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23 marzo 2012

OPINIÓN- EL ÁRBOL DE LAS TRES CULTURAS


El árbol de las 
             tres culturas

Después de los asesinatos de Toulouse tuve un sueño “Magritte”: en un llano verde y diáfano resaltaba la figura de un robusto árbol de cuyo tronco salía una gran hoja...Siendo muy niño, mientras un señor negro de sonrisa blanca reía y cantaba al mismo tiempo en el televisor, oí decir a mi madre: “es Louis Armstrong y esa música se llama jazz”. Desde el piso superior mi padre se aliaba con el invicto Beethoven. Durante la Cuaresma, en la que solían poner películas como Los Diez Mandamientos o Ben Hur, en la cocina había torrijas y pestiños, dulces de muy antigua tradición cristiana y morisca.

En la cotidianidad de esa sala de estar hubo muchos momentos en los que se dieron cita las tres culturas, al menos en la coincidencia de que sonara Felix Mendelssohn o pusieran la última película de Woody Allen, te atrapara la atención ese retrato de familia a los pies de la Giralda o se bendijera la mesa para la comida. Con el tiempo, y como expresión que ya es universal, he podido comprobar que también el jazz ha servido de catalizador cultural y religioso.

En muchas ocasiones hemos visto representado al jazz a través de un árbol genealógico de estilos que se ramifican una y otra vez. Podría hacerse también con la vida de las personas, desde el colegio al trabajo, las experiencias, los hijos, los viajes, los momentos difíciles... Sin pretender hacer un ejercicio de equilibrista, hoy me conformo con trasladar las vivencias personales a esta música buscando un punto de encuentro con la convivencia pacífica entre los hechos religioso, racial y cultural, como elementos concomitantes en una manifestación tan plural y políglota como el jazz. Un fenómeno no ajeno, como sabemos, a rebeliones incruentas contra lo establecido y las injusticias -unas veces colectivas, las más en solitario- o reclamando en un discurso estéril propiedad de identidad (Nicholas Payton). La metáfora de la tolerancia que sería el árbol resulta ejemplar en el jazz como manifestación artística del último siglo, aunque sólo sea por el hecho de que el Tercer Reich lo prohibiera por impuro – negro- y degenerado, como a todo arte judío.

Los vínculos entre el jazz y lo judío son más profundos que evidentes, más históricos que anecdóticos y más fructíferos que pasajeros. Lo importante del enorme legado del pueblo judío para nuestra civilización occidental, en áreas como la ciencia, la cultura, la música, el arte o la literatura, es su aportación al avance desde un principio inquisitivo y dialéctico que es inherente al Talmud. Y hacer de un enfoque individual una mentalidad colectiva les ha permitido desarrollar materias de su especialidad técnica y también, no lo olvidemos, replantearse su propia tradición. Los grandes heterodoxos judíos de hace un siglo (Freud, Einstein, Kafka, Schoenberg, Groucho Marx) son hijos del exilio y la Diáspora, y su aportación al progreso es incuestionable.

El apoyo de la primera generación de emigrantes judíos al jazz (la que llegaría con el padre de George Gershwin desde Rusia huyendo de los pogromos) coinciden con los primeros pasos que dio esta música en Nueva York. Benny Goodman, Lee Konitz o Uri Caine alumbran décadas de creatividad, pero a su labor también habría que incluir la de señalados productores discográficos, emprendedores, dueños de locales, críticos... Los fundadores de Blue Note (Alfred Lion y Francis Wolff) y otros sellos determinantes, por ejemplo. Y sí, es posible que John Zorn represente el judaísmo más acusado, pero desde su sello ha apoyado una contemporaneidad de inabarcable extensión estilística que incluye la propia judía, haciendo partícipes de ese relevo a músicos que no los son.

El cristianismo, ligado a la propia Constitución estadounidense y a personajes como Abraham Lincoln, que abolió la esclavitud, a través de coros y grupos gospel en las iglesias anglicanas, ha sido la cuna de la formación y la inspiración de infinidad de músicos. Cierto es que el hipócrita puritanismo de los años 50 prendería el recelo y la censura en torno a una realidad, habría que añadir enfermiza, en la que la heroína empezaba a hacer estragos en el jazz. En los 60 el islam amplifica la protesta reivindicativa que reclama la igualdad de derechos para la raza negra (Malcom X) y a ella se suma la vanguardia musical e intelectual del jazz. El bautismo musulmán pone nombres a Muhal Richard Abrams o Abdulah Ibrahim y acoge a Randy Weston, entre otros ilustres. En la obra que nos han dejado el único mensaje radical que encontraremos es su compromiso con el avance, la belleza y los ancestros. Pero si hay un nombre que sobresale en esta gran hoja del jazz que comulga con la espiritualidad es el de Coltrane, ejemplo no sólo de maestría musical sino también de un sonido místico que diluye las fronteras entre las religiones monoteístas.

Según el testimonio de testigos, el asesino levanta por el pelo a su última víctima para luego dispararle en la cabeza. Era una niña judía, sí, y nunca llegará a saber en qué consistía esa desgraciada condición que la diferenciaba como objetivo de las niñas del colegio de enfrente. Vuelve el miedo y la barbarie al corazón de Europa y a la memoria trágica del judaísmo. La amenaza de fanáticos islamistas crece dentro de nuestra sociedad intentando destruir a su paso vidas y civilización. Frases como “ojo por ojo” o “ellos más” justifican crímenes como éstos; se trata, pues, de defender civilización frente a terrorismo armado y doctrinas, como las que se difunden en ciudades catalanas, que nos conducen a tiempos de oscuridad. Radicales, fundamentalistas o ultraortodoxos, todos representan el atraso y la intolerancia.


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