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28 julio 2016

RELATOS DE TIERRA Y MAR -Desde la segunda fila


El viajero del jazz empieza a entender los senderos de su nuevo destino cuando los sonidos le son favorables. Las buenas músicas son como vientos que nos empujan lejos de las limitaciones y penurias de la tierra para favorecer el vuelo. Una mirada inocente lo descubre 

Por Jesús Gonzalo

La inocencia es algo cercano y ajeno a la vez, algo que percibimos como un sentimiento profundo e irrecuperable. Un sentir que ni en una mirada introspectiva alcanzamos a palpitar su latido interior. Tiene que ser la mirada infantil la que nos rescate de la miseria cotidiana -vulgar, paranoica y violenta–en la que nos vemos inmersos. La música, arte mayor abstracto y efímero, tan sentido y penetrante como sensible debe ser la piel de quien la recibe y absorbe, es también una manifestación de inocencia, de verdad manifiesta que llega y se va, tan irrepetible como el verbo que se hace música sin anunciarse, tan pasajera e intensa como unas bellas y únicas notas improvisadas.

La inocencia y la curiosidad están ahí, en los pequeños detalles que sólo captan los ojos de esos grandes músicos que ya son ancianos y que concentran todo su saber en el menor de los frascos, o en el brillo vívido de la mirada de un niño. La inocencia le pertenece a uno, es un sentimiento puro que hace visible la transparencia perdida con la imperceptible erosión del presente.

The Dance, Marc Shagall, 1951

Ana tiene 10 años y ha encontrado en la música una ilusión que los dañados adultos convertimos en un instrumento de evasión o lucha, en una necesidad cultivada o vulgar. Ana sigue al jazz de la mano de su padre. Cuando hay un festival en verano, día tras día, haciendo cola si es preciso, encuentra su lugar preferido en la segunda fila. Desde ese privilegiado puesto saca su bloc de dibujo. En él inmortaliza a su edad una sensación que a muchos nos supera pero que para ella es pura aventura, puro aprendizaje, la esencia de las cosas. 

Sin pinceles intelectuales, sin borrones de vanidad, Ana pinta e improvisa a los músicos sin quizás saber que inmortaliza un instante irrepetible en su vida.



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