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15 julio 2016

REALTOS DE TIERRA Y MAR- África en Cuba

África en Cuba

“…¡Cuán extraño es observar una orquesta compuesta casi sin excepción de negros y mulatos! Sus rostros registraban los sentimientos y pasiones de la música, a veces riendo, luego llorando y otras moviendo sus ojos de forma melancólica cuando volvían sus rostros bondadosos al público, al atril o hacia mi. ¡Son los mejores músicos de toda América!” Ole Bull


Por Jesús Gonzalo

Entre sabor o erudición se traza la dificultad de unificar un  fenómeno mestizo, africano y europeo a la vez, como es la música cubana (o el jazz). Del ritual africano a los cantes de barrio, del campo a los teatros, un conjunto cubano, ya sea tradicional, clásico o de jazz, es siempre una garantía de disfrute para los sentidos o para el intelecto, o para ambos. Estas consideraciones sobre el negro-mulato como músico de orquesta ya las vertía el violinista y director de noruego Ole Bull (apodo cómico derivado de su nombre Olle Bornemann Bull) en esa carta enviada a carta a su mujer el 24 de enero de 1844, tras pasar por La Habana. Es decir, era una confesión íntima y no una declaración pública.


Siguiendo con el planteamiento en la Historia, escribe Natalio Galán en el fundamental Cuba y su sones: “…ya en el siglo XVIII no existían las fronteras marcadas en el XX entre música culta y popular”, entre lo “negrista” y lo “cultista” que diría Alejo Carpentier. Y retrocediendo aún más, hasta el XVII, añade: “En aquella época los tambores prestaban su nombre al conjunto de personas en manifestación carnavalesca que, transitando por las calles, iban acompañadas de estos instrumentos llamados bien conga, tumbadora o quinto, todos de posible procedencia bantú.




En el siglo XVII los tambores en Cuba prestaban su nombre al conjunto de personas en manifestación carnavalesca que, transitando por las calles, iban acompañadas de estos instrumentos llamados bien conga, tumbadora o quinto, todos de posible procedencia bantú

Centurias más tarde los tambores se embarcarían en un nuevo viaje a otra tierra lejana y extraña… En 1947, Chano Pozo desembarca en la “tercera Isla del Caribe”, como la llamaba el escritor Gabriel Cabrera Infante para referirse a Manhattan. De su encuentro con Dizzy Gillespie nació, como es bien sabido, el cubop (Manteca) y de ahí una hermandad entre el jazz y lo afrocubano que pronto adoptaron músicos tan distintos como Stan Kenton y George Russell




Entre los grandes percusionistas posteriores a Chano Pozo (foto superior con Dizzy Gillespie) hubo uno irrepetible, que a su pasó por Nueva York en 1953 (con la banda Fajardo y sus Estrellas) también tomó contacto con el jazz, un género, por otro lado, que como la rumba y la música campesina cubana permitía espacios improvisados a sus intérpretes. Tata Güines, autor de ese clásico que es la descarga Pa'gozar, compartió escenario con otros impulsores del cruce musical como Cachao (en ese disco seminal titulado Descarga Guajira, de 1959-61 en Caney Records), Machito y Chico O'Farrill



Hace unos años me contaron una anécdota que doy por verídica sobre el legendario rumbero, historia que refleja hasta qué punto el palpitar de los tambores se lleva en la sangre. Era ya tarde, en una de esas sesiones de grabación que se alargan conscientes de que la noche traerá la inspiración. Sucedió en el histórico estudio Areito (Egrem) de la Habana, donde se grabó toda la serie de Buena Vista Social Club.





Tata Güines, nacido Federico Arístides Soto Alejo en 1930 y fallecido en 2008, realiza una de esas sesiones en las que sólo hay convocados dos tipos de instrumentos: voces y tambores. Desde el control, los técnicos se percatan de que su señal de sonido se debilita. El tiempo que marca en la percusión se mantiene exacto, es sólo que la intensidad ha descendido. Cuando acuden a ver qué está pasando, descubren tras los paneles al viejo dormido, con la cabeza caída sobre las tumbadoras, aunque sigue tocando con las manos. Se fastidió. Y ahora qué hacemos, dijeron. Paran de tocar y apagan todas las luces. El estudio queda a oscuras. Con sigilo y cierta picardía propia del carácter isleño, abandonan la sala. Cuando van a cerrar la puerta escuchan una especie de alarido suplicante:

“¡Asere, asere! que me hequedado siego de repente”

El musicólogo Natalio Galán situaba los orígenes de la rumba y la conga sobre el mil ochocientos alrededor de la zona de Matanzas, a unos 100 km al este de La Habana. Esta surgió de las raíces africanas de los esclavos, era una música secular y de comparsas pero también religiosa (como sucede en Bahía), adoptaba ritmos y mensajes de aquellos que hablan y cantan a los espíritus. Es un fenómeno sincrético -la santería- que surge de la fe católica de los españoles y el politeísmo de los congos (esclavos de Nigeria y Benin). Güines era fiel a Changó, la deidad orisha del tambor y el trueno cuya voz aún resuena entre coros y tambores cubanos, renovando el palpitar africano que sobrevive al paso del tiempo de colonos y dictadores. 





Cuba y su sones está editado por Pretextos. 
El fragmento de la carta de Ole Bull se extrae de este libro, página 158. 

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