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17 agosto 2013

JAZZ EM AGOSTO-Lisboa ciudad abierta (II)




Lisboa ciudad abierta (II)

Soy los alrededores de una ciudad que no existe, 
el comentario prolijo a un libro que no se ha escrito” 
Fernando Pessoa

No sé por qué, aunque intentaré explicarlo, esta frase del poeta lisboeta resume todo lo que el festival de vanguardia Jazz em agosto representa: la ciudad, el pasado, no existe, el resto está por descubrir. Quizá si atendemos al motivo central de este certamen para su 30 edición descubriremos un símil parecido: “o outro lado do jazz”. En la periferia, creación de extramuros.

La vanguardia actual del jazz tiene afortunadamente muchas puertas y ventanas a las que asomarse. Este festival apuesta por aquéllas más exigentes para el oído, aquéllas más cercanas al ruido organizado que requieren de una escucha atenta y formada. La melodía no es el centro (intramuros) de la creación. Se revela así como un festival único, arriesgado, mas con un riesgo bajo control: son 30 años que han generado un público (por cierto, bastante joven), una escena y un sello como Clean Feed que registra las continuas conexiones de colaboración entre los protagonistas (de este años y de anteriores) que se suben a este escenario.

De la música nada sutil (ni falta que le hace) de The Thing y su versión XXL, pasamos al día siguiente a la muy pensada en timbres (sobre todo) y texturas de Peter Evans (sería el relevo neoyorquino en el programa de la propuesta del británico Evan Parker y su Electroacoustic Ensemble). El timbre es la gran conquista de la música contemporánea y de la electrónica, ¿cómo vamos a buscar referentes en el jazz? Por eso se cita a Xenakis.

Luego llegó -era su tercera vez aquí- uno de los primeros ideólogos de la AACM que pronto emprendió solo su camino. Sonido rocoso primero, exaltación de la dimensión tímbrica y, ahora, con Braxton, estructura y forma íntimamente ligadas a un formato de cámara. La forma como elemento primordial de un arte que se expresa desde una consonancia disociativa. En esto consiste su dialéctica, estar dentro de la forma pero desde el discurso salir de ella. Una escapada sin final, abría que añadir parafraseando el título de Godard.

Y después vino una alumna de aquél: acaso, la mayor relevancia de Braxton para el jazz actual haya que buscarla en su magisterio. Mary Halvorson, como su mentor, plantea un alejamiento sensitivo, aunque no tanto. Lo suyo también es formal, pero en vez de fría arquitectura lo suyo es diseño, un diseño que permite un uso funcional y comunicativo a la vez.


ANTHONY BRAXTON FALLING RIVER MUSIC QUARTET
ANTHONY BRAXTON (saxos, clarinete y composición)

MARY HALVORSON (guitarra eléctrica)

INGRID LAUBROCK (saxo tenor, soprano)

TAYLOR HO BYNUM (trompetas, corneta)
Viernes 9 Ago 2013, 21:30
Anfiteatro ao Ar livre

La melodía es aquella expresión musical que se sostiene sobre momentos de consciencia, puede remitirnos a algún instante del pasado o facilitarnos la comprensión de la realidad inmediata en distintas épocas de nuestra vida. Es también un recurso de vital importancia en la gramática musical, pues acota la duración del fenómeno en principio y fin con recordatorios. Anthony Braxton es un perfecto organizador del sonido, baste señalar que en dos atriles abiertos, y sin pasar página, sucedió la hora y algo de música de su concierto. Su producción es tan vasta como poliédrica, y jamás se podrá decir de él que no es un creador y un educador comprometido con sus inquietudes de vanguardia. Vanguardia y fecundidad a veces van acompañadas de especulación. No es el caso de lo que escuchamos en Lisboa de la mano de unos músicos compenetrados y comprometidos con el autor, jóvenes de técnica impecable y con momentos -muy contados y efímeros- milagrosos.


En Braxton existe una superestructura y una intención de progreso lingüístico que se manifiesta con este grupo en una plasticidad de cámara contemporánea y se diría, pese a pertenecer a los miembros fundacionales de la AACM, europea en su resultado auditivo (recuerda en su posición intelectual a la retórica de un Boulez) aunque adopte en su escritura técnicas aleatorias (no combinatorias) que sugieran a Cage. Por todos es sabido que también ha mirado hacia atrás, a la tradición, en su larga y prolífica carrera, leyendo de manera única, tanto mejor, a Charlie Parker como, nada hay causal, a Lennie Tristano.

Muchas rotaciones en los instrumentos (Bynum tocó hasta 4 tipos de trompetas, él mismo tres saxofones pequeños, por dos Laubrock), una organización dirigida hacia adelante sin volver la vista a lo dicho (no hay recapitulaciones ni centros temáticos), una expresión, marca de la casa, que juega con la limpieza de líneas al natural y con el emborronamiento de las mismas (multifónicos), emparejamientos sin unísonos, solos inmersos en la forma (por aquello de la consonancia, muy bien Bynum en todos los suyos) y en suma un planteamiento en espiral sin un destino fijo y sin paradas.

Brillante, organizada, de fría belleza, la música de Braxton, él mismo como personalidad creativa afroamericana salida de los 60, es la culminación de un largo recorrido de su raza por alcanzar y superar los obstáculos raciales en el mundo académico. Su obra es la reafirmación de una exigencia por alcanzar la lucidez abstracta. Cuando la melodía es un accidente y la química orgánica un fenómeno evitable (sólo las combinaciones de los jóvenes Bynum y Halvorson las hicieron posible, con una Ingrid Laubrock siempre en papel secundario), la emoción apenas cabe en este contexto elusivo. ¿Disyuntiva o dialéctica? ¿Música cerebral o música que emociona? A Braxton este problema no le interesa, aunque todos sepamos cómo naufragaron los postulados de la música serial (Darmstadt) y cuánto les alejó del público... El público, que casi llenó el aforo, aplaudió y aplaudió. ¿Esperaban un bis de esta música? Yo no. No lo hubo.

 MARY HALVORSON QUINTET
MARY HALVORSON (guitarra eléctrica)

JONATHAN FINLAYSON (trompeta)

JON IRABAGON (saxo alto)

JOHN HÉBERT (contrabajo)
CHES SMITH (batería)
Sábado 10 de Ago 2013, 21:30
Anfiteatro ao Ar livre

Guitarrista sin duda singular, requerida en mil frentes creativos, Halvorson es un músico fruto de su tiempo, con un pie puesto en la música académica (de los estudios de Biología la rescató el propio Braxton) y, por otro, en el rock y el folk avanzados. Por servir de puente entre estos mundos, su obra se construye a modo de diseño.

Su quinteto es un formato que en sí mismo no resulta demasiado alejado del jazz en su configuración y que por sus componentes recuerda al Anti-House de Ingrid Laubrock (que pasó por este escenario el año pasado). Su música hace uso de recursos organizativos de introducción, juego polifónico en los metales, rotaciones de solos, espacios para la base rítmica, rupturas y resoluciones que pertenecen a esta música. Eso sí, sus finales proponen un gesto inacabado que subrayan aún más la idea de boceto, de arquitectura inconclusa.

Cabe resaltar el trabajo realizado por John Hébert y el gran Ches Smith, posiblemente uno de los bateristas más creativos y originales (fuera de la tradición del jazz en este instrumento) del momento. La genialidad fría de Irabagon, con su impecable técnica, brilló en sus dos solos. Uno de ellos con respiración circular, imprimiendo la energía que tanto Hébert como Smith demandaban. Finlayson, que ya habíamos visto junto a Steve Coleman, es un trompetista que gusta de la limpieza de líneas alargadas, en tesitura de instrumentista clásico. El front line, por contra, no parecía muy involucrado en la interacción de un núcleo tan sólido y contrastado (es el germen de este quinteto) como el trío de guitarra, bajo y batería.


Halvorson juega con los acoples mientras mantiene un sonido acústico. Es tremendamente instintiva e inventiva, abre vías nuevas a sus compañeros al mismo tiempo que cumple rítmicamente (otra de sus bazas es cómo lo hace a través de esos glissandi) mientras crea planos repetitivos. Lo que más me gustó fue el bis final, una pieza heterofónica, basada en células repetitivas, que jugaban con la tensión y la adición con modulaciones en todos los rincones instrumentales. 

Al poco de empezar, en el segundo tema, John Hébert se quitó el sombrero que traía. Con su bigote le confería un aire parecido al de Pessoa. Al entrar en la música de Halvorson, esa visión desapareció. La ciudad sigue ahí. Abierta.

Por Jesús Gonzalo
Fotos gentileza de  la Fundación  Calouste  Gulbenkian y  Nuno Martins

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