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22 septiembre 2013

SÁNCHEZ VERDÚ/MURNAU- NOSFERATU


VERDÚ DEVUELE A NOSFERATU 
A LAS TINIEBLAS



Escribir una partitura para una película muda da mucho margen de libertad al compositor para desarrollar un discurso que se articula aquí como lienzos cromáticos antes que como secuencias de música minutadas. Bajo este planteamiento, uno de los compositores más reputados de nuestro país (premio nacional de música) y de Europa (extensísima carrera por los centros de difusión contemporáneos más relevantes), el gaditano Sánchez Verdú (Algeciras, 1968), rescata la presencia de la maldad en la película de Murnau (Nosferatu-Eine Symphonie des grauens, 1921) eludiendo el lenguaje expresionista (el cinematográfico alemán) en el que se enmarca para impulsar su mensaje hacia nuevos territorios plásticos.




Con este espectáculo del 2004 nos situamos ante una redefinición del medio audiovisual y de la banda sonora como tal entendida. La música está en primer plano aunque no es ajena a la pantalla. Hay interacción con la trama, es decir, los sonidos no omiten su potencial alegórico y participan de la narración, aunque sus perfiles trascienden el mimetismo superficial (reloj, tambor) penetrando en la obra del alemán para situarla de nuevo frente a una Sinfonía del horror (título original). Llama la atención el vuelco temporal con el que la música del andaluz impregna la película de Murnau, una cinta de movimiento (expresionista) y género (del llamado cine literario, por Bram Stoker) cuyo arcaicismo (medieval) parece situarla en un lugar más alejado del siglo XIX en el que fue escrito el relato. Los escenarios trasmiten soledad, pobreza y aislamiento, contextos proclives para construir volúmenes y líneas sobre las que crecen las sombras.



Verdú afronta Nosferatu pivotando desde un bajo continuo que se arrastra hasta el último aliento, como una amenaza que acecha constantemente en oleadas que repiten con distintas intensidades. La orquesta tiembla en todos sus tejidos, arrastrando los sonidos y dejando sombras a su paso. Los trémolos inundan un grabado sonoro con respiración cíclica, con repeticiones abiertas a un vacío solista que crea misterio, que describe la fragilidad con mensajes de esencia inestable. En las páginas del cuento romántico, en la conciencia colectiva decimonónica, en la película, como en el extraño rodaje, es una lucha desigual la que tiene lugar entre el bien y el mal, entre las fuerzas terrenales y las tinieblas que se extienden ante los vulnerables seres humanos. El color anticipa la penumbra con susurros y jadeos antinaturales; la percusión resalta el peligro y lo grotesco; las cuerdas son el aliento misterioso que se extiende entre los muros; los metales y los vientos adoptan formas caprichosas (el fagot representa al siervo del vampiro) que emiten luz o se esconden; mientras que el acordeón (Esteban Algora) timbrado en un registro agudo esquiva su materialidad para convertirse en un espectro.



La intensidad, como decimos, va y viene a lo largo de este espectáculo audiovisual, así también la percepción del mal y la temblorsa fragilidad de los personajes. Pese a mostrarse descriptiva y misteriosa, alargada como la sombra de la criatura, la partitura de Verdú cuenta con clímax en la sincronización de las imágenes (llegada a la guarida de la criatura, destape del ataúd, el mar agitado, la caída del barco fantasma). Los cinco actos en los que se divide la obra tienen un tratamiento fluctuante, así también los colores que se resaltan en la pantalla, tornándose entre sepia, verde, rojo, amarillo, azul. La tensión va creciendo según nos acercamos al final. El viaje en barco lleva escondido el terror, trasladándolo desde lo recóndito y lúgubre a la civilización. Al llegar a puerto, cuando la criatura habita entre los humanos, en sus calles, en sus casas, la orquesta se desborda en colores y motivos enfrentados, como estremecida al sentir la presencia del mal.

Un espectáculo de hoy que describe lo intemporal: el miedo a lo desconocido.







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