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30 abril 2014

AGUSTÍ FERNÁNDEZ TRIOS- AURORA, TriEZ, WRY


CONVOCAR
 NO PENSAR

A MOMENT`S LIBERTY

Agustí Fernández piano
Barry Guy contrabajo
Ramón López batería

Grabado en mayo de 2013. Maya Recordings

De vez en vez uno se sumerge en aguas de otros géneros y autores a modo de cura y limpieza auditiva que ayuda a seguir atento. Vuelvo a los cuartetos de cuerda de Beethoven, ya saben, obra tardía en su repertorio considerada entre lo mejor y más rompedor que escribió. Por el mes de marzo de 1826 la mala salud del músico se acentuó con los problemas que le causaba su protegido, su sobrino; pese a ello y gracias a su tenacidad y carácter pudo completar algunas de sus páginas más brillantes. Entre ellas está el Opus 131, que concluyó en julio de ese año.

Beethoven improvisaba al piano. Su literatura era meticulosa y precisa, aunque siempre intentaba imprimirle ese aire desenvuelto y fluido que provenía de la espontaneidad del acto creativo previo a lo escrito. El cuarteto nº 14 (op.131) se toca sin pausas, se trata de una música avanzada y personal, inaudita para la época, bastante abierta en su exposición exterior al oyente pese al rigor constructivo. Los cuartetos de cuerda desde entonces y hasta hoy son asignatura obligada para los compositores contemporáneos. Lo mismo podemos decir del trío de piano para el jazz.


Sin conexiones estéticas aparentes con la obra citada de Beethoven, aunque sí respecto a un objeto que es sublimado por su natural discurrir hacia algo nuevo que se asienta en emociones reconocibles, es lo que he trasmite este trabajo del trío Aurora. Una grabación realizada en Colonia en directo unos días después del concierto en Munich a piano solo que conforma A Trace Of Light que hemos dejado respirar unos meses desde su publicación. No hay lógica, no hay convenciones en una “voluntad de crear un momento extraordinario, imprevisto e inusual”. No es música ni impaciente ni cerebral lo que aquí se ofrece, es música “que esquiva al intelecto y pasa únicamente por los sentidos”, posibilitando un terreno discursivo y espacial, como en Beethoven, personal y único, cuya finalidad sea “convocar ese momento frágil y volátil” de creación.



Compartir la experiencia auditiva del concierto a piano solo en Munich seguido de éste con Aurora, como decimos hechos a escasos días, da una muestra de la enormidad pianística de Agustí Fernández, pudiendo contrastar su vuelta al sonido natural de las teclas y, sobre todo, a la certeza inesperada que ofrecen sus compañeros. No es que sea un regreso a la placidez, generada por un clima melódico que pudiera tener su origen en algún punto lejano entre el universo que es Lonely Woman y la introversión de Paul Bley, sino por lo reconfortante, placentero y estimulante que resulta este extraordinario ejercicio de expansión colectiva, en el que se funden las lindes no ya entre escritura e instante, figuras y texturas sino, por su compenetración, se diría que entre los propios músicos.

Apertura a los sentidos, convocar el momento para crear y escuchar. 










Fernández
Manouach
Sans



WRY
Agustí Fernández (piano), Ilan Manouach (ss), Ivo Sans (batería). Grabado el 30 de abril en Sant Pere de Vilamajor. Clamshell Records

“Experimentar es inventar una observación” (1)

Las notas interiores corren a cargo de Jorge Wagensberg. Elijo un aforismo suyo que sintetiza todo lo que expresa ahí con más detalle. Acaso ésta sea la actividad principal que desarrolla Fernández, mientras su catálogo crece con cada experiencia, con cada observación.

Un aficionado, algo purista, se pregunta si un acto de creación instantánea debe ser grabado o por el contrario, llevado a la cercanía del acto performativo, es una “experiencia artística” por sí misma, irrepetible por tanto. Otro aficionado, más convencional, no entiende qué necesidad hay de grabar estos “sinsentidos” musicales, que suenan todos igual.

Los dos son aficionados al jazz. Habría que reflexionar que en la esencia de esta música hay una paradoja que vincula dos extremos de un mismo instante. La repetición es la que nos permite asimilar conocimientos, experiencias para conformar un estilo. En cambio, uno de sus principios imperturbables es intentar distinguirse del original y casi de uno mismo. “Experimentar es inventar una observación” implica un ánimo de rebeldía, una ruptura que conduce a la reinvención constante. Por eso la obra de Agustí Fernández se propaga de manera tan prolífica: cuanto más experiencias produzca tanto mayor abre el espectro de la invención.


La portada del disco es una escultura de relieves como de papel, limpios y sinuosos. Símil que viene a cuento, pues Fernández lleva tiempo convirtiendo a su piano en eso, en una escultura de sonido, aunque menos lineal y cilíndrica y más voluminosa y tangible. Superadas las barreras académicas, el improvisador crea desde la experiencia, el conocimiento profundo de las posibilidades de su instrumento y parámetros de intervención instantánea. Resulta interesante comprobar cómo alcanzada esa meta estética haya aún un paso más que dar, un concepto donde la abstracción conviva con la corporeidad de los objetos en algo que bien pudiera ser una instalación. 

El piano ya no es reconocible (o casi), es acusmático. Es tierra, mar, aire y fuego. El saxo es un aullido ululante, un ave, un animal del bosque, una ráfaga de viento, un remolino, un murmullo…La batería es percusión que asciende y se expande, desde el suelo y desde las alturas, desde dentro del piano…


Como ejercicio intelectual instantáneo, esta música sigue los postulados más radicales de la aleatoriedad. Pero volvemos sobre el hecho de que no importa tanto el método como el proceso. La comunicación entre los tres músicos teje un entramado tupido de consistencia y de continuidad diferenciados de otros encuentros. La coherencia de esta experiencia, al final de toda dialéctica, es una cuestión que reside en el criterio estético y sensitivo del oyente.

(1) Jorge WangesbergSi la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta? -268

TriEZ  en concierto
Ramón López, Agustí Fernández y Baldo Martínez
Música en el Picasso: Combo Jazz
Málaga, 17 de junio de 2011


Mucho se ha escrito sobre la llegada de TriEZ al jazz español, siempre refiriéndose a él con palabras elogiosas. No vamos a extendernos en este punto sobre el que no cabría ya duda alguna, pero sí incidir, en relación a la posición que ocupa en la historia del jazz hispano, sobre el hecho de considerar seriamente a esta alianza como una de las más sólidas y estimulantes de todos los tiempos. Eso sin olvidar, que a veces se hace y no nos cansaremos de repetirlo, que cada uno de sus miembros acredita carrera y prestigio internacionales que cuando coinciden como TriEZ refrendan en cada uno de sus conciertos. Y es que, en ocasiones así, no hay que irse muy lejos para encontrar un sonido que abre nuevas vías de expresión al formato clásico de trío. 
  

Básicamente, TriEZ es un proyecto confeccionado sobre un concienzudo trabajo conceptual, en cuanto a elección y disposición de temas, y una visión sobre una funcionalidad equitativa que impulsa la improvisación colectiva. El tercer punto de apoyo, consecuencia de lo anterior, recaería en la cualidad de su sonido, conectado a una horizontalidad funcional en sus líneas pero espacialmente construido en su verticalidad atmosférica. En este sentido bidimensional, TriEZ es una propuesta confeccionada sobre la tradición europea y la improvisación libre, entre las facetas texturales atribuibles al sonido ECM (apreciables en Aurora, con Barry Guy) y un mundo de creación instantánea más evocativo que abstracto, que se debe a la presencia de la melodía girando sobre lugares comunes del folk-blues de Ornette Coleman, sí, pero también del norte (gallego de Baldo Martínez y grupos como Miño) y el sur (detalles en el bis de despedida) patrios: no debemos olvidar aquí los proyectos de Agustí Fernández y Ramón López sobre las canciones de la Guerra Civil Española.

TriEz presenta un sonido más  físico que Aurora y también una intensidad más corpórea derivada del free jazz, por establecer criterios comparativos sobre un proyecto previo que integraba a dos de sus miembros. Propone, además, un viaje alegórico a través del subtexto que proporciona la colocación de los diferentes temas del disco y, por esta razón, en directo se mantiene un discurso en elipsis: empieza y termina con los temas que abren y cierran el trabajo en estudio, entre el ornettiano y muy medido en sus tiempos y silencios Anónim de David Mengual y la fragilidad introspectiva de esa especie de bosquejo inacabado que es Una sombra en la sombra, situando el eje gravitatorio de máxima intensidad en Lonely Woman, de Ornette Coleman.



Hay en TriEZ un elemento diferenciador que cobra especial atención: la dimensión que adquiere la percusión a todos los niveles instrumentales. El cromatismo antes que el factor rítmico que desprenden sus figuras, tanto en piano, como en contrabajo y batería, es apreciable en los dos temas de largos desarrollos improvisados de Ramón López, en los que se diría pervive el espíritu indómito de Don Cherry: uno de inspiración hindú (tablas y batería) en Bhimsan Joshi y africana en Mbira of the Spirits, donde Agustí Fernández se suma al juego percusivo del trío haciendo las veces de arpa africana sobre las cuerdas del piano y luego dando paso a un bucolismo melódico teñido de melancolía, acaso el sentido anímico en el que abunda este factor. El piano recurrirá a la pulsación y técnicas de fricción sobre las cuerdas en muy concretos momentos climáticos, así también el bajo al percutir las suyas con una maza, mientras la batería genera bases no ya asimétricas (con baquetas y manos sobre los tambores)  o aéreas (con mazas y pequeñas percusiones descriptivas) sino de capricho expresionista, sobre todo en los platos. Locura otoñal, de Baldo Martínez, también recoge un esquema introducido sobre la percusión y células repetitivas de tensión creciente, donde sí se evidencia un perfecto engranaje rítmico.

Nuestro compañero -y referente para los que nos dedicamos a esto- Carlos Sampayo decía en su reseña del disco de TriEZ dos cosas fundamentales sobre la belleza que desprende esta música. Una que se expresaba en “temas  interiores y meditados”, la otra que “no gira alrededor de ningún eje”. Entendemos que en esta última se refería a las funciones desplegadas en conjunto, no así si se trata de una intensidad melódica que, perfectamente distribuida por cada uno de los poros temáticos del concierto, tienen en Lonely Woman su momento más sublime. A él se llega desde extrarradios que conducen a la melodía central, como senderos ignotos que Fernández descubre al inicio del  mismo modo que al final su esencia se desvanecerá arrastrada por el eco turbulento. 

Agustí Fernández ya nos había sobrecogido con su versión para su proyecto en cuarteto dedicado a Ornette Coleman, pero aquí en trío se recrea en la fórmula tensión-distensión, entre vulnerabilidad y grito desesperado, entre fragilidad y anhelo, abriendo un hueco al trabajo con arco que ejecuta Baldo Martínez, cuya respiración orquestal (por amplificación) empuja el advenimiento de la tormenta que Fernández desata en su cénit con trémolos que acaban en clusters pisando pedal, mientras López quiebra el espacio expandido con golpes violentos sobre los platos en contraste con veloces y esquemáticos patrones bop. Lonely Woman se convierte así en un réquiem de belleza descarnada que atrapa el instante, entre cercanía y alejamiento sensitivo, en el silencio que alumbra un nuevo principio.
Foto: José Luis Gutiérrez © Museo Picasso Málaga


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