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13 diciembre 2011

Libros-DAVID BYRNE. Diarios de Bicicleta

Impresiones 
de un ciclista
nada accidental


El autor realiza una guía atípica de viajes por distintas ciudades del mundo en la que mezcla reflexiones a golpe de pedal y argumentos asociativos inspirados en el paisaje urbano. En su defensa de la humanización de las ciudades, el ciclista- músico-artista-intelectual escribe desde la inmediatez del movimiento y también desde el pensamiento crítico, eligiendo para ello rutas alejadas de las oficiales.

Es posible que David Byrne use el poste the villager, con forma de perro, situado en dicho barrio neoyorquino y que él mismo diseñó, para aparcar su bici cuando baja a su oficina de trabajo desde el Midtown (Garment District). Ya a finales de los 70 principios de los 80 usaba este medio para desplazarse por esta ciudad, bastante más insegura para esa actividad que ahora sin que haya dejado de serlo del todo. 


En Diarios de bicicleta realiza una guía atípica de viajes por distintas ciudades del mundo (aprovechando algunas de sus giras, trabajos expositivos o como viajero infatigable y curioso que es), mezclando reflexiones a golpe de pedal (siempre intenta llevar una portátil o bien aconseja alquilar bicicletas segunda mano, como en Berlín, cuando la estancia es prolongada) y argumentos inspirados en el paisaje urbano. El autor, que aquí demuestra una capacidad de síntesis de gran poder descriptivo, plantea en este texto una especie de “travelogue”, un diálogo situacionista en forma de crónica que se nutre de la tradición radiofónica, del blog y la tradición literaria contemporánea. 

En cuanto a ésta, habría que distinguir si “estos paseos acompañados de pensamientos” se deben al flujo de conciencia del Ulises (Joyce o a la observación en el detalle  de los edificios y lugares (Prouts) ilustrados con fotos (el Sebald de Austerlicht o, para ser más precisos, como se cita en el prólogo, Los Anillos de Saturno de este autor)... “Salvando las distancias literarias”, adelanta a matizar un siempre sorprendentemente sencillo, accesible y ecuánime David Byrne. En su escritura se da la inmediatez del movimiento al desplazarse y el pensamiento pausado con el que contrasta experiencias, conocimientos y datos históricos.  
  


Los centros de atención que maneja Byrne, siempre en defensa de esta causa de urbanismo sostenible que proporciona el uso de la bicicleta (en contra de ese producto de estatus inducido que es el coche), son la arquitectura, la sociedad, los efectos de la globalización, la política, las costumbres y las artes. Como Nanni Moretti en la primera de las partes de Caro Diario, pero en bici no en vespa, Byrne observa con detalle todo lo que sucede a su alrededor, eligiendo rutas alejadas de las oficiales, no siempre atractivas para la vista ni cómodas para el recorrido. Hay otro elemento diferenciador en este apasionante libro y es que su mirada no es fugaz sino inquisitiva. La bici te permite estar un poco más alto que un peatón, poder pararte cuando quieras y contemplar todo lo que te rodea con cierta distancia. 



Byrne arrecia en su crítica contra las ciudades de EEUU, construidas sobre el modelo de una industria del automóvil y del petróleo. “Decadencia y devastación” es lo que queda de esas grandes cicatrices de asfalto que son las autopistas que dejan a su paso espacios baldíos y sin vida. EEUU, primera potencia, necesita ciudades más habitables en las que no haya tanta “incomunicación y miedo”. Salva de la quema a Portland, San Francisco, Savannah y parte de Chicago y Seattle. Más admirativo se muestra sobre las bondades de las ciudades europeas y el equilibrio en su orden.



Conoce muy bien Berlín (antes de la caída del muro incluso) y la disquisición sobre la belleza que se le atribuye desde el deconstrustivismo que la imagen del muro en sí representa. Establece a menudo, ya lo hacía observando los suburbios amputados por las arterias de cemento de las autopistas en EEUU, paralelismos entre capitalismo y comunismo. Pero prefiere Holanda: “las calles alemanas parecen estar bajo los efectos del prozac: civilizadas pero poco excitantes”. 

Describe las dificultades de viajar por Estambul (resalta la belleza del Bósforo mientras resuelve con su presencia la celebración de un festival pop en el que estuvo apunto de no participar), Manila (guiado por el mito de la estirpe de los Marcos, sobre todo Imelda, dictadores que parecen provenir de un mundo que está entre el karaoke, Latinoamérica y los Kennedy-JFK) y Buenos Aires (una ciudad a la que dedica un extenso espacio en la que contrapesa la cultura europea con la casi inexistente africana de una cercana Brasil, mientras refleja la excesiva veneración a Gardel y analiza su afinidad con el rock de la ciudad) y apunta el aislamiento que se siente en las distancias de Australia (“en una vista aérea el paisaje puede ser tan acogedor como Marte”) después de visitar Sydney y el centro aborigen, para descubrir hasta qué punto la naturaleza en ese continente puede resultar insidiosa con el ser humano.

Si en Manila y en otras ciudades filipinas se descubre a un viajero muy documentado y ávido por conocerlo todo (de las tribus paleolíticas aún existentes a la coherencia en la estructura de “los mercadillos del tercer mundo” o el cuerpo incorrupto de Ferdinand Marcos), la consabida idiosincrasia de ciudades occidentales como Londres, San Francisco o Berlín le llevan a desentenderse un poco de lo que se ve viajando en dos ruedas para replegarse en pensamientos profundos sobre estética y arte, mientras visita museos y galerías que le sirven de señalizaciones en su particular carril bici: “prefiero circular guiándome por hitos y lugares de interés como puntos de referencia” que por la lógica del trayecto, viene a decir. Deja para el último capítulo a Nueva York, a la que dedica unas páginas que versan sobre su cotidiano deambular y su labor de concienciación sobre los beneficios de circular en bicicleta, intentando con su aséptico proselitismo reescribir la premisa de que “las ciudades perpetúan la forma de pensar que las creó”.



Por último, cabe resaltar los beneficios para la salud de los individuos (y por ende de las ciudades) que favorece su uso: “Descubrí que ir en bici (como ser músico, apunta en otra ocasión) me ayudaba a mantener la cordura. La sensación física del trasporte autoimpulsado, junto con la impresión de autocontrol inherente a esa situación sobre dos ruedas, tiene un efecto vigorizante y tranquilizador que aunque pasajero me basta para estar el resto del día centrado”.Y añade. “Favorece un estado mental que permite que una parte no muy grande del inconsciente fluya. Para alguien cuyo trabajo es creativo y cuya creatividad se debe a ese fluir, es un buen sitio donde encontrar esa conexión.” 

David Byrne. Diarios de Bicicleta.
Reservoir Books/ Mondadori. 362 págs




                                                         Bike Cam N.Y


                                     Live on Two Wheels (New York Times)




                                               Mexico, agosto 2011, tras pasar por Guadalajara

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