima está bien situado. Localizado entre las calles Conde de Barajas, que pertenece al Barrio de San Lorenzo, uno de los epicentros cofrades de la ciudad, y la calle Trajano, que justo nace unos metros antes al girar a la izquierda en la Alameda de Hércules, espacio de ocio social e ideológicamente bastante distanciado de lo que significa la Semana Santa. En medio de ambos mundos, así de entrometida es esta música, tenía que abrir, ya hace 18 años, un club de jazz…
De estos sitios y de esta música de “gente bohemia”, como manda el tópico, se dice y escribe lo mismo. Que si son lugares humeantes (hace tiempo que ya no), oscuros, con música que sólo entienden los músicos y un público con cara de intelectual y estudiado desaliño…En fin, tópicos para definir una atmósfera decadente que ha sido retratada mil veces en su iconografía en blanco y negro o llevada al cine en películas como “Round Midnight” (Bertrand Tavernier, 1986), con el genio enfermizo que protagoniza en algún lugar de Europa, entre Bélbica y Dinamarca, el gran Dexter Gordon. Mitos y tópicos alimentados por las leyendas de “Bird”, Chet Baker, Billie Holiday o Miles Davis, cuya autobriografía comienza rememorando un concierto que tuvo lugar cuando era un adolescente en un establo cerca de San Luis, donde vio por vez primera a los genios del bebop juntos, Parker y Gillespie. Saliendo de los primeros sitios en el Storyville de Nueva Orleans, lumpen donde la música se codeaba con prostitución, drogas y juego de cartas,  ahí lo tenemos, un establo, primer club de jazz…
La realidad siempre suele ser bastante más compleja, sobre todo porque cambia. Y eso fue lo que le sucedió a esa esquina sevillana donde confluyen dos barrios tan distintos. El jazz, para ser un poco más precisos que cualquier habladuría, es básicamente un deporte de riesgo. A cualquier nivel o actividad con que se le relacione. No se rían, va en serio. De hecho es una de las decisiones más atrevidas y serias, sin dejar de lado cierta ironía, que alguien puede tomar en un determinado momento de su vida. El momento en que esta música te atrapa.  Lo que le sucedió a dos jerezanos, otra gran paradoja frente al flamenco reinante, cuando decidieron fundarlo. Jorge Moreno y Carlos Rivas, jerezanos sin montura ni solera, van y le ponen al nuevo local el nombre de un tema de John Coltrane, el que dedicó a uno de sus dos grandes amores: “Naima”.

Historia y alrededores

Como se imaginan, y bien lo saben en el Café Central de Madrid y en otras muchas partes del mundo, un club de jazz no es precisamente un negocio de éxito masivo asegurado, aunque siempre da lustre, aquí, en Copenhague, París o Tokio…Suelen ser lugares pequeños y acogedores que con el tiempo han ido creando su propio clima. Todo aficionado al jazz debe conocer los nombres de los históricos Birdland, Village Vanguard, Minton`s , Five Spot o ese tan acogedor que cerró hace unos años llamado Bradley`s. En Europa sigue el danés Jazzhaus Montmartre, el Jamboree en Barcelona y en el París intenso de Julio Cortázar y Boris Vian los hubo, aunque ahora ya nada conserve el encanto que los escritores saborearon en Le Caveau de la Huchette si vamos al comercial Paris Jazz Club…



Pequeños en su mayoría, cálidos pese a parecer incómodos, los clubes de jazz siempre han tenido más pinta de refugio ante la amenaza exterior que de servir a la conspiración.  Así que llegar a 18 años supone muchos esfuerzos y sinsabores y algún que otro milagro que no asignaremos a San Lorenzo… Aunque, claro está, ellos no han sido los primeros en dar el paso. Sin contrastar todo lo que hubiese sido posible con más tiempo y ayuda, podría señalar que sí existieron el club de la calle Sol, “tugurio” habitado en su nocturnidad por fumadores empedernidos, periodistas y otras especies… Existió el Blue Moon, en Nervión, al que José Antonio Maqueda “Pitito” cambio el nombre para llamarlo Jazz Corner y llevárselo a las inmediaciones de la Avenida de Kansas City. Y cerca, en Dos Hermanas, mantiene su puesto de más veterano en la zona el Soberao Jazz.
El Naima, decía, empezó como suelen hacerlos los clubes de jazz, con música en directo, con jam sessions, que son la expresión más espontánea y también la más onanista del jazz. Para que se produzcan debe de haber un escenario y un montón de músicos tocando distintos instrumentos.  No duró gran cosa esa iniciativa original por aquéllo del ruido ambiente y ese tipo de oleadas de limpieza acústica que nunca acaban con la verdadera contaminación de ruido… Campañas políticas, ya saben, van y vienen. Eso hizo virar el rumbo del negocio hacia un diseño de interior más cuidado, que vino acompañado de sus ya famosas camisetas (aún creo que mantienen la de la trompeta de perfil) y una música que salía por altavoces con calidad en todos los sentidos. El Naima pasó de ser un incipiente club a conformarse con tener que ser un “Jazz Café”.
Una tarde cualquiera

El Naima tiene un horario que va de la hora del café (o té, que lo hacen muy bueno con hierbabuena) a las 16 horas hasta el cierre, de madrugada. En cierto periodo de estos 18 años, que no he podido disfrutar desde el principio, he ido convirtiéndome en un tipo que pasó de la noche al día. Así que yo prefiero ir al Naima por las tardes, cuando, sobre todo ahora en invierno, todavía hay luz solar. Lo bueno de este local es su localización entre dos calles, en una esquina, con dos accesos de entrada, y sus ventanales, con la serigrafía del nombre esculpida en ellos… La luz macilenta de esta época del año hace más acogedor si cabe su interior. Además, para dar más pistas al buen aficionado, la música se escucha bastante mejor a esas primeras horas de apertura, cuando hay menos público. Con la llegada de la oscuridad el color del local cambia, aunque desde la calle, con sus farolas típicas de luz amarillentas, hace penetrar en el interior un color familiar, con esa gama de amarillos tan de Sevilla. La noche dibuja sombras en el espacio e invita a cierta penumbra cómplice que se abraza a la música en directo.
Como decimos, y pueden ver en la foto de más arriba, es un lugar pequeño, con una barra de madera en semicírculo y unas cuantas mesas que se amplían a una pequeña terraza exterior, preceptiva por obligación para los meses de calor y como zona de fumadores. Si la barra es la orilla de todos, algunos encuentran acomodo en esas mesas que parecen pequeñas islas, que a veces cuesta conquistar y otras aguardan serlo pacientemente. El pequeño territorio intermedio es el del tránsito, es donde el tiempo en el Naima parece no cobrar importancia, pero en realidad es desde donde puedes observar todo lo que sucede.

Cuadros del pintor Manolo Cuervo en una de las paredes del Naima Jazz Café

Su sello distintivo, además del jazz, es su cálida y colorista decoración, que se fue haciendo con el tiempo. Y sigue ahí, de unos años ahora reforzada por los grandes lienzos del pintor Manuel Cuervo, que antes vivía en ese mismo barrio. Son las suyas unas pinturas a medio camino entre pop art, collage y diseño gráfico.  Las camisetas se ven ahora colgadas de perchas al lado de la barra, a la derecha de la puerta que conduce a los servicios; han aumentado el número, el color y los motivos. Sirven de promoción del local y son su seña de identidad. La música enlatada ha dado también paso a la pantalla y los vídeos. En cuanto a estilos, el Naima siente predilección por las novedades y las músicas hermanadas con el jazz: modernidad sin perder la cabeza. El baile en un espacio tan reducido y con predilección por la intimidad de las mesas resulta complicado. No era ni es costumbre poner peticiones del público, a no ser que alguien más pesado de lo normal insista… Disponen de una vitrina para venta de discos selectos, ahora mayormente andaluces pero recordamos las lujosas series del sello francés Label Bleu o Winter & Winter tras ese cristal… Desde hace un año, hablando de discos, el Naima se ha lanzado a la producción musical de autores andaluces afincados entre Sevilla y Cádiz a través del sello Blue Asteriod Records, que cuenta ya con cuatro títulos que aquí comentaremos.
 
Foto colectiva durante la visita que hizo Harris Eisenstadt en su gira Andalusian Days por Cádiz y Sevilla, tomada esa misma mañana del 3 de febrero de 2012, tras la master class que dio en el Naima. De Izquierda a derecha: Daniel Cano, Jaime Serradilla, Jorge Moreno (cofundador), Pedro Cortejosa, Harris Eisenstadt, Carlos Bermudo, Arturo Serra, Voro García y (abajo) Leandro Perpiñán y Jesús Gonzalo

                  Café, club y viceversa
Tras una frustrada apertura de una segunda sede en la cercana localidad de Mairena del Aljarafe (se trataba de otro local con personalidad propia e incorporaba conciertos), justo cuando se asomaba la crisis que aun aprieta, en octubre de 2011 el Naima recuperó la música en vivo como reclamo de clientes, compaginando su identidad como café. En estos años la medida ha cuajado, fortaleciendo al local y convirtiéndole en escenario de referencia en la ciudad. En el impulso de la programación en directo tuvo una gran implicación el contrabajista (ya multiinstrumentista) Jaime Serradilla, que comenzó tímidamente a trío junto al guitarrista Carlos Bermudo con uno o dos conciertos a la semana, luego con el Two Feels Jazz Duo y Jazz by Hart. Más adelante, en un grupo  dirigido por el guitarrista Toño Contreras, con la batería de Nacho Megina y el contrabajo de Serradilla, se dio un paso más atrevido con la fundación del aún activo The Jazz Lab (“laboratorio” sin arreglos previos y creación espontánea) que se amplió a un “Juke Box”, sistema por el que el público puede pedir un tema a cambio de que “inserte” una moneda. Otro paso definitivo para reforzar la programación fue recuperar las jam sessions que desde hacía años venía haciendo los domingos en la Alameda de Hércules el histórico músico local (contrabajista que aquí gusta de tocar los teclados) Manuel Calleja. En toda esta escena, son los standards los que marcan la pauta, aunque tímidamente empiezan a aparecer composiciones propias.

En la actualidad Serradilla (arriba en la foto al contrabajo junto a Daniel Cano a la trompeta) ha cedido protagonismo a otros músicos pero mantiene un puesto señalado los miércoles con su nutrida y variada formación  International Company (Rafa Núñez, Rafael Ayuso, Thomas Berensen, Chema Tornero, Gabriel Valiente, Daniel Abad, José Miguel Reina o Mateus Prado),  plataforma entre combo formativo y creación en vivo. Todo lo dicho, y el esfuerzo colectivo, han hecho posible consolidar una actividad diaria y pasar a ser sede de pequeñas muestras-festivales como la dedicada al Swing o también para la presentación de libros tan señalados como “Fruta Extraña”, antología de “Casi un siglo de poesía española del jazz”, escrita y recopilada por el profesor Juan Ignacio Guijarro. Otros músicos cuya aportación ha sido fundamental en la intensa actividad alcanzada por el Naima estos pocos años han sido Javier Ortí, Daniel Cano, Carlos Bermudo, Leandro Perpiñán, Jesús Maestre (más por cliente) o  grupos como Oh Sister!, Urban Gospel, Van Moustache o Nat`n Jazz Quartet.


El día del cumpleaños, celebrado durante todo el último fin de semana de noviembre, se invitó al trío del pianista malagueño José Carra, que ya había pasado con éxito por aquí con el dúo que mantiene con Arturo Serra. Vibrafonista que tocó aquí junto a Serradilla, Pedro Cortejosa y Daniel Cano, en 2012, acompañando al compositor y baterista canadiense Harris Eisenstadt, músico considerado entre lo mejor del jazz avanzado de Nueva York.
Quizá fuera Miércoles Santo aquella tarde. La verdad es que nunca me interesó saber el recorrido de los pasos de Semana Santa, grave error cuando vives en una ciudad en la que puedes ser aplastado o atrapado durante horas… Estaba en el Naima. Me sorprendió ver subir la procesión tomando la calle Trajano. Aún resonaban los acordes de un piano, quizá fuera el de Kenny Barron, cuando se hizo el silencio… Desde los ventanales del café penetraba el sonido de la procesión y del gentío tomando posiciones. Miré hacia dentro y vi que estaba vacío, me había quedado solo. Sentí ese instante en el que el jazz de la esquina entre San Lorenzo y la Alameda de Hércules calló a modo de respeto. Capté entonces la verdadera atmósfera de un club de jazz en Sevilla.
Jesús Gonzalo, 2014

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