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01 octubre 2011

OPINIÓN- El blues y la verdad abstracta

El blues y la verdad abstracta
Por Jesús Gonzalo
Las miles de escuchas realizadas de una obra convierten a ésta, durante un periodo necesariamente largo, en un clásico. El título de este artículo está inspirado por The Blues and the Abstract Truth de Oliver Nelson, una música, como otras muchas, que nuestra memoria ha instalado en un lugar de privilegio.
Corría el año 1960 cuando Nelson se dirigió al estudio de Rudy Van Gelder para materializar belleza intemporal en sonido. Lo hizo al comienzo de una década no por convulsa menos decisiva en el afianzamiento del adjetivo “contemporáneo” en el jazz. Diez años fecundos en los que la consolidación de las corrientes de vanguardia dio paso a su vez a la aventura eléctrica.
El discurso contemporáneo pasa indefectiblemente por un poder creativo que es capaz de perturbar. Esto significa capacidad para remover los arquetipos de una sociedad, creatividad que rompa con un legado imperdurable, el de los clásicos, y producción de obras que generen nuevas reflexiones, a los modos confortables o tranquilizadores ratificados por los clásicos, sobre la percepción analítica y emocional del acto creativo.

El jazz se expresa como una  búsqueda sostenida en el pasado, pero se nutre del factor clásico sin soslayar la independencia del creador. El jazz pervive y se alza ante la incertidumbre actual del valor artístico, carente de modelos, criterio y contraste en el análisis, porque es un mecanismo de creación verosímil. Lo es porque para manifestarse niega, precisamente, el antes y el después y se instala en el presente. Lo es también por ser un lenguaje de progreso que nunca atendió a normas ni academias. Y cómo no, lo es porque esa realidad cambiante e inconformista que representa exige calidad tanto en lo que da como en lo pide, en la creación como en la escucha.

Sus principios han ido evolucionando, a partes iguales, según procesos de interacción colectiva e indagación personal. Se ha nutrido de fenómenos históricos que han edificado su tradición pero, como terreno creativo plural y vital que es, desde siempre ha estado abierto al diálogo idiomático, a los adelantos tecnológicos y a otras culturas. Además, a diferencia de la actitud prepotente y desmemoriada de otros géneros musicales más masivos, el jazz no presume de modernidad radical, sino que sigue desarrollándose sin caer en convencionalismos a través de la exploración que llevan a cabo cada uno de sus músicos.

La problemática planteada en la concepción tonal (entre las épocas sinfónica y romántica), su transición hacia nuevos destinos de inspiración no occidental, y sobre todo la llegada del sistema dodecafónico que representan en la Historia de la Música las obras de compositores contemporáneos como Wagner, Mahler, Scriabin, Debussy, Schönberg o Messiaen debe entenderse como avance en la tradición musical europea y no como una revolución propiciada por mentes trasgresoras. Esta idea de progreso tiene conexiones con el desafío que promulga el jazz. Desafío señalizado por la apertura a un lenguaje contemporáneo propio que se materializa en dos momentos históricos. Separados en su gestación por otras tantas décadas, bebop y free jazz no son movimientos revolucionarios sino actitudes artísticas renovadoras e integradoras a un tiempo (el blues nunca desaparece en su esencia), atribuibles a las carismáticas personalidades de Charlie Parker y Ornette Coleman.

En buena medida, el jazz ha evolucionado desde el fenómeno localista y mestizo que era en sus orígenes (Louis Armstrong, Jelly Roll Morton) hasta la identidad contemporánea y polisémica de la que hoy goza (de Dave Douglas a Louis Sclavis), partiendo de una confrontación de sonoridades africanas y europeas. Pese a las controversias raciales que lastran el discurso creativo (si jazz blanco o negro, inherentes a su historia desde la primera grabación realizada), lo cierto es que pruebas fértiles de esta confrontación son el cool jazz, la tercera corriente y el jazz modal, como sucede a este mismo tema de Oliver Nelson que nos ofrece el título.

Bajo el principio de hacer “avanzar la tradición”, las nuevas direcciones del jazz se desarrollan no sólo desde la construcción de un estilo, la formación académica o el rigor instrumental, también, como al principio, sobre la práctica que lo emancipa y alimenta a diario en un escenario. Música estructurada y libre, ayer como hoy, la regeneración del jazz como lenguaje contemporáneo pasa por el estímulo compartido entre personalidades. Por la creación en el instante. Por individuos en colectividad.
© Cuadernos de Jazz, 2009

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