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31 diciembre 2011

Libros DEREK BAILEY La Improvisación

La improvisación: Su naturaleza y su práctica en la música

Derek Bailey
Trea

En los dos breves prólogos de este libro fundamental se apuntan las claves de su contenido y meritoria edición. Ildefonso Rodríguez, además de lanzar unas notas precisas sobre Derek Bailey, antes nos dice: “De primeras,  parecería que estamos ante un rico tratado de filosofía musical (…) pero al afirmarse que la improvisación es `lo irreprimible, la fuente fundamental de la creatividad’, de inmediato se nos viene a decir que de la improvisación sólo se puede hablar improvisando. Son los improvisadores y sus historias quienes pueblan este libro”.  Por su parte, Agustí Fernandez añade: “Hay muchas ideas, y muchas ideas válidas, en este libro. La mayoría de ellas están insertadas como de paso en medio de anécdotas, conversaciones o descripciones (…) Son ideas a posteriores, después del arte de improvisar”. Derek Bailey ha dado forma y esqueleto a una idea, la de la improvisación, desde un planteamiento espontáneo y estructurado al mismo tiempo. Para ello canaliza el mensaje distinguiendo en cómo se ejerce en distintas músicas y en distintas épocas, haciendo acopio, a lo largo de los años, de valiosos testimonios vertidos por músicos de reputada experiencia en la materia.

Respecto a cómo se lleva a cabo en la música de la India, nos introduce con rigor en sus modos (el sruti, el svaya, el tala,  el raga, el laya, el alapa, el gat) y diferenciación entre la del Norte y la del Sur subrayando el hecho de que “para ellos la improvisación es un elemento inseparable de la actividad musical. Los consejos teóricos que reciben en su formación son de orden estético pero no técnico”. Luego acude a la voz del músico Viram Jasani: “todo lo que uno toca es propio, todo lo uno toca es su propia interpretación de ese raga”. Para el flamenco es el guitarrista Paco Peña quien da una breve aportación: “Hemos aprendido de nuestros mayores lo que ellos aprendieron de los suyos, pero asimilamos la música y la tratamos a nuestra manera (…) empleando el lenguaje del flamenco”. Sobre el rock: “todo empezó con la etapa psicodélica en 1967”, dice Steve Howe, guitarrista de Yes. Reflexiona en los cambios de la industria del disco al pasar del single al Lp, lo que dejaba más espacio que llenar. Se afirma además: “el blues está en la base de la improvisación en el rock”, cuestión que se reafirma al citar la modernidad de rock y blues traída por Jimi Hendrix. En cuanto a la tecnología que se incorporaba, para alguien que previamente grababa sus improvisaciones y escuchaba una y otra vez como proceso compositivo, continua Howe: “la claridad en el fraseo era fundamental”. Jerry García, en cambio, se inclina más por la emoción y el contacto con su público para potenciar el hecho improvisatorio: “siento atracción por el caos”.

Para una música como la Antigua, que viene teniendo un interés que no decae en las dos últimas décadas, Bailey separa su análisis en dos capítulos dedicados al barroco. El clavicinista Lionel Salter desarrolla su explicación diferenciando dos épocas, entre 1600 y 1759. Esta era una música en pleno desarrollo en la que la escritura en la que se asentaba consistía en apenas unas indicaciones, un “esquema muy simplificado para refrescarle al auditorio el tema”, donde se daba un importante proceso de improvisación: “no creo que pensaran que era algo separable, todo formaba parte de la interpretación (…) persiguiendo siempre la coherencia estilística”. En este punto se describe la importancia del bajo continuo y el legado teórico escrito al respecto así como aísla el arte de improvisar en el órgano. Termina diciendo: “La única diferencia insoslayable entre el pasado y el presente debe ser la actitud del intérprete con respecto al estilo, su manera de ejecutar esta música, su autenticidad.”



Respecto al jazz, al que dedicada también sendos espacios, ejemplifica su primer argumento partiendo de Louis Armstrong con testimonios de Ronnie Scott, músico y regente del famoso local que toma su apellido. Dice: “uno está condicionado por el instrumento que toca y por la influencia de músicos anteriores (…) Me gustaría, como ideal, ser capaz de expresarme con personalidad hasta los límites de mi capacidad”. Pero la visión más jugosa es la de Steve Lacy , cuyo testimonio sirve de puente entre épocas reflexionado sobre el free jazz iniciado por Cecil Taylor (“era algo sistemático al principio, pero con un nuevo oído y unos valores nuevos) y para rescatar a Don Cherry como uno de los músicos “más libres” . Claro que, “Ornette destruyó las teorías”. Lacy se reafirma en los pilares del improvisador: “el instrumento es lo importante, ese es el material, ese es el tema”.

La aportación más importante - y generosa en los puntos tratados- del libro llega con el espacio a la improvisión libre (del que Bailey era un especialista, y por ello vierte su experiencia), la improvisación solo y la problemática o controversia que su aplicación y dificultad de enseñanza conllevan. La más esclarecedora es la actitud de Gavin Bryars, compañero suyo en el grupo Joseph Holbrooke: “Cuando improvisaba me era imposible trascender el contexto en el que tocaba (…), cuestión que podía resolver desde la composición”. Sobre improvisar en grupo: “el juego de pregunta-respuesta que adoptan muchos improvisadores no me resultaba atractivo.” Clarificador es su comentario de idea y vuelta sobre este método y su aplicación a  la enseñanza,  cuando dice que el problema para él, que había estudiado con Cage era el de la “personalización” que recae en el improvisador. Concluye: “Pienso que es muy importante enfrentarse académicamente a la improvisación en tanto como actividad musical seria, para que el músico pueda hacerse una opinión bien informada a nivel práctico e intelectual.”


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