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15 noviembre 2011

OPINIÓN- Desaprender

DesaprenderImprimirE-mail
Por Jesús Gonzalo
Bien pensado, resulta hasta gracioso que sea precisamente un banco el que use para su campaña publicitaria un término de neurociencia, sacado de un programa de Eduardo Punset, que apela a replantearse lo consabido. Tendremos que ir acostumbrándonos a situaciones “anómalas” mientras “el sistema” reajusta sus “excesos”... La cultura, limitada por necesidades más apremiantes, tendrá que echar mano de la autogestión.

Se habla de refundar Europa, esa quimera de política comunitaria que ahora también parece monetaria, poniendo en tela de juicio algunos de sus fundamentos de desarrollo económico, social y cultural que nos distinguían de los liberales con los que se ha construido los EE.UU. Liderados por el eje germano-francés, los PIGS, ahora llamados eufemísticamente “países periféricos” -¿periféricos del origen de Europa o del Banco Central Europeo?-, tendremos que revisar algunos de nuestros modos de vida -subida de impuestos, recortes salariales y bajada de  las pensiones- para poner orden donde hubo despilfarro, mala gestión, corrupción y necedad. Como consecuencia de todas estas medidas de austeridad, los presupuestos y subvenciones hasta ahora dedicados a Cultura o a investigación científica -obviemos de momento la discrecionalidad en sus concesiones- se verán perjudicados por esta reestructuración. En estas páginas hemos visto dos ejemplos de cómo ha afectado esta crisis a la última edición del Festival de Jazz de Madrid pero también, y como contrario, al de Guimarâes

Que se hagan ajustes en política fiscal -por no llamarla subida de impuestos- inducidos desde París o Berlín, pasando por Bruselas, no nos debe hacer perder de vista la responsabilidad que está detrás de ese hecho diferencial “de varias velocidades” entre la solidez de su economía (con mucho menos desempleo, recortes en el bienestar y presión impositiva sobre la población) y la debilidad de la nuestra. La intervención de Portugal y Grecia y la peligrosa crecida de la prima de riesgo de Italia y España han tenido como consecuencia inmediata cambios de gobiernos, ya sea por las buenas -urnas en Portugal y España- o por las malas de esos entes abstractos llamados mercados -en Italia y Grecia-. Esta crisis, no nos engañemos, para lo que ha servido, al menos para el ciudadano de a pie y no sólo por la catársis que conlleva, es para darnos cuenta de la ineptitud -y de los privilegios- de la clase política, y no sólo de la española: sigan el rastro por el último decenio y por otros países. Y sí, los latinos tenemos un carácter que afecta a cómo hacemos las cosas y, por supuesto, a la hora de elegir a nuestros dirigentes. La mala gestión se va a resolver apelando a la eficacia de los tecnócratas, que también lloran (ministra italiana).

Los economistas, cuyos infalibles indicadores no alcanzaron a diagnosticar la evolución de la crisis -si se disipaba, agudizaba o entraba en recesión-, echan la culpa a los políticos por no haber hecho caso de sus recomendaciones, preocupados por no perder su cuota de poder electoral. El sistema financiero -los bancos- reparten la responsabilidad entre la sociedad y los gobiernos, que han conseguido que sean sus ciudadanos los que compartan la falta de liquidez de aquéllos, mientras sus directivos se jubilan con pensiones millonarias, para al fin no fomentar el préstamo como salida a la inversión. Tras el desaguisado político, y su tendencia a monopolizar todos los poderes mientras los mercados monopolizan nuestras necesidades (incluidas las culturales), llega la hora de los técnicos: Italia señala ese camino y el pueblo acepta la dureza de los planes.

Si la cultura y el arte deben ceder protagonismo presupuestario en favor de la educación, la sanidad o las pensiones, es decir, segmentos de primera necesidad, la imaginación y la creatividad tendrán que aliarse con la autogestión y no esperar el favor político apelando a su buen criterio, por oportuna o interesante que sea la oferta. Y puesto que se habla de crisis profunda de valores, habría  que recordar a nuestros dirigentes (locales, autonómicos y nacionales) que la sociedad no sólo tiene necesidades materiales que cubrir. Como escribió Daniel Beil en una cita que recoge Chistopher Small en su fundamental y preclaro Música Sociedad  Educación:  “Las ideas y los estilos culturales no cambian la historia… no de la noche a la mañana, al menos. Pero son un necesario preludio al cambio, puesto que un cambio de conciencia, un cambio en los valores y en el razonamiento moral (o percepción) es lo que mueve a los hombres a  modificar sus ordenamientos e instituciones sociales.” Small añade: “El arte, la educación y la sociedad avanzan como si cada uno tuviera una pierna atada al otro”.

Para des-aprender hay que analizar, tener perspectiva. “El problema con los Estados Unidos, con la excepción de Nueva York, es que nadie sabe nada del resto del mundo, y el otro problema es que no hay dinero para la cultura y todo es privado; y lo peor es que esta situación está llegando a Europa ahora. Cada vez tenemos menos derechos y la cultura es un bien que nadie protege ¿para qué? En pocos años vamos a vivir como los americanos”. Esta declaración de Louis Sclavis, en una entrevista realizada por Chema García Martínez en julio de 2006, resulta hoy más ajustada a la realidad de lo que quisiéramos. La cultura así vista como un producto de consumo, sin una mediación pública que equilibre las diferencias del mercado, asegure su construcción desde una educación plural y promueva convenientemente, y no frívolamente, su divulgación. Si los técnicos se hacen con los mandos del gobierno, también se hará necesario que en cultura sean profesionales los que gestionen los pocos recursos con los que se cuenten. Al menos en lo que a jazz se refiere, Portugal, por más periférico que sea, nos puede enseñar a desaprender.
© Cuadernos de Jazz, diciembre-2011 

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