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12 febrero 2012

OPINIÓN- El lenguaje de las piedras (sobre la crítica)



El lenguaje de las piedras

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La autoridad del opinador está en entredicho incluso en estas mismas páginas. A causa de ello la canonización de lo estético hace tiempo que ya no descansa en manos expertas. Si disentir es necesario, se asiente o disiente con cada clic en las redes sociales, discernir también lo es. En medio de la claudicación del espíritu crítico, la voluntad de comunicar del especialista es como predicar en el desierto. 




1959, Paul Celan, poeta que inspira el título de este artículo, escribe Diálogo en la Montaña, es la agonizante transcripción de una conversación que se había planeado pero nunca tuvo lugar con Adorno. Conocida es la desconfianza de Celan por las “intencionalidades de lo expresivo y de la voluntad de comunicar, pues son categorías fatalmente imperfectas”. Su pensamiento crítico llega al punto crucial que le ofrece Heidegger al establecer diferencias entre hablar y su expansión en habladuríadecir y la búsqueda de sentido auténtico. “¿Qué hacer? ¿Por qué escribir poesía?, ¿por qué publicarla?”, se preguntaba frente a Nadie (1). En otro sentido también lleno de contradicciones “que escapan a cualquier solución”, el también escritor judío Walter Benjamin afirmaba que “la creación espera que le sigamos, que la atrapemos, aunque sea poco verosímil que lo hagamos”.

Entre estos dos pensamientos se situaría la tragedia del crítico o de cualquier pensador que intenta buscar respuestas, mucho antes que en las condiciones que el mercado de masas y la velocidad informativa han consagrado a la banalidad y a lo efímero. ¿Para qué necesito yo un análisis de nadie?, ¿por qué debería de seguir leyendo esto?, se pregunta el lector. El mensaje que dejaba en esta misma sección de opinión nuestro siempre dialéctico Carlos Pérez Cruz en La crítica hoy (un anacronismo reflexivo) iba dirigido a la crítica, no al lector. “Hasta cierto punto, el ejercicio crítico hoy en día es en vano. Una navegación a contracorriente”, nos dice; entonces, como Paul Celan, ¿por qué seguir, para qué tanto esfuerzo y sacrificio? 


Abundando en otra contradicción muy alejada de la de Benjamin, nuestro compañero remata su argumentación con otra desalentadora evidencia… “El igualitarismo horizontal de la red es una pesada losa sobre el pensamiento crítico (inútil y peligroso suspirar por un editor de esta gran editorial que es internet)”. Bien, aquí tiene espacio para su firma.

No le falta razón al subrayar el determinismo que neutraliza la visión crítica sobre las cosas y con ella la posibilidad de progreso. Es por ello que sería legítimo objetar que “la normalidad es una curiosidad estadística casi siempre injusta” (2). De la historia a la justicia, de la cultura a la educación, ¿qué lugar ocupan hoy la poesía de Celan, los ensayos de Benjamín, las ciencias humanas?, ¿son todos anacrónicos? Tras casi cuatro décadas de relativización inducida, la posmodernidad (una entelequia tan abstracta y pragmática como “los mercados”) nos ha llevado a la simplificación y después a la banalidad; como consecuencia, resulta frecuente encontrar, entre una y otra, sumada a la anestesia consumista, el sinsentido, la incertidumbre, el caos.

Argumentar es lo más democrático que existe desde la dialéctica socrática. La tecnología, tan ligada a la música y a la arquitectura como artes, no siempre significa progreso, al menos si la consideramos de manera separada de la cultura: “ambas son dimensiones irreductibles de la sociedad humana”, dejó dicho Claude Levi-Strauss. ¿Los sintetizadores de Kraftwerk acaso son mejores que el piano preparado de Cage, es el piano de Debussy mejor que El Clave Bien Temperado de Bach? En esta apisonadora de las mentes despiertas que es la sociedad del espectáculo y del ocio se permite decir que la Tierra es plana (para luego salir en televisión a contarlo), pero no se puede afirmar que el último disco, pongamos, de Craig Taborn tiene más valor artístico que cualquiera de los éxitos populares que nos martillean los oídos. Porque si bien no cabe discusión alguna en cuanto a lo científico (sus mentiras se desmontan antes), sí es legítimo defender la belleza del reggeaton frente a la de Taborn. 


¿Cuántas veces no se ha encontrado usted, amigo lector, en circunstancias en la que ha defendido con pasión y objetividad, y en soledad, sus gustos frente a otros? Por ello, ante la confusión de tantas voces que se cruzan sin entenderse, la crítica de nuestros días no debe tanto dar respuestas sobre apreciación estética como plantear las premisas adecuadas. El crítico como válido -aunque falible- instigador del avance sobre lo establecido, cuando está dotado de una aguda capacidad de observación y contrastada sensibilidad comparativa.

Tan importante es que el especialista en algo tenga criterio como que lo tengan sus lectores. “El lector ignora su cuota de responsabilidad y simplemente aplaude cuando lo expuesto (mejor o peor) coincide con su parecer, y gruñe cuando intuye que algo modifica su percepción de las cosas. En este ambiente de laxitud crece en la tierra la cabeza vegetal”, afirma Pérez Cruz sin aplicar filtro alguno al discernimiento del lector para llegar hasta aquí y más allá. 


Contrariamente a las tesis sobre el “ejercicio vano” de la crítica antes recogidas, es de la opinión el premio Nobel Mario Vargas Llosa cuando dice…“Los medios no pueden dejar que la crítica vaya desapareciendo. La crítica es fundamental para servir de orientación en el caos que es la oferta cultural” (3). Si aceptamos como conveniente la opinión del autor de Conversación en la catedral, añadiendo más dosis de rigor y menos frivolidad, sería deseable, según Antonio Muñoz Molina, que la crítica intentara parecerse a los científicos, porque “a diferencia de críticos de arte y de tantos expertos en literatura, en pedagogía, en politología, etc, no hablan en su propia jerga y suelo encontrar en ellos poca arrogancia y nada de cinismo” (4).

La desorientación actual, provocada por esa disolución de las estructuras piramidales que en sí representa la propia caída de las Torres Gemelas, no se resuelve desmontando la dudosa utilidad de un pensamiento y una emoción contrastados por el concimiento y el lenguaje, sino alentándolos. La mente humana de todos los tiempos y culturas es compleja, ahí tenemos los ejemplos de Celan y Benjamin. Es posible que el pensamiento crítico se disuelva entre la masa cruda, pero no es lo mismo rigor crítico que rigor mortis.


(1) Niemand, término con el que Celan se refiere a Dios en referencia a la Shoá, por su permanente silencio. “No habrá Gespräch en las montañas…”
(2) Jorge WagensbergSi la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?
(3) Revista Mercurio, diciembre de 2010, pag 31.
(4) Los saberesEl País Babelia, pag 8 (18-06-11)
© Cuadernos de Jazz, enero-2012

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