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02 septiembre 2013

OPINIÓN- Un trozo de cielo en el suelo


Un trozo de cielo en el suelo

Truman sale a la calle y saluda con una sonrisa, como todos los días. El pueblo tiene ese preciso y cadencioso ritmo habitual que le hace sentir seguro. Las calles, los coches, los vestidos, el andar de sus habitantes tienen el aspecto de un decorado irreal en el que todo parece estar dirigido. Truman no ha conocido otra cosa... Un día, de repente, algo cae del cielo. Es un foco. Se agacha a cogerlo y mira hacia arriba sorprendido.




El show de Truman (Peter Weir, 1998) podía ser una parábola sobre el control que ejercen los medios de comunicación en nuestras vidas, y también mucho más. Es curioso reconocer los vínculos que pueden encontrarse entre esta historia personal con la visionaria obra -ya no cabe tildarla de ciencia ficción- de George Orwell en 1984 (1949) e incluso en Rebelión en la Granja (1945), porque el personaje de Jim Carrey también se rebela. Lo del foco fue una señal que le hizo ver que no todo lo que le rodeaba estaba allí por casualidad. Incluso su mujer, en realidad una actriz, hacía publicidad con los productos que había por casa mientras él no entendía muy bien porque utilizaba más unos que otros.


Por esa época en la que el director australiano rodaba esta cinta (no me hagan mucho caso, tampoco es que uno esté muy enterado de este tipo de realities) daba comienzo la soez saga televisiva de Gran Hermano. Vulgar y denigratoria suplantación del siniestro personaje - “te vigila”- del escritor británico. Porque el poder es eso... es la idea de dios, alguien que lo ve todo, algo a lo que damos tanto o más poder cuanto más oculto permanece: ¿alguien le ha visto?

Orwell entendió esto a la perfección cuando lo trasladó a esos dos relatos, inspirado y aterrorizado por lo que empezaba a ser la Unión Soviética de Stalin. Con la ayuda de dos precedentes como Kafka (El proceso) y Huxley (Un Mundo Feliz), el autor de 1984 vislumbró lo que podía ser una sociedad que aspira a la democracia (Rebelión en la Granja) de otra sólidamente estructurada bajo un sistema totalitario y personalista (el personaje del Gran Hermano).

La falta de libertad individual, la deshumanización, la insolidaridad, el ambiente opresivo y gris de una vigilancia que penetra en los más íntimos pensamientos y temores (“La policía del amor”, “el Ministerio de la verdad”), esa sensación vívida de no significar nada, de estar aislado, de ser un número, acaso una frase que se puede borrar y reescribir como la historia (“nunca hemos estado en guerra con Eurasia, nuestro enemigo común siempre fue..."), pero sobre todo dos herramientas letales. La telepantalla, que todo lo veía, y el neolenguaje, apisonadora de la verdad por contraposición de conceptos repetidos hasta la saciedad, tales como “La Guerra es Paz” (hoy sería “guerra preventiva”).

Los animales seguían a lo suyo, producir, servir al señor, al sistema que definía su ser y estar en la granja. Un día se rebelaron, salieron unos cuantos líderes vociferantes y acabaron con la dictadura del hombre. Decidieron poner en una pizarra los 10 principios que debían regir su nueva vida en libertad. Derechos y obligaciones para toda la comunidad por igual. Pero cada noche, un artículo era modificado. Nadie parecía saber qué había pasado a la mañana siguiente. Igual confundieron el mensaje original de la norma, se decían, era una especie de desmemoria o incapacidad para ver los cambios. Al cabo de un tiempo, tenían una dictadura disfrazada de democracia. Pero bueno, seguían vivos, tenían comida, mantenían el sistema y éste les dejaba unas pocas distracciones (más pantallas).

Truman no sabía que era el actor principal de una película sobre su propia vida. Un día vio caer algo del cielo que no encajaba en su confortable monotonía. Subió por el decorado hasta ese falso cielo. Más allá le esperaban los dioses.


Jesús Gonzalo

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