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09 enero 2013

AGUSTÍ FERNÁNDEZ PIANO SOLO- A Trace of Light, Piano Activity One & El Laberint de la memòria


A TRACE OF LIGHT

piano solo (2013)

Agustí Fernández
 Sirulita Records

Grabar en directo el 13 de mayo en Munich, con el peso e influencia que esa ciudad tiene para la cultura musical y el “orden” europeo, debe de dar cierto respeto. Nuestro Agustí Fernández se precipita sobre las cuerdas del piano si mediar palabra y construye (es un decir “al contrario”) un lienzo arañado y aparentemente desabrido, incómodo para una escucha superficial. Acaso éste podría ser su disco a piano solo más insobornablemente perturbador de todos los que ha hecho, alejado aunque no ajeno a Piano Activity One y ciertamente menos reflexivo aunque más inmediato que el Laberint de la Memoria. Operando en casi todo el directo sobre técnicas de piano extendido, el creador hace una “apología” de la anti-música centro-europea, vienesa o alemana, desde su corazón mismo.


Sin apenas dejar aliento al pensamiento sobre el propio acto creativo, Fernández ofrece un ejercicio aristado y palpitante entre el músico y el mecanismo de resonancia con teclas, acercándose más al mundo percusivo interiorizado de Xenakis que a la monumentalidad de Cecil Taylor. La frotación crea un barrido violento pero también miniaturista (partes 1-3), se practica un juego contrapuesto de planos, de cerca y de lejos (p-7), de arrastre y alturas (p-2), de timbres y texturas que dejan tras de sí un rastro de evasión y conciencia. Trace of light es hipnótico y avasallador, medido y liberador; es arquitectura gótica (p-5 y 6) hecha cristal de vidriera, por la que atraviesa un gesto, un sonido, acaso un rayo de luz...

Piano Activity one

piano solo (2012)

Agustí Fernández, que entre el 16 y el 20 de enero estará en ese templo de modernidad llamado The Stone (Nueva York) acompañado de Joe Morris, Nate Wooley, Ken Vandermark o John Zorn, es nuestro músico de vanguardia más internacional. Como señala la revista The New York Jazz Record, se trata de “un pianista completo en todos los sentidos de la palabra, que mezcla una técnica exquisita y una inspiración innovadora”. Tras El Laberint de la Mèmoria, publicado en 2011, acaba de sacar Piano Activitity One (Sirulita), otra solitaria inmersión que abre nuevos senderos 
de escucha sobre el instrumento


Lo insólito en lo cotidiano



Un acto de creación en solitario supone el ejercicio de subjetividad que bien puede ser activado por medio de resortes intelectuales o deberse a una entrega liberadora. En El Laberint de la Mèmoria Fernández encajaba las piezas de un puzzle, o más bien un poso no consciente, instalado en recuerdos, o más impresiones, musicales. Un acto de voluntad creativa convenientemente canalizado aunque también indeterminado, como quedaba descrito por una portada que abría puertas a compartimentos íntimos y desconocidos.

Con Piano Activity (en referencia al arte de acción o performance) la portada sugiere un contexto más hogareño, una posición de confortabilidad aparente para la creación instantánea. Un mundo de sutilezas organizado y libre, el de Fernández, poco dado a la autocomplacencia y que exige un acto de subjetividad profunda al oyente. Ambos trabajos tienen enfoques distintos, que vienen dados tanto por estados anímicos como de percepción del sonido. Pese a que el impulso creativo que le inspira se instala en un espacio cotidiano que favorece relaciones directas, se revela nuevamente en él un discurso en la colocación de los temas.


El disco lo componen 11 piano activities (título que alude al arte de acción de los 60), pareciendo quedar hiladas tanto la primera como la última sobre un juego atonal cadencioso e insinuante, más intenso y cruzado en el comienzo que en un corte final que parece respirar dubitativamente y casi en forma de vals, como eco de todo lo sucedido antes.

La activity número 2, pieza angular que sirve también para subrayar la materia percusiva de este encuentro con el piano, es un asombroso trabajo de frotación de cuerdas que primero construye texturas, luego figuras mecánicas y acaba en miniaturas. Un tema que más que música es arte sonoro en toda regla, donde instrumento y músico no son sujetos sino objetos en fricción.

La número 3 encadena de manera vertiginosa racimos de notas deformes que arrastran un sentido melódico en su interior. La 4 tiene un tempo pendular y se diría oriental sobre un eje que golpea mientras la otra mano se abre al fraseo jazzístico. Todo aquí suena original y nuevo, incluso el piano preparado en la 5. Con la 6 vuelve el sonido natural en una construcción atonal rítmica típica en Fernández, que aunque tayloriana sitúa silencios en un espacio entrelíneas que poco tienen que ver con la respiración del músico histórico.



La 7 es una llamada que resuena desde el interior. Desde lo profundo y grave, los volúmenes se arremolinan como aspirando encontrar una salida. La 8 devuelve el carácter percusivo al instrumento de manera torrencial. La 9, otra pieza señalada, sigue la estela percusiva pero, en cambio, añade un excepcional trabajo tímbrico de afinidad en alturas con las campanas, sutil en como se tañe por la pulsación y el pedal, entre silencio, espacio y escucha. La décima activity, en ese estilo tayloriano antes citado, tiene un pulso que empuja el discurso hacia un centro figurado que las alejadas escalas cromáticas se empeñen en desmentir. Dicho centro se disuelve en agudos como un leve suspiro.

Debe ser complicado estar instalado permanentemente en la excelencia (más si cabe en una sociedad tan zafia como en la que vivimos). En este trabajo último, incluso cuando parecen sobrar los argumentos si estás frente al piano en pijama, recién abandonados los sueños, sigue brotando una creación instantánea sobrecogedora en construcción y belleza. 




El laberint de la memòria

piano solo (2011)

Con el mismo detalle que elige cada nota, Fernandez usa la palabra justa para describir su nuevo proyecto en solitario, un disco (julio-agosto 2011) cuyo contenido queda perfectamente ilustrado por la bella imagen de portada, obra del fotógrafo Trine Sondergaard. La luz va penetrando en cada instancia de la memoria, alumbrando figuras que el tiempo ha convertido en recuerdos “agazapados en sus pequeños recovecos”. La idea parte de un encargo realizado por Joâo Santos en el verano de 2008 basado en un repertorio pianístico de compositores españoles contemporáneos (de Isaac Albéniz a Carles Santos), que tras ser enunciado y luego madurado (“esta música perfecta tal como es, ¿qué puedo hacer con ella?) adoptó una representación libre de la imagen de origen, tan subjetiva como onírica cuando la percepción melódica se abandona al “eco” de conciencia de un pasado lejano, “a una memoria incluso anterior a mi”. 

Focalizada en una dimensión memorística  que opera desde el instrumento, se diría que esta música se nutre de un proceso de inmersión cultural parecido a un proyecto anterior como Claveles Rojos, una lectura sobre temas de la Guerra Civil Española, obra en la que también convergían “las tres memorias de las que hablaba Valente: la personal, la colectiva y la matérica”.




Si la improvisación libre es como un dibujo en bruto que apela a la creación instantánea de los sentidos que emergen y se mezclan tejidos con el intelecto, el discurso a piano solo, más si cabe para un creador como Fernández interesado en enmarcar la obra bajo un argumento narrativo, requiere de una complicidad  mayor entre contenido y forma, la cual adopta también el criterio de función. La tarea ahora para el oyente, no sujeto a la organización emocional del autor, es apreciar esas líneas de continuidad del subtexto (procede del subconsciente, no del "vacío" zen de Cage) que empuja el orden de intermediación de los signos. El dictado musical fluye así entre la figuración tonal y la lectura signada contenidas en una expresión epigramática en la que surgen imágenes nítidas, “pequeños elementos” que nos resultan cercanos incluso familiares, mientras que otros se muestran esquivos. 



El trazo, como en la escritura automática, es aquí la intención motora, clave en el binomio forma-función que define un proceso que se revela canónico al partir de construcciones básicas. El gesto técnico sale a la superficie y se extiende por esa arquitectura basada en instantáneas cuyo desarrollo mantiene el pulso intuitivo, de ahí que sirva como herramienta de vehiculadora de la emoción.  Lo hace de manera lúcida y resolutiva, atenta al detalle weberniano (pulsación, control tímbrico, espacios y silencios) y también a la explosión textural de Cecil Taylor (volúmenes en trémolos acumulativos variables). 

De este modo, el músico nos presenta un lienzo despojado de ornamentación en el que prima la esencia de rasgos que van de la alusión melódica (Joan i Joana) a su elusión (El pincel de Perico), de la evocación costumbrista (Tonada, Porta de mar) a la del paisaje (L`esmolador), de la solemnidad (Catedral-La processó) a la curiosidad infantil (Evanescent-Preludi), de la invocación telúrica (Flamarades) a la trascendencia de la misma (Pluja sorda), de la singularidad del recuerdo a sus bifurcaciones (Aparició i desaparicions- El laberint de la memòria).


El lado instintivo deja abierta la puerta a la libre asociación del detalle, como indica Fernández en el texto, por eso cada uno escuchará epigramas de otras músicas (de Piazzolla a Keith Jarrett, de Feldman a Mompou). El programático, desarrollado a lo largo de 14 temas, es más subjetivo, pero que duda cabe que es el que confiere el poder descriptivo a la intimidad de un mensaje instalado en la mejor creación pianística del momento. Jesús Gonzalo

Fotos de El laberint de la memoria: LOOTRO.COM


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