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10 junio 2012

EIVIND OPSVIK-Overseas IV


OVERSEAS IV
Jacob Sacks (p, clave),
Tony Malaby (st), Kenny Wollesen (bat), Brandon Seabrook (g), Eivind Opsvik (b) 
Nueva York 3 y 4 de agosto de 2011. 
Loyal Label. LLCD011

Aunque pudiera parecer trivial, la portada de este disco, de filiación vintage en la que el individuo-muñeco podría formar parte del mobiliario, dice más del contenido de lo que pudiera pensarse. Opsvik aparece sentado entre las dos ventanas. Inmóvil y en posición de reposo, su figura inane y un vestuario acorde con el decorado incomodan en una habitación que parece sacada de un pasado familiar burgués.
Overseas acaba de cumplir 10 años como grupo y esta es su cuarta entrega en disco. La repetición en serie (IV) es otro de los signos pictóricos que acercan a esta obra hacia motivos extraídos del pop. Y lo cierto es que sorprende esta sugestiva, original y elegante música que no está en deuda con nada, quizá porque use más códigos estéticos que musicales. Ya se trate de la conjunción de varios estilos (una síntesis personalista de un cóctel básico de cuatro ingredientes genéricos: pop-rock-jazz-música barroca) o si apuran con los personales de cada músico (él mismo sólo como conceptualizador).

El espectro cromático se convierte en un factor determinante con el que juega el autor, hasta el punto de borrar toda huella de estilo personal de quien lo interpreta: algo intrínseco en toda exposición instrumental jazzística. Una música hecha de instantáneas

Para un noruego que vive en Nueva York y pertenece por méritos propios a la mejor hornada de grupos de la última década (sigan su huella si no entre los Tony Malaby, Matt Bauder, Nate Wooley, Mary Halvorson, Kris Davis...), llamar Overseas a este proyecto tiene connotaciones de ida y vuelta en la memoria y también en los sonidos. La inspiración en el barroco tardío (su interés en el periodo comprendido entre el 1700-1800) es un punto de partida. Esto es un signo, y la suma de signos crea un sistema. En este caso una obra acabada. La original música de Opsvik (algún parecido con la exuberancia distraída de ciertos discos de estudio recientes de John Zorn en Tzadik) se construye desde una base sencilla pero robusta donde prima la combinación de colores instrumentales.

Volviendo al tema plástico y las técnicas aplicadas, es como si estuviera hecha de manchas y ambientes expansivos (convendría no pasar por alto la influencia ejercida por ECM en la música nórdica, sobre todo la de los 70 y los discos de Terje Rypdal), con un centro melódico sobre el que las progresiones se modulan y fluyen de manera independiente pero con empuje colectivo a través de un énfasis repetitivo y de intensidad ondulante.


Eivind Opsvik y su grupo, a los dos lados del océano, Overseas

De este modo, el espectro cromático se convierte en un factor determinante con el que juega el autor, hasta al punto, como decíamos, de borrar toda huella de estilo personal de quien lo interpreta: algo intrínseco en toda exposición instrumental jazzística. Es decir, no van a encontrar a Tony Malaby y sus encendidos y libérrimos fraseos, más bien interviene con trazos de pigmentación tornasolados y de líneas extendidas. Ni con la modernidad ilustrada de Jacob Sacks -músico que publica en este joven sello-, que edifica un atípico e innovador relieve de ornamentación sobre el sonido del clavecín-clavicémbalo.
Los instrumentos son objetos, mobiliario, más si cabe el contrabajo, y con ellos se construye un personal habitáculo en el que destaca la combinación ascendente y de volúmenes de mazas y órgano y, como decíamos, destaca ese clave barroco que perfila melodías que parecen -y no lo son- anacrónicas,  interviniendo decorativamente en segundos planos con el apoyo en el registro agudo de guitarras y saxos, ambos con tendencia a una distorsión y atonalidad bajo control.
Esta música hecha de instantáneas, de volúmenes y contrastes, crea un estado perceptivo que poco o nada tienen que ver con las fuentes que lo originan. Inspirado tal vez por Satie, no es música de mobiliario la del bajista aunque juegue con el término en su portada. Una bella y singular paradoja



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