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18 junio 2012

OPINIÓN- En nombre de la risa


En nombre de la risa

La risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono”... “Pero venerable Jorge, los monos no ríen, la risa es propia del hombre, es signo de su racionalidad”. La célebre novela de Umberto Eco, que recoge esta fundamental disputa dialéctica, bien podría haberse titulado de este modo. Hay gente que quiere ver una excesiva intelectualidad en el jazz como pose de distinción. En realidad, hoy como ayer, no es la intelectualidad la que marca las distancias, ni siquiera en el jazz, sino la ignorancia.  

Jorge de Toledo era ese personaje que siendo ciego aparecía como de la nada: él veía a los demás y los demás a él no. Su celo en la custodia del segundo libro de la Poética de Aristóteles, “que todos consideraban perdido o que nunca fue escrito”, es el motor narrativo que empuja el trabajo detectivesco del racionalista fray Guillermo de Baskerville, cerebro deductivo que seguía los postulados del también franciscano Roger Bacon.

Hay muchas maneras de “matar” a la curiosidad. Una es por acción, la otra por omisión. Jorge de Toledo encontró un punto intermedio envenenando las páginas del ansiado manuscrito para todo aquél que intentara recorrerlas con la avidez del saber. Con frecuencia nos encontramos en los medios -y en la sociedad en general- un tratamiento respecto al jazz (esa palabrota que cada década se agranda más y más y a muchos, propios y ajenos, se les escapa) situándolo en un pensamiento bipolar, que si música académica o antiacadémica, de blancos o de negros, el americano mejor o peor que el europeo, que si excesivamente seria o simple fraude (acuérdense de la polémica sobre Larry Osch), que si el que vale es el tradicional o sólo aquél que se supera en la vanguardia...Todos estos acercamientos empobrecen la realidad de una creación viva y veraz como ninguna otra. Todos ellos son fruto de la ignorancia. Generalizar implica sesgar información, ofrecer una visión limitada de las cosas. Y a ese estado, ya digo, se llega por inducción o pasividad. La segunda es más preocupante, porque puede proceder tanto de un estado consciente como fruto de la desidia de los propios interesados. 

Me he acostumbrado a leer, ver y escuchar cómo se maltrata a esta música con los hechos o desde el silencio premeditado: basta con no nombrarla cuando se refiere a ella. Cómo se la intenta relegar al pasado o a la minoría ilustrada e intelectualoide, despojándola del presente y de su capacidad para comunicar desde la espontaneidad e incluso la comicidad. A este mismo medio  (por Cuadernos de jazz, donde ha sido publicada otra versión) se le ha tildado de “tradicionalista” cuando no de nido de “esnobs”. De nuevo dos extremos y una contradicción. El error está también dentro. El déficit musical que acumula durante décadas España respecto a su entorno (de lo formativo a lo puramente empresarial, pasando por la difusión) es si cabe menor que el cultural. Como esto también afecta a la escena del jazz (técnico-programador, periodista-crítico florero, músico y público), no sé a cuento de qué lo de la tan manoseada intelectualidad. ¿Pero quién usa esos argumentos y para qué?

Lo hacen gente desde dentro y desde otros ámbitos musicales y periodísticos. Sabemos de la excepcionalidad y la mediocridad en el tratamiento de las noticias que sobre esta música aparecen en los medios. Los hay en cuyas redacciones de cultura no se oculta una predilección por otras músicas y manifestaciones artísticas afines –ellos sabrán-, pero el problema es que también se pronuncian en un ejercicio de oposición a esta música. No, no es ninguna conspiranoia, qué va, ahora daré algunos ejemplos bien recientes. Sin seguirlos de cerca, la lista de mensajes y maniobras es larga y en absoluto inocente. La mayoría de sus acciones son un boicot que consiste entre silenciar ciertas realidades que tengan al jazz como protagonista, frivolizar los contenidos aplicando humor pueril o bien intercalar breves comentarios teñidos de suficiencia y sarcasmo. 

En un primer estadio, si vemos-oímos-leemos en perspectiva, se hacía desde una cruzada contra las músicas académicas, que, digamos, son todas aquellas que tienen una cierta formación reglada e historia detrás. Y el jazz, que sigue en un limbo formativo oficial hasta la buena nueva de la UNED de la semana pasada, era uno de sus objetivos. Negar la mayor: el esfuerzo con el que se alcanza cierta excelencia técnica y musical, que a todo profesional se le requiere, y así aislar a la música “seria” como algo aburrido. Al igual que en las aulas (los datos de fracaso están ahí) esta tendencia hacia la banalidad ha hecho engordar filas y filas de no-músicos que ofrecen un producto de usar y tirar, o poco más.

Subproductos hay en todas partes, pero mucho más entre el rock y el pop (también son más masivos). En el jazz aún existen ciertos filtros de contraste y exigencia que al menos sirven de indicadores básicos de los recursos instrumentales, otra cosa es el mensaje. A diferencia del jazz, pop, rock y sus derivados tecnológicos crean serias dudas a los programadores (y eso no quita para que haya un montón de programadores inútiles en el jazz nacional subvencionado) sobre un directo que en muchos casos poco o nada tiene que ver con las referencias previas (no hablamos de macro estrellas, o bueno, el playback de Madonna, la reina del pop, ni de la legítima y rentable intención de montar una fiesta en vez de un concierto). ¿Necesitan crónicas de eventos escritas por críticos del gremio lamentando lo que antes apoyaron en los previos (o incluso antes)? Como diseñadores con ingenio y gracia sin igual, luego concluyeron que los límites del patrón de estilo no convenía que otros lo establecieran (por ahí hay revistas con mucho más de luxe que de rock), aunque con ello abonaban el terreno a ese concepto totalizador y hegemónico que es el pop, que, a menudo, sale a otear otros paisajes (ellos que pueden...), lamentando tener que referirse, si hablan de Coltrane, como “un auténtico genio del jazz (…) y del siglo XX...”, para luego añadir la estocá de gracia, “...por encima de fronteras en el fondo siempre trazadas con pulso torpe y aprensivo”. Es decir, que les cuesta conceder el hecho de que Coltrane fuera por encima de todo, antes de fundirse en ese deseado éter (mira cómo me tiembla el pulso), quizá el más grande músico de JAZZ de todos los tiempos.

El antipático y elitista - ése sí que lo era y así le fue como compositor- Pierre Boulez ya vaticinó lo que ocurriría al respecto de la música electrónica a principios de los 60 (de origen experimental y radiofónico), hace tiempo asumido, como todos saben, por el pop en una interminable variedad de etiquetas a cada cual más olvidable. De cuando en cuando, si se les vacía el pozo de las ideas (el del consumo se regenera de otra manera) les da por derribar toda frontera que mantenga enjaulado, en este caso al bueno de Coltrane, en las fauces de estos acomplejados, y antes a Femi Kuti y su afrobeat (que tocó con Lester Bowie, entre otros), y a Tom Waits (ya desde los 70, ¿con qué músicos cuenta?), y a John Zorn (qué les gusta Electric Masada a los modernitos), o combinados de jazz electrónico y jazz-funk, o qué me dicen de la world music, neutralizada por el “rodillo” pop y el imparable de la economía global (pensamiento único). Por mi barra libre, pero luego juego limpio.




No se defienden aquí los terrenos -es innecesario y estúpido- que pertenecen al feudo del jazz (no hay otra música que se haya encargado de derribar más muros que ella) y tampoco se establecen argumentos estéticos diferenciales entre músicos y audiencias. No se dice, por ejemplo, y para no generalizar tanto como quien dice de la gente del jazz que vamos de intelectuales con ese acento de perdona vidas, que los seguidores de Radiohead o Belle and Sebastian (o en otras parcelas como el rap pongan el estereotipo que quieran, por cierto que Steve Coleman ha hecho hip hop) sean melancólicos compulsivos o gente rarita con tendencia a la tristeza. Ahora nos venden lo de que el jazz es demasiado serio y sin sentido del humor (escuchen los duetos de locutores -proliferan- haciendo gracietas para que la cosa parezca más comestible), que se ha separado de su esencia (no crecido y expandido) y que ha dejado de ser divertido. 

El jazz es algo de minorías: todos sentados y con cara de filósofos. Añoranzas del ayer, de la era dorada del swing, el blues y el rhythm & blues, baile y canción... Es que el público de jazz se ha vuelto muy estirado…“Hay que devolverles la emoción del directo en los bares” (¿acaso hay jazz en otros lugares hoy, han ido a alguna jam session en su ciudad?), “…así empezó todo, señores (subrayo). Por mucho (continua) que tantos lo escuchen ahora con la ceja levantada y la cara así [pone rostro circunspecto, y una mano apoyada en escorzo sobre la barbilla (esto lo dice el neutral periodista)], el jazz empezó así”. Bien, muchas gracias, no sabíamos nada del Storyville y el dixieland, nos sorprende sobremanera ver en el escenario a alguien haciendo cosas tan raras y con ese delicioso atrezzo…Discúlpenos, es que ya no sabemos reírnos. ¿Y desde cuándo dice que le viene sucediendo esto? Desde Charlie Parker... Pues que se lo miren bien, luego que se lo pregunten a los “indios” del Art Ensemble of Chicago, a las performances “salvajes” de holandeses como Willem Breuker y a las “comunas sicodélicas” del Miles eléctrico (por situarnos a principios de los 70, después de nuestro -y de todos, por dios- Coltrane). Pensamientos provincianos. Estas declaraciones (o mensajes publicitarios con los que se pretenden abarcar a otros públicos) sobre la risa y el jazz son ridículas, señores.

Se trata de concepto, puesta en escena y lenguaje. Entonces, ¿cuál es el alcance cualitativo de “la risa” y para quién es una losa, como razonaría fray Guillermo? ¿Qué público de jazz es estirado, incapaz de asistir sin escandalizarse ante un grupo vestido de los años 30 (eso sí, con un diseño y una alegría que desmienten a la Gran Depresión) haciendo el “baile de la gallina” mientras cantan canciones de época (dicen que esta crisis es peor que la del 29, igual deberíamos bailar todos el baile de la gallina...)? ¿Qué público es un tostón, el que va a ver a The Bad Plus o a Medeski, Martin and Wood y luego entra en un concierto de Fred Hersch o Kenny Barron, quizá el que acostumbra a ir a Dave Douglas con el “gordito” Arbuckle en pantalla, o a Uri Caine poniendo patas arriba a Bach; tal vez los que siguen a la escudería italiana de Danilo Gallo o a Stefano Bollani versionando a Frank Zappa, o a esos dos tríos herederos de EST que son Phrogenesis y Neil Cowley (por si quieren gente de Europa y acercamientos al pop-rock); o quizá, siguiendo esa línea, se trata del aficionado curioso que va a Jeff Parker (sí, ése del que no se cita su carrera jazzística cuando llega con Tortoise) y luego se mete en uno de Nels Cline (otra incógnita sobre el papel que se despeja cuando deja su función de guitarrista en Wilco y comparte grupos con Tim Berne, Jim Black o Jenny Scheinman)? A ver, ¿cuál es el más serio e intelectual de los todos los conciertos y públicos? ¿El del neoclásico Wynton Marsalis –que es de Nueva Orleáns- y la Lincoln Center homenajeando a Duke Ellington? No, ese no vale. Ya está, debe ser uno de ECM, los preferidos de Jorge de Toledo por sus portadas*. ¿Quizá aquél en el que cientos o quizá miles de brasileños (ni eran japoneses ni austriacos) aplaudieron a rabiar a ese pestiño gimoteante llamado Keith Jarrett…? En el jazz cabe todo esto y más, incluido el jazz vintage.

Le hago llegar estas complicidades a usted, amigo lector, siempre y cuando “quede algún aficionado al jazz” al que dirigirme, como podría ocurrir según acerté a leer en una reciente reseña al documental en dvd que ha salido sobre Michel Petrucciani en un medio complaciente y reincidente que ríe sus propios chistes sobre el jazz. Pero podría ser cierto lo que decía el crítico de lo otro y yo sólo esté hablando en voz alta. Ya no queda ningún aficionado al jazz (ni gracioso) gracias a la mezquindad, la frivolidad y la incompetencia. Los que había se fueron todos a Río de Janeiro a ver a Keith Jarrett en postura “Rodin” y aún no han vuelto (puede que lo hagan para ir a Gilberto Gil en Vitoria...).

Nueva Edad Media, ¿los “bárbaros” están dentro o fuera? Mejor me pongo a cultivar lechugas en el Scriptorium, ya que la economía financiera está que echa pestes…Devolver la gracia a los graciosos requiere de cierta perseverancia y atención que le puede hacer a uno pasar por serio. Lo cierto es que he ido siguiendo las pesquisas del engaño y del misterio como fray Guillermo, con la única intención de aclarar lo que se difumina y defender lo que se ataca. Sólo aquí, hoy por hoy, hay espacio para ello. Espero no estar envenenado para cuando llegue la risa, si es que llega...





*(sobre ilustraciones)… “debían hacerse cuidando no excederse en la pintura de su monstruosidad, porque no debían seducir al que los contemplara, sino figurar como emblemas, reconocibles pero no concupiscibles, y tampoco repelentes hasta el punto de provocar la risa”. El nombre de la rosa, pag. 123.

3 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo con tu reflexión. En el jazz no todo es blanco o negro (nunca mejor dicho) sino criollo... ;)

    Un saludo

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  2. Como no podía ser de otro modo, el sectarismo pueril, denunciado en este artículo, adopta formas reconocibles, por insistentes. Aquí se decía respecto a Nels Cline y Wilco, guitarrista del grupo que desarrolla su carrera personal en contextos de jazz de vanguardia a los que, tendenciosamente, nunca se alude. De nuevo se ejerce la oposición desde la omisión de datos respecto de su indudable aportación. Aquí (abajo) un ejemplo más de mezquindad en algo que debería ser natural: nombrar al menos a los componentes de Wilco y ya que se repasa su trayectoria por qué no citar a sus miembros. El medio "complaciente y reincidente" es el mismo del artículo. En esta ocasión su posición (sospechosa habitual) otorga (o aísla) todo el mérito creativo del grupo al "compositor, guitarrista y cantante" que lo lidera (lean el uso comparado que hace de http://es.wikipedia.org/wiki/Wilco), nos vende el de las ventanas medio abiertas, "con mano de hierro"...(lean la wikipedia).

    Imposible así asociar nada "extraño" y externo a la mano firme del líder. Su acento se hace más seguro -o eso cree él y sus lectores habituales, "si los tuviera"- al afirmar que es el "motor y el alma" de Wilco. Alma no sé, motor seguro que no el único (más wiki). Nada sabemos, pues, del impulso contemporáneo en Wilco al que se alude en la noticia, sólo que se debió a "un cambio en los estados de ánimo y de formación"... ¿?

    Así, en abstracto, sin detallar a qué o a quién-es se debían. Todo Wilco, pues, se trata de un proyecto de cantautor y no de un grupo y un sonido hecho de personalidades diversas. Todo se reduce y personaliza convenientemente en Jeff Tweedy. No se dice nombre alguno de los músico: para qué pillarnos los dedos.

    Como fray Guillermo, seguiremos resolviendo el enigma o mejor el engaño. Además, la solución a este misterio está a la vuelta de la esquina...

    http://www.diariodesevilla.es/article/mapademusicas/1295446/wilco/vuelve/sevilla.htm

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  3. Si acuden a ese enlace, no se asusten si ven algo escrito como alt-country. Al margen de muchas coincidencias con las wikipedias (en inglés y en español), la diferencia con ellas no sólo está en la omisión de datos sino que incluso en la versión en inglés (ya saben, adjetivo y luego sustantivo) alt-country es simple y llanamente alternative country. "No lo llames country alternativo, llámalo alt-country"...

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