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22.5.12

TYSHAWN SOREY-Oblique-I

UNA MIRADA OBLICUA DE DOS CIFRAS


Tyshawn Sorey (bat), Loren Stillman (sa), Todd Neufeld (g), John Escreet (p), Chris Tordini (b). Brooklyn, 5 de junio de 2011. Pi Recordings 

Música y matemáticas coexisten con la misma lógica íntima a cómo la Naturaleza se configura según relaciones euclídeas, fractales y físicas debajo de su estructura visible. Desde la Música de las Esferas pitagórica al mundo cosmogónico de Karlheinz Stockhausen, pasando por Bach, la numerología es consubstancial a la construcción de la armonía musical.

Sorey es uno de los bateristas más requeridos del momento en distintos proyectos de la avanzadilla del jazz, como los tríos de los pianistas Kris Davis y John Escreet. En este disco titula cada una de las composiciones como números de dos cifras. Esta cuestión, haciendo uso tanto de herramientas de fijación como de indeterminación compositiva, nos lleva en su caso al mundo de Anthony Braxton (la cuadratura del círculo y a la escritura gráfica que parecen sostener algunas de sus compositions) y algo menos al del último John Cage y sus etéreas piezas numéricas (Ten, Four, Fifty eight). Añade Sorey a esta tradición musical anterior (la serie de Fibonacci) al dodecafonismo de Schönberg y su extensión conceptual en el serialismo un “plano metafísico” basado en “progresiones armónicas verticales” que, como el mismo reconoce a nivel musical, incardina con planteamientos de Steve Coleman.

Pero, ¿cómo se traduce todo este arsenal teórico en una plantilla de jazz que, además, cuenta con un instrumento como la batería? Volviendo al argumento inicial sobre relaciones de Naturaleza (número áureo), habría que asentir que desde un armazón que se flexibiliza pese al peso en literatura hasta alcanzar una plasticidad exigente que no impide exponer una melodiosidad “oblicua”, que brota desde el juego interior de una plantilla alterna cuarteto-quinteto, solos instrumentales y estrategias abiertas de improvisación que persiguen materializar esa harmonía vertical en la que el ritmo sería el primer escalón de un tiempo más complejo e intrincado.





Este quinteto con guitarra y piano comparte una lectura extramusical -o cósmica, vista desde la tradición india- que podría sugerir conexiones con el grupo Invocation de Rez Abbasi. Nada tienen que ver, porque mientras que el guitarrista usa al grupo al completo y el ritmo se exterioriza como argamasa que cohesiona la exposición colectiva, el baterista hace un uso de los tiempos menos evidente en la interacción de conjunto: patrones que si no son más flexibles sí lo parecen. Cabría decir que esa aportación individual, acentuada por solos destacados de un instrumento en cada tema, sería la diferencia mayor que se percibe en un concepto que tiende a un equilibrio sin imperativo.

Aunque todo equilibrio necesita de una estructura, una forma. El título nos da pistas sobre cómo es: oblicua. Es por ello que en al menos dos temas identifiquemos el discurso elusivo sobre un centro temático típico, por su omisión, en Tim Berne -con quien justo en estos momentos Sorey colabora- tanto en Thirty-five como Fifteen, donde se consigue una apertura de espacios en disposición etérea e intervenciones cromáticas que le distingue del resto. El altoísta Loren Stillman (que frecuenta contextos de música contemporánea con Russ Lossing) es uno de los principales actores en el disco, en primer plano y sin acompañamiento en Eighteen, tema de clara filiación dodecafónica académica y tratamientos de contrastes entre registros, cambios en acentos melódicos e inflexiones más apaciguadas en su intensidad por su sereno perfil tímbrico, que lo aleja, aunque mantenga vínculos expresivos, de una interpretación de shakuhachi o una pieza de Stockhausen para este instrumento.

El mérito de un edificio que exhala tensión y lenguaje jazzístico, es decir, dentro de un margen de intervención que no se expresa desde la frialdad entre líneas sino desde la compenetración de espacios con cierta implicación mingusiana, es una de las claves que vemos también en Forty, en la que el piano de Escreet (plataforma para ese apuntalamiento oblicuo) compagina pulsación atonal con suavidad melódica. En Seventeen es el turno de la guitarra acústica la que modula un discurso alambicado y enervante (Ducret con alientos vocales) que queda arropado por un tratamiento grupal descriptivo.


Equilibrio y contraste, concepto y argumento, esfuerzos por convencer (como en Not/That) con palabras (las de Sorey, las de Stockhausen o éstas). Afortunadamente la música, como la Naturaleza, lo consigue por sí misma.




10.5.12

15º FESTIVAL DE JAZZ DE LA UNIVERSIDAD DE SEVILLA-DAVE DOUGLAS Keystone Sextet





Blanco 
y negro animado



DAVE DOUGLAS 

Keystone Sextet                                     

La 15 edición del Festival de Jazz de la Universidad de Sevilla (una de las dos ofertas públicas que quedan en esta ciudad con el jazz para poco más de 8 conciertos al año) se celebrará durante los días 16 al 19 de mayo y tendrá como protagonistas a la Andalucía Big Band, Yellowjackets, el histórico saxofonista de la Blue Note Lou Donalson (que ya estuvo en el desaparecido ciclo Rising Stars en 2003) y como cierre Dave Douglas Keystone Sextet. Se da la circunstancia que el trompetista vuelve a Sevilla con el mismo grupo que lo hizo la última vez en 2005.


Moonshine (Greenleaf Music) fue entrega, esta vez en directo y completada luego ampliamente en 3 ces sobre en Spark of Being, de uno de los proyectos más duraderos y agradecidos por público y crítica del músico. Fue considerado uno de los mejores discos de 2008. Keystone era el nombre de una cinematográfica de los Ángeles dedicada al cine mudo cuya producción, comprendida  entre 1913 y 1916, tenía a Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle de estrella. Con este espectáculo (Keystone, Greenleaf Music 2005, con DVD) Douglas recuperaba a ese histrión del cine mudo definiendo un trabajo audiovisual animado e irreverente de jazz-funk y aparataje eléctrico de conexiones sicodélicas.

           Foto: Pepe Torres

Habría que remontarse a principios de los noventa, en un lugar como la Knitting Factory, para encontrar el germen creativo que unió a los jazzmen del downtown neoyorquino al cine mudo. Dave Douglas, de hecho, participó activamente en este enfoque junto al contrabajista Mark Dresser y al pianista Denman Maroney en la película El Gabinete del Dr. Caligari (Knitting Factoryworks, 1994), otro título mítico del expresionismo alemán. Pero ese era un proyecto de Dresser. En cambio, el discurso juguetón, irónico, animado y virtuoso de Douglas encuentra en el cine cómico surrealista de Roscoe Arbuckle un plano más ajustado a su carácter (y al de su trompeta). Como cualquier otra banda sonora, la partitura de Douglas tiene su tema central sobre el que van girando, en distintos bloques, variaciones del mismo inspiradas en la acción de la pantalla. Desde el punto de vista musical, el disco de estudio del 2005 desmerece un espectáculo audiovisual concebido en directo para acompañar, improvisando también, a las imágenes, como en los albores del cine lo hacía un piano situado a pie de pantalla. 
                                                                                                 
Es importante señalar que el tratamiento sonoro que hace de las imágenes no es narrativo, es decir, la música no sigue la acción de forma literal, salvo muy contadas y sutiles excepciones de sincronización sonoro/visual (beso de la sombra de ‘Fatty’ a la novia dormida, arco del contrabajo mientras se inunda la habitación donde flotan las camas, tormenta con rayos y faro al fondo, en la boda, casa a la deriva, son algunos de los mejores momentos de compenetración audiovisual), sino que su función es descriptiva. Segundo punto llamativo, la paleta instrumental. La compleja amalgama de fuentes que incluye el sexteto (acústica, eléctrica, percusiva y paisajística) no hace que éste pierda en ningún momento un empaste homogéneo y espontáneo. 


Dj Olive desarrollaba un puesto destacado en la construcción sonora en vivo y en su lugar estará Geoff Countryman. Este trabajo electrónico sirve para introducir elementos figurativos y sonidos concretos a la acción (muecas, puertas, balbuceos, estornudos). Es un traductor que también pervierte la realidad de los fotogramas creando alfombras borrosas con el arrastre de un scracht lento. Los dúos entre platos y trompeta inciden en el tono juguetón y humorado del actor cómico. El Fender Rhodes de Jaime Saft, que ha dado paso al de Adam Benjamín (Kneebody), introduce un colchón burbujeante, planos de ambientación y melodía sicodélica. La batería de Gene Lake empuja con un groove variado y potente que se acelera (drum & bass). Los saxos de Marcus Strickland, como la trompeta, perfilan la acción como actores principales. El bajo de Brad Jones sostiene un pulso funky y melódico a la vez.  La música no está al servicio de las imágenes, pero tampoco se desvincula de ellas (intensidades crecientes en la tormenta, en las escaramuzas de ‘Fatty’ con el perro, que era suyo en realidad, y en las estrambóticas peleas). 

El contraste entre el color musical y el blanco y negro, entre escenarios rurales y el sonido cimbreante del Fender, imprime singularidad a esta lectura estimulante y marciana.


19 de mayo Teatro Alameda de Sevilla

DAVE DOUGLAS KEYSTONE SEXTET

DAVE DOUGLAS, trompeta;
MARCUS STRICKLAND, saxo tenor;
ADAM BENJAMIN, teclado;
BRAD JONES, bajo;
GENE LAKE, batería;
GEOFF COUNTRYMAN, electrónica.




7.5.12

OPINION- Dioses y Monstruos


Dioses y monstruos


Por Jesús Gonzalo
El destino depara paradojas como la muerte del cineasta griego Theo Angelopulos, atropellado por una motocicleta conducida por un policía mientras rodaba exteriores para su nueva película, dedicada a la crisis de su país. Tenía que titularse El otro mar esta inacabada alegoría sobre el Mediterráneo, cuna y espejo de civilizaciones que desde la Mitología nos ofrece escenarios para lo grotesco y lo sublime. Como la actualidad.

“Cuando era un muchacho, Heracles (Hércules para los romanos) se interesaba más por la lucha que por la lectura, la escritura o la música. También prefería la carne asada y el pan de cebada a los pasteles de miel o de frutas. Pronto se convirtió en el mejor arquero, mejor luchador y boxeador que existía. Cuando Lino, su profesor de música, le pegó por no prestar atención a las escalas, Heracles le golpeó con una lira hasta matarlo…” (1)

Recientemente hemos asistido a dos significativas y desatinadas declaraciones que nos competen. La primera de ellas, también en el tiempo, pertenece al director de un histórico festival vasco y hace alusión a sus impresiones sobre el Día Internacional del Jazz concedido por la UNESCO y a cómo entiende él la cuota que destina en su programación al jazz hispano: mejor no entremos aquí en distinguir si su responsabilidad termina donde su terruño, porque si así fuera no debería haber sido invitado al ente público nacional. El otro, al ser también ministro de una cartera como la de Deporte, digamos, su poder cabría tildarlo de “olímpico”.

Tras escuchar los desnortados y frívolos argumentos de ambos, se comprueba que en su fuero particular eso del grado de crispación social ni lo entienden ni lo sufren, por eso operan como bomberos que arrojan gasolina en vez de agua. Pero esta situación de impotencia e indefensión, que cada día nos impide más pensar con claridad para llevarnos a la indigestión mental permanente y la trinchera particular e insolidaria, no debe hacernos caer en los terrenos de lo “grotesco” adonde nos predestinan reflexiones tan inconsistentes y frívolas como las suyas. Para darnos cuenta de un error que se acumula sin fin y que tanto en el encuentro del Jazzahead de Bremen como en el pasado día 30 se evidencia,  existen ejemplos depurativos que nos abren un puente hacia la esperanza o quizá lo “sublime” en la experiencia vivida en Faro en esas citas internacionales con el jazz sin España. Después de estudiar con detenimiento la situación y ver cómo nuestro vecino asume esta oferta cultural para crear un pequeño oasis ibérico, primero les señalamos con hechos (mientras los portugueses siguen intervenidos) y luego, como colectivo implicado, tomamos buena nota de lo que otros han conseguido con esfuerzo y perseverancia.

Habría que preguntarle al señor ministro si le parece bien la historia de Heracles, tan extendida entre nuestra juventud escolar y universitaria como, de manera más figurada, en los despachos ministeriales, autonómicos y locales; o preferiría quizá, como ministro también de la cartera de Educación y Cultura, construir una sociedad con un tipo de héroes menos “monstruosos”. Los músicos, entienda que son más que los que a usted le gustan -que no precisan de ayudas, ni siquiera mediáticas-, hace tiempo que son héroes, superando todas las pruebas que los “dioses” -reales como un Conservatorio, una Hacienda o los mismos programadores, ficticios como los mercados- les pongan en el camino. Aquí, señor ministro, “no es que llueve igual para todos y deberían cobrar menos”, es que no han dejado de caer chuzos entre la comunidad de músicos y sobre todo dentro de las especializaciones que tienen que ver con el jazz. Aquí no es que haya que bajar los sueldos, es que no los hay. Usted y bastantes programadores, que sí los tienen, se esfuerzan sin éxito en escoger las palabras para empatizar con los músicos e incluso se permite el lujo de hablar metafóricamente en términos musicales sobre si su gobierno “tendría que estar ya afinadito”. Al margen de estas impagables golosinas, deberían saber que tocamos de oído y si frivolizan con los tiempos le recordamos el compás. Este tipo de declaraciones, cuando hablan del advenimiento de más “lluvia” y “pico y pala”, no sólo les aleja de la sociedad, por si no tuvieran ya bastante, sino que ponen de manifiesto que son seres caprichosos y privilegiados.

Les pedimos a todos los que disponen de financiación pública por pequeña que sea hoy, primero, el respeto que nos han perdido y, luego, que no frivolicen con nuestro esfuerzo, nuestras capacidades ni la realidad que nos toca vivir: nosotros somos agentes productivos que hacen posible su actividad, ustedes sólo distribuyen recursos con una discrecionalidad que hoy más que nunca está en el punto de mira. Si no quieren acabar como el Cíclope, abran bien los dos ojos. Los griegos de entonces sabían que los dioses del Olimpo podían ser seres monstruosos que manejaban sus vidas a su antojo. Pero hoy no les tememos, no son mitológicos, son, mientras no demuestren lo contrario, simplemente incompetentes.

(1) Robert Graves: Dioses y héroes de la antigua Grecia

Cuadernos de jazz, 7-14 de mayo de 2012

5.5.12

DÍA INTERNACIONAL DEL JAZZ -Faro (Portugal)

Al SUR del JAZZ


En el cuento de Borges del mismo nombre, el Sur representa aquél lugar improbable en el que los sucesos surgen como apariciones, allá, en un punto, confluyen todas tus vidas pasadas... Donde termina la costa occidental andaluza, cruzas un puente y empieza la portuguesa

Sevilla y Faro, dos tierras hermanadas por el jazz, “ese símbolo de unión y de paz” según la UNESCO. La grandeza de la música, de los músicos y de los aficionados tenía como pretexto ese día para ser invocada. No pudo ser en España, sí en Portugal. Generosidad, trabajo, emoción, entrega, calor. Los milagros suceden. En el Sur. 










Hace ahora justo un año denunciábamos el accidentado debut que había sufrido la Andalucía Big Band (ABB). Lamentábamos entonces el trato recibido (satisfactoriamente subsanado después por la Universidad de Sevilla) al mismo tiempo que alertábamos de un futuro incierto, más si cabe con ese nombre... El Sur es injusto y a nadie que lo habita parece sorprender que lo sea, ni siquiera al personaje de Borges, que asume su destino sin resistencia. Sí, por estos lares se promueven encuentros con el flamenco que hace ya muchos años que dejaron de dar sus frutos (si alguna vez  los dieron en esta tierra) y ahora, con otros más caros aún en palcos clásicos, sirven de excusa floral y por un día... Han tenido que ser nuestros vecinos portugueses (Andalucía es del tamaño de Portugal, comparemos), comandados por ese hombre lúcido y cabal que es Zé Eduardo, para que desde el sentido común, la humildad, la generosidad y (cuidado) la profesionalidad hayan salvado este día más proclive a la denuncia y la crispación que a la fiesta.

Pero al salir del concierto me prometí que no pasaría lista después de lo que en tan sólo un año y con su único esfuerzo ha conseguido la ABB. Me dije que no ajustaría cuentas con la indiferencia, la mezquindad y la miseria sevillanas habituales, y eso haré. Y la razón de que no lo haga no es otra que lo vivido esa noche de lunes en ese estupendo Teatro das Figuras de Faro, con lleno absoluto de 800 aficionados (algunos se quedaron en la puerta) de toda condición y edad. Aquello fue una fiesta, con tarta conmemorativa incluida. Por las emociones que allí se vivieron, por la verdad de un trabajo hecho a conciencia, fruto de una dedicación desinteresada (“esto es amor”, así lo definió Zé Eduardo después) que vence al conformismo, la pasividad y la adversidad: debemos tomar nota aquí, que cuando no está cada uno a lo suyo hay otras razones más primarias. Por esas sensaciones tan positivas y vitales, por todas ellas, hoy no toca quejarse: toca celebrarlo. 


 Zé Eduardo

 El maestro de ceremonias

Un cuarteto de saxos desciende, dos a dos, hacia el escenario desde el patio de butacas entonando una intrincada polifonía. La acústica de la sala, pienso, es excelente. Con esa toma de contacto se presenta la banda. Zé Eduardo cruza hasta el centro de la platea para dirigirse al público. Sonriente, tranquilo, seguro de sí, con su contrabajo y las partituras bajo el brazo. Si él ha sido el cerebro de este día inolvidable, sus brazos y sus piernas han sido la amable y concienzuda gente de la asociación Gremio das Musicas,  colectivo que realiza desde 2001 actividades de autogestión con ciertos apoyos públicos (el ayuntamiento cedió el espacio) y que ha sido el encargado de producir este evento con rotundo éxito. El altavoz de Zé Eduardo ha sido la ABB, formada por músicos sevillanos que se han currado este exigente repertorio en un solo y maratoniano día de ensayo: “Eso se lo dices tú a cualquiera y se niega, han hecho un gran trabajo”, me  contaba Mario Laginha después del concierto y justo antes de cortar la tarta. Hubo invitados de distinta condición y estilos que apoyaron esta iniciativa con su presencia, todos ellos, como Laginha, nombres conocidos e incluso famosos dentro y fuera del jazz luso, como María Joâo.

Primeras palabras: “Al final parece que somos muchos a los que nos gusta el jazz.” Este pensamiento se funde con los mensajes sobreimpresionados en la pantalla en inglés y portugués, todos ellos argumentos esgrimidos por la UNESCO para la concesión de este día. ¿Y cómo es que se ha fijado en una banda tan joven como la sevillana? “Es muy sencillo, en Portugal nos han subido los peajes de las autopistas y es más fácil traer a una banda desde Sevilla que desde Lisboa”… Sabemos que por la zona del Algarve no abundan los metales jazzeros… ¿hablas en serio? “No, hombre, pero con lo que se avecina habrá que tenerlo muy en cuenta... Conozco bien el jazz en España, sobre todo el de Barcelona, donde viví algún tiempo. El de Sevilla por Manuel Calleja y Jimmy Castro. Mi contacto con la ABB se hizo a través de Javier Ortí, saxofonista y profesor del Conservatorio de Sevilla, con quien he tocado en varias ocasiones, aquí y allí, y la cosa fue cada vez más fluida”.





















                    Javier Ortí                                                                                    Javier Delgado

Zé Eduardo, valedor de esta jornada y por cuyo reconocimiento ante el poder político local, los medios y la ciudadanía ha podido dirigir esto, planteó un repertorio que daba cabida a composiciones y arreglos propios y de los músicos invitados, más dos standards. Para ello fue colocando cuidadosamente la presencia de los solistas, dejando para sí un mayor espacio en la primera parte del concierto. Tras lo visto/oído, podemos decir que la ABB fue puesta a prueba a todos los niveles, desde la ejecución solista a la de secciones, desde la refinación tímbrica cercana al mundo clásico a la cohesión y tensión de conjunto, de su empaste colectivo a su maleabilidad grupal. Este trabajo realizado por el director resulta valioso para la madurez y desarrollo de esta banda, y hay que seguir incentivándolo con invitados de relieve.

En estos primeros temas compagina la dirección con el contrabajo. Para poder desarrollar un solo de trabada digitación melódica se apoya en ese instrumento doblado por un músico tan sólido e intuitivo, pieza angular de una escena como la sevillana liderada por contrabajistas, como Javier Delgado. Las composiciones del músico portugués están hechas de instantáneas, de momentos compartimentados entre polifonía sin apoyo rítmico y la convergencia entre la diferenciación de figuras melódicas o rítmicas. Veríamos también cómo algunas frases quedaban situadas en los bordes tonales (en la segunda parte del concierto lo veríamos en la flauta y el soprano) y con contrastes en espacios a cuatro voces  (E o horto aquí tao hirto), luego ampliadas a otras secciones que se abren a un break free (en How Deep Is the Ocean) concentrado en la base rítmica. El sonido parecía estar inspirado una vez por una banda italiana (en los más fragmentarios) y en otros más melódicos y espaciados  (sus solos) a Charlie Haden.
                     
Paulo Gomes y Fátima Serro incrementan el sentir optimista y desenfadado en un tema que recuerda a Metheny en unas líneas de tonos pastel que van  y vienen (Fim da viagem) en oleadas de suave melancolía atlántica. El contraste llega con ese requiebro escrito que es Pain  in the Butt, en el que la distribución instrumental viene dada por un falso quinteto que se compagina con la big band y los invitados solistas. Aquí hay una mayor tensión entre las secciones pues se persigue ese difícil equilibrio instrumental. Javier Ortí, en un espléndido y encendido solo al tenor que entraba y salía del hard bop al free, dio paso a la bizarría figurada de Todd Sheldrick, afinado y sutil con la trompa y excéntrico con las conchas y otros artilugios de viento.

Entre fado y rap, ella 

La segunda parte fue completamente distinta. El concierto tomó otros derroteros basándose más en la trascendencia y puesta a punto de la música tradicional portuguesa, entre dosis de depuración tímbrica  y consonancia rítmica que llegaron a unir a dúo voz en scat y batería, la del incólume Nacho Megina. Parecía, eso lo supimos al final, como si todas las energías, el tono de la banda, la perspicacia en la dirección fuera creciendo hasta llegar a las complejas y exuberantes composiciones de Mario Laginha (“no entiendo a esta música sin emoción, no me vale sólo el intelecto”) y la interpretación vocal (que es algo más que cantar) de Maria Joâo.


Joâo Frade y Vivianne

El acordeón es un instrumento de respiración amplia y sensitiva por su raigambre popular. Llegó tarde y aun casi ni ensaya, pero Joâo Frade se plantó ahí frente a una big band e hizo sonar el fuelle con ese sabor salado y húmedo portuario que tiene el fado. Y le acompañó la voz y la presencia femenina de este estilo, componiendo en su figura una rara y seductora simetría, distante y atractiva a la vez, que queda matizada por la calidez de la voz, una clara y casi transparente tez, unos labios pintados de rojo y un pelo negro que cae suavemente sobre la frente redondeando así la cabeza. Cançao do mar, una melodía cuyo recuerdo no sé si le pertenece a Teresa Salgeiro-Madre Deus o a Dulce Pontes, encandiló a un público sabedor de sus esencias populares, que por momentos Frade llevo hacia terrenos más misteriosos. Gustó de ver a la banda arropando a un instrumento así. Viviane puso letra en francés a Autumn Leaves; en realidad los franceses no se andan por las ramas de la poesía de primeros auxilios, y mira que les gusta, para titularla Les feuilles mortes, en la que el acordeón estuvo matizado, como extendiendo sus líneas por la sección de trombones. En ese espacio surgió un medido e inquisitivo solo, deslizándose por los atajos de la melodía, del altoísta Chema Espinosa. Entre ambos arrancan los aplausos de un público agradecido por la interpretación de dos temas que le son familiares, aunque vestidos con otros ropajes, entre un fado sin guitarra y la musette francesa.

Y luego llega ella, con Laginha paseándose por las partituras con su piano, y todo adopta otro color y unos modos más desenvueltos y expresivos. Es como si antes el esquema se hubiera resuelto por encaje a medida; ahora no, la compleja urdimbre escrita por el pianista,  aupada por su labor con ese instrumento, recorre pasajes melódicos que se van hilando de manera grácil con la complicidad y tacto de Zé Eduardo. Son los momentos en los que el preciosismo y la evocación se trasmiten entre secciones, como en esos cultivos estratificados, sin que dejen huella en sus desplazamientos. Las manos del director matizan cada aliento pero sobre todo en estos temas lo eleva en el momento justo hasta alcanzar una intensidad que sobrecoge a la audiencia. Hay algo en la música de Laginha que tiene reminiscencias del impresionismo francés y su uso cromático, también de cierto bucolismo británico en unas melodías plácidas que gozan de dinamismo, que gustan de la seducción y del refinamiento. El trenzado discurso por el que pasean las teclas del piano nos descubre a una orquesta nueva, asentada y sensitiva, aunque, eso sí, la exigencia hace que la sección de trompetas se resienta.



Ella. Niña de la selva, de esa selva con plantas exóticas que lleva impresas en los estampados de su blusa. Y ese pelo salvaje que acaba de ser domesticado alrededor de una tela de seda, de seda india me dice… Niña de ciudad, de arrabal, con esa voz gutural cayendo en las profundidades para acentuar el contraste con los sobreagudos. ¿Canta o narra?, narra y canta. ¿Ruiseñor o vendedor de mercado de feria? Capricho. Grita, susurra, gesticula abriendo los brazos hacia arriba. ¿Vuela? No, pero hace volar. Ella es Maria Joâo.

Re-cortes antes de la tarta

¿Has visto qué público? “Sí, ¿verdad?, esto acredita el potencial que tiene esta música. Lo ideal sería que no fuera necesario dedicar un día internacional al jazz, porque indica que está en peligro, que se está aislando en la sociedad”, nos dice Laginha. Entonces, ya que tenemos esa oportunidad, habría que aprovecharla, no como ha pasado en España. “Entiendo, responde Zé Eduardo, nosotros los portugueses hemos vivido un poco aislados de vosotros, mirando a otros sitios como referencia (Francia e Inglaterra) y no sabemos muy bien qué pasa. Sé que hay muy buenos músicos porque les conozco, incluso invité a Perico Sambeat hoy y al final no ha podido venir, pero no sé exactamente qué es lo que no funciona, aunque soy consciente de que estamos mejor en Portugal”. Y eso que estáis intervenidos… Te cuento, en España el jazz vive en un páramo formativo, público, empresarial y mediático. Lo que han hecho los portugueses por nosotros no hemos sido capaces de hacerlo por nosotros mismos, me digo.

Mario Laguinha continúa. “A mi llena de alegría ver a este público que ha venido. Hace falta más difusión en los medios, más concienciación política, que vean lo que en 20 años se ha conseguido hacer con el jazz en Portugal….” Aunque humilde, alrededor del jazz se ha construido una pequeña industria con difusión internacional que también es fuente de turismo cultural. “Y estamos sin Ministro de Cultura, pertenece a una Secretaría de Estado”. Pero, entonces, ¿no han caído festivales? “Sí, uno por aquí al sur, apunta Zé Eduardo (¿sólo uno?). Los importantes siguen, es como si respetaran este ámbito de la cultura, aunque no la conozcan. En cierto modo sí, parece que hay una mayor sensibilización que en España, pero las subvenciones están pendientes de un hilo”, subraya el hoy director de la AAB. 


“Mira, si todo gira hacia la derecha, yo les diría a nuestros políticos: ‘sentíos orgullosos de esto y no lo fastidiéis’. Laginha (en la foto al piano) sonríe con malicia al apelar al patriotismo a través de la palabra orgullo… “Cuando empecé (allá a mediados de los 80) me decía todo el mundo que éramos los mejores, y yo les decía, somos los mejores y los peores porque no hay nadie más. Ahora hay muchos y muy buenos músicos portugueses”... “Eso se debe en gran medida a que hay 4 escuelas superiores de música, y muchas, no por casualidad, están llenas de españoles que prefieren venir aquí que ir a Barcelona o Alemania”, añade Zé Eduardo. Sin olvidar un sello discográfico de gran prestigio internacional (Clean Feed) nacido de la nada (aunque coinciden en que está cayendo en posturas especulativas que no benefician a nadie) y que contáis con unos cuantos festivales (con programadores como dios manda) que no bajan el listón de la calidad sin haber necesitado jamás depender de un gran presupuesto. Es decir, habéis creado una afición exigente y con criterio. “Se ha trabajado muy duro, partiendo de cero. Hoy mismo todo lo que has visto es fruto del trabajo de los músicos, sin ellos nada sería posible. Y seguimos necesitando ayuda.” Sentencia el anfitrión. 

Infançia


“Estamos llegando al final. Pero no me gusta hablar sobre algo que se acaba, y menos en un día como hoy. Gracias a todos los que habéis venido, a todos los músicos invitados, a esta orquesta y a la organización del Gremio das Músicas, que no me dejan de sorprender. Hoy podemos decir que el jazz no está muerto. Y si no está muerto es porque tiene futuro, y su futuro es éste…” En ese momento entran en el escenario 4 niños de distintas edades, el que lleva la guitarra eléctrica apenas puede con ella, el pianista no llega a los pedales ni de lejos, al batería ni se le ve…Salen todos los músicos incluida la ABB y les acompañan.

El jazz rompe fronteras entre los pueblos”, se puede leer en un mensaje de la UNESCO en la pantalla. 


Fotos: Carlos Pinto

Faro

Nueva Orleans

Río de Janeiro

Nueva York


4.5.12

JENNY SCHEINMAN- Mischief and Mayhem


LA EXTRAVAGANCIA EN EL PAISAJE 













JENNY SCHEINMAN

Explicarse a través del paisaje no es difícil para alguien que se nació y crió frente al Pacífico, en una zona rural al norte de San Francisco. Algo parecido, pero con otras estampas de su raíz alimentada con su traslado a Brooklyn en 1999, se aprecian cuando se escuchan, uno tras otro, cualquiera de sus discos. No deja de maravillar la frescura y el buen gusto con el que sintetiza tantas músicas distintas dotándolas de un sentido bucólico teñido también de cierto misterio impenetrable. La suya es una carrera que pudiera parecer extravagante si tenemos en cuenta que se ha desarrollado en un mundo como el del jazz propenso al sesgo masculino, aunque ha tenido la suerte de cruzarse en el camino con mentes tan poco “ortodoxas” y polifacéticas como las de Bill Frisell, Nels Cline, Jason Moran o Ben Allison, y también de nombres femeninos entre cantantes jazz-pop, ella misma lo ejerce el disco homónimo Jenny Scheinman (Koch 2008), como Norah Jones y Madeleine Peyroux o instrumentistas de la talla de Myra Melford y Allison Miller dentro del grupo creado en 2010 Boom Tic Boom.

Tras la huella dejada por Mark Feldman durante la última década del s.XX, aunque con un menor peso académico que él, el  talento de Jenny Scheinman se distingue en todo este tiempo del de otras violinistas como Regina Carter y Carla Kihlstedt en otras razones por su particular dominio de un terreno plural que se ha desarrollado junto a la guitarra eléctrica, en concreto la de Bill Frisell, una de las colaboraciones más fructíferas y definitorias dentro de un formato polivalente de cámara (con trompeta, la de su compañero en los grupos de Frisell Ron Miles) y base rítmica (bajo, batería y/o guitarra, piano).

Este formato, enmarcado por su ascendencia judía en su primera producción para el sello de John Zorn The Rabbi`s Lover (Tzadik, 2002), supondría un primer esquema y una expresión más adusta que no tiene la respiración lírica de trabajos posteriores, donde se multiplica la presencia de las cuerdas y las raíces judías se disuelven entre la modernidad folk-blues de Bill Frisell y sus derivaciones country más apreciables en Nashville (1997) y luego por extensión del blues africano y la guitarra malí en el también proyecto del guitarrista The intercontinentials (2003). Justo  cuando se realiza ese disco se produce la primera toma de contacto entre Scheinman y Frisell, antes de que el guitarrista ideara un cuarteto de cuerdas en el que su guitarra estaría respaldada por un de trío de violín (el suyo), viola (Eyvind Kang) y chelo (Hank Roberts), que serviría de plataforma de cámara para 858 Richter (2005, sobre los cuadros del artista alemán) y posteriores formatos más nutridos e híbridos como Uspeakable (2004) o History, Mistery (2008). 



Jenny Scheinman (vl), Nels Cline (g-loops), Todd Sickafoose (b), Jim Black (bat)

Autoproducido y publicado el pasado mes de marzo, Mischief and Mayhem se gestó al mismo tiempo que la violinista traía al mundo a su primer hijo. Fue fruto de un amor tan efímero y fértil como escénico, el del Greenwich Village. Pero germinó en su vuelta en 2011 para dar a luz a lo que sería después este disco que, como inercia del proceso de gestación, ha editado ella misma.  Básicamente, tras una fecunda mutua alianza con Bill Frisell y ahora presente Jim Black, pasar de un planteamiento de modernidad folk-blues (donde cabían las tradiciones cercanas al mundo irlandés, a Nasville y también a Mali) a otro enfoque más simplificado en donde caben el trazo paisajístico del que tanto gusta con otros más efusivos y de tonos rojizos. Esto, que en sí supone reducir el espectro, describe el tratamiento de su propio violín. Al margen de la tendencia del sonido hacia el folk-rock surge una pregunta que, volviendo a la génesis del proyecto, se percibe conforme a la laboriosidad  empleada para estructurar un mensaje que siempre en Scheinman se ha preocupado por concitar estilos diversos, reuniendo para ello un formato instrumental rico en contrastes de color. 


Jenny Sheinman, Todd Sickafoose, Nels Cline, Jim Black

Esos andamios formales y una muy cuidada distribución espacial en los solos posibilitaban trabajos tan exuberantes y abiertos al folklores como Shalagaster (Tzadik, 2004) 12 Songs (Cryptogramophone, 2006), en donde podíamos encontrar trompeta, guitarra, violín, clarinete, bajo, batería, acordeón o piano. Ya en el más reciente Crossing the field (2008) se hacía evidente ese matiz figurativo con esquemas rítmicos de animación y otros espacios de respiración climática en un contexto más comprimido, motivos que, de algún modo, ya habíamos asimilado en trabajos de Frisell como Have a Little Faith, Nashville o Quartet y que el guitarrista reformulaba con la ayuda de su violín en el trabajo referencial del autor del último decenio History, Mistery (2008). Aquí esa estela que ya veíamos en su debut  The Rabbie`s Lover vendría representada por A Ride with Polly Jean y July Tenh in Three Four.

Por mímesis eléctrica en el formato, con Nels Cline no cambia tanto el planteamiento construido sobre una base de directo (la impulsa) ni tampoco acaba absorbiendo al violín. Articula su labor desde los parámetros que ejercía Frisell de figuración ambiental (loops) y melódica (usando, eso sí, sonidos no atribuibles a su instrumento), pero añade el de acompañamiento rítmico mientras sus pedales de distorsión dotan una presencia más expresionista. The Mite es la consecuencia de la colaboración que mantuvo Scheinman con el grupo de Ben Allison, clave en la mutación de este sonido y puente para llegar hasta Cline. La amplificación del violín es otro factor impuesto por esta plantilla, de ahí que el cariz melódico adopte un perfil menos suave y más afilado. En cuanto a los lugares comunes entorno a Frisell estaría Ali Farka Touché , allá donde era Boubacar Traoré el vínculo con Mali.

 Devil`s ink sugiere un interesante punto de encuentro intermedio cercano al imaginero solista de Cline y sus construcciones en velos polucionados de los que surge un tema –se diría de inspiración india- de fuerte ornamentación melódico-rítmica y de tensión jazzística. The audit aporta elementos en contraste en tiempos lentos y desde una refinación en el violín en la que interviene tanto la respiración clásica (antigua) como el bluegrass según Frisell. El contrabajo de Todd Sickafoose sirve de quilla acústica, pero es Jim Black, si cabe, quien ejerce de motor de empuje y escape en este trabajo elocuente, directo y conciso que deja abierto su potencial en escena.