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16 julio 2012

DEBUSSY 150 ANIVERSARIO-Preludes, Alexei Lubimov

CLAUDE DEBUSSY 

LA CATEDRAL EMERGIDA

Alexei Lubimov y  Alexei Zuev (p). 
Leut, Bélgica, abril de 2011. 
ECM New Series

En el 150 aniversario del compositor francés (1862-1918), el sello aleman le dedica una primera edición en la que se recogen los dos libros de Preludios (1909/10-1911/12). Como sabemos, ECM ha tratado ampliamente el espectro contemporáneo tardosoviético y centroeuropeo e incluso nos ha sorprendido con títulos de compositores norteamericanos, pero llama la atención la escasez de publicaciones en las que se aborde de manera exclusiva la composición francesa. En cuanto al repertorio para piano del siglo XX, si ha sido Herbert Henck - tristemente apartado de la música- quien ha nutrido su catálogo con entregas fundamentales para este instrumento, de un tiempo a esta parte son pianistas rusos y austriacos quienes han tomado su testigo. A cualquier buen aficionado esta efeméride sirve para recuperar a Debussy, más si cabe por su determinante producción pianística que tanto influyó a músicos como Duke Ellington, George Gershwin y señaladamente a Bill Evans.






Debussy contempla los sonidos como un paisaje, crea ambientes, deja que la música discurra; se sitúa al margen del expresionismo liberador e interiorizado de Schönberg, del éxtasis de Scriabin y de espaldas al piano de Liszt y la grandilocuencia wagneriana 


Debussy no era un virtuoso del piano. Lo supo tempranamente y por ello se dedicó a la composición. Primero con su Cuarteto de cuerdas (1893) y luego con sus Nocturnes (1900) sienta las bases de una nueva expresividad que tendría en la producción para este instrumento una de sus cimas creativas. Contrariamente a lo que se piensa, Debussy estaba más cerca del Simbolismo que del Impresionismo, pese a que muchos de sus títulos adoptaban sugestivos nombres que parecían sacados de cuadros (La cathédrale engloutieDanseuses de DelphesLes collines d`AnacapriLa fille aux cheveux de lin). Funcionaban como instantáneas de sonido hiladas por una lógica distinta a la romántica, como evocaciones de un momento capturado cuya imagen quedaba barnizada de un cromatismo prístino.

Un preludio es un comienzo, una introducción, algo que se anuncia. Debussy se distanciaba de la dramaturgia romántica, de sus oleadas de calma y desbordamiento dramático, al desposeer de centro temático y emocional unas piezas que empezaban y seguían dentro de una narración abierta que no giraba sobre un eje. Los aficionados al jazz encontrarán en el resultado que opera sobre el tiempo y sin desenlace aparente algo familiar al ejercicio de improvisación sobre parámetros modales. En cierto modo, esa sonoridad impregnada de figuras orientalistas que tanto le sedujeron tras visitar la Exposición Universal de 1889 de París (Bali) podría estar conectada con la que sentía John Coltrane por las ragas de la India y la música de Ravi Shankar, y sus comienzos de exposición alargada.






















El detalle tímbrico, la suavidad de unos perfiles coloreados y un material que fluye en unas dinámicas sin tensiones son las grandes aportaciones de Debussy que veremos sublimadas en las interpretaciones de Aldo Ciccolini y Arturo Michelangeli. El margen temporal, sin ese decurso dramatizado distribuido en centros de gravedad, queda así emancipado de sus acentos humanos. Decir que autores tan distintos como Olivier Messiaen o Morton Feldman han tomado impulso en sus apreciaciones estéticas, subraya la auténtica dimensión de una música, como decimos, que se sitúa a medio camino entre el Impresionismo y el Simbolismo. Y también cerca de un autor (la importancia de la escuela rusa en la segunda mitad del siglo XIX) como su coetáneo Scriabin cuyo acorde místico servía de eje unificador en la escritura para sus también llamados Preludios.



El detalle tímbrico, la suavidad de unos perfiles coloreados y un material que fluye en unas dinámicas sin tensiones son las grandes aportaciones de Debussy 

Debussy contempla los sonidos como un paisaje, crea ambientes, deja que la música discurra; se sitúa, pues, al margen del expresionismo liberador e interiorizado de Schönberg (el incipiente dodecafonismo y sus leyes de horizontalidad y verticalidad en la notación), el éxtasis (todo es deseo en el hombre: las alturas) de Scriabin y de espaldas al piano de Liszt y la grandilocuencia wagneriana (énfasis dramático, volumen y densidad).

ECM dedica un disco doble a Debussy y elige un pianista ruso especialista en Valentin Silvestrov, compositor con varios títulos en su catálogo que gusta de los ambientes melódicos. La intención de esta edición ha sido procurar conseguir el sonido más parecido al original, y para ello era inexcusable conseguir el efecto de color de los pianos que usaba Debussy – Blüthner y Érads- por medio de su marca preferida para interpretar esta música: Bechstein. Este enfoque historicista nos llevará a extraer ciertas conclusiones sobre los resultados de sonido en el que resulta un registro intachable en este aspecto.

                                      Alexei Lubimov y Alexei Zuev durante la grabación



La intención de esta edición ha sido procurar conseguir el sonido más parecido al original, y para ello era inexcusable conseguir el efecto de color de los pianos que usaba Debussy: Blüthner y Érads

El primero se dedica al primer libro, en él se aprecian caracteres en cuanto a volumen y vigor que más tendrían que ver con Scriabin que con lo que hace inmortal la expresividad en texturas de Debussy. La modernidad de su piano, la posterior influencia que hemos apuntado someramente, queda materializada en las versiones policromadas, sensuales y cristalinas, con esa respiración pausada que se recrea en cada instante, de los italianos Ciccolini y Michelangeli, solistas que nos sirven para delimitar la excelencia interpretativa sobre el autor. Termina el disco 1 con tres Nocturnos (1909) a cuatro manos, anticipando el inicio del segundo con El Preludio a la siesta de un Fauno (1895), también a cuatro manos con unos arreglos de Ravel que contrariamente a lo que podía esperarse en cuanto aumento de volumen y tensión se resuelve con el empaste y los tempi adecuados. 

El libro segundo de Preludios sí trasmite esa esencia antes señalada que consideramos fundamental en Debussy, salvo excepciones que nos recuerdan al disco primero en donde se pone de nuevo de manifiesto cierto énfasis emocional, con incremento de la velocidad y contrastes de pedal que confieren una dimensión que desdibuja los relieves debussianos, un enfoque apreciable y esta vez oportuno en el refulgente final en Feux de artifice.

Esta oportunidad acerca a Debussy al aficionado, pese a los matices señalados que afectan al misterio que impregna su música en favor de cierta tensión pasional. La movilidad temática, sus giros y variaciones se mantienen intactos. El color varía su tonalidad en un contexto en el que la fuerza expresiva, en su mejor representación del sonido, cede espacios a la contemplación.


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