Al SUR del JAZZ
En el cuento de Borges del mismo nombre, el Sur representa aquél lugar improbable en el que los sucesos surgen como apariciones, allá, en un punto, confluyen todas tus vidas pasadas... Donde termina la costa occidental andaluza, cruzas un puente y empieza la portuguesa.
Sevilla y Faro, dos tierras hermanadas por el jazz, “ese símbolo de unión y de paz” según la UNESCO. La grandeza de la música, de los músicos y de los aficionados tenía como pretexto ese día para ser invocada. No pudo ser en España, sí en Portugal. Generosidad, trabajo, emoción, entrega, calor. Los milagros suceden. En el Sur.
Hace ahora justo un año denunciábamos el accidentado debut que había sufrido la Andalucía Big Band (ABB). Lamentábamos entonces el trato recibido (satisfactoriamente subsanado después por la Universidad de Sevilla) al mismo tiempo que alertábamos de un futuro incierto, más si cabe con ese nombre... El Sur es injusto y a nadie que lo habita parece sorprender que lo sea, ni siquiera al personaje de Borges, que asume su destino sin resistencia. Sí, por estos lares se promueven encuentros con el flamenco que hace ya muchos años que dejaron de dar sus frutos (si alguna vez los dieron en esta tierra) y ahora, con otros más caros aún en palcos clásicos, sirven de excusa floral y por un día... Han tenido que ser nuestros vecinos portugueses (Andalucía es del tamaño de Portugal, comparemos), comandados por ese hombre lúcido y cabal que es Zé Eduardo, para que desde el sentido común, la humildad, la generosidad y (cuidado) la profesionalidad hayan salvado este día más proclive a la denuncia y la crispación que a la fiesta.
Pero al salir del concierto me prometí que no pasaría lista después de lo que en tan sólo un año y con su único esfuerzo ha conseguido la ABB. Me dije que no ajustaría cuentas con la indiferencia, la mezquindad y la miseria sevillanas habituales, y eso haré. Y la razón de que no lo haga no es otra que lo vivido esa noche de lunes en ese estupendo Teatro das Figuras de Faro, con lleno absoluto de 800 aficionados (algunos se quedaron en la puerta) de toda condición y edad. Aquello fue una fiesta, con tarta conmemorativa incluida. Por las emociones que allí se vivieron, por la verdad de un trabajo hecho a conciencia, fruto de una dedicación desinteresada (“esto es amor”, así lo definió Zé Eduardo después) que vence al conformismo, la pasividad y la adversidad: debemos tomar nota aquí, que cuando no está cada uno a lo suyo hay otras razones más primarias. Por esas sensaciones tan positivas y vitales, por todas ellas, hoy no toca quejarse: toca celebrarlo.
Zé Eduardo
El maestro de ceremonias
Un cuarteto de saxos desciende, dos a dos, hacia el escenario desde el patio de butacas entonando una intrincada polifonía. La acústica de la sala, pienso, es excelente. Con esa toma de contacto se presenta la banda. Zé Eduardo cruza hasta el centro de la platea para dirigirse al público. Sonriente, tranquilo, seguro de sí, con su contrabajo y las partituras bajo el brazo. Si él ha sido el cerebro de este día inolvidable, sus brazos y sus piernas han sido la amable y concienzuda gente de la asociación Gremio das Musicas, colectivo que realiza desde 2001 actividades de autogestión con ciertos apoyos públicos (el ayuntamiento cedió el espacio) y que ha sido el encargado de producir este evento con rotundo éxito. El altavoz de Zé Eduardo ha sido la ABB, formada por músicos sevillanos que se han currado este exigente repertorio en un solo y maratoniano día de ensayo: “Eso se lo dices tú a cualquiera y se niega, han hecho un gran trabajo”, me contaba Mario Laginha después del concierto y justo antes de cortar la tarta. Hubo invitados de distinta condición y estilos que apoyaron esta iniciativa con su presencia, todos ellos, como Laginha, nombres conocidos e incluso famosos dentro y fuera del jazz luso, como María Joâo.
Primeras palabras: “Al final parece que somos muchos a los que nos gusta el jazz.” Este pensamiento se funde con los mensajes sobreimpresionados en la pantalla en inglés y portugués, todos ellos argumentos esgrimidos por la UNESCO para la concesión de este día. ¿Y cómo es que se ha fijado en una banda tan joven como la sevillana? “Es muy sencillo, en Portugal nos han subido los peajes de las autopistas y es más fácil traer a una banda desde Sevilla que desde Lisboa”… Sabemos que por la zona del Algarve no abundan los metales jazzeros… ¿hablas en serio? “No, hombre, pero con lo que se avecina habrá que tenerlo muy en cuenta... Conozco bien el jazz en España, sobre todo el de Barcelona, donde viví algún tiempo. El de Sevilla por Manuel Calleja y Jimmy Castro. Mi contacto con la ABB se hizo a través de Javier Ortí, saxofonista y profesor del Conservatorio de Sevilla, con quien he tocado en varias ocasiones, aquí y allí, y la cosa fue cada vez más fluida”.
Javier Ortí Javier Delgado
Zé Eduardo, valedor de esta jornada y por cuyo reconocimiento ante el poder político local, los medios y la ciudadanía ha podido dirigir esto, planteó un repertorio que daba cabida a composiciones y arreglos propios y de los músicos invitados, más dos standards. Para ello fue colocando cuidadosamente la presencia de los solistas, dejando para sí un mayor espacio en la primera parte del concierto. Tras lo visto/oído, podemos decir que la ABB fue puesta a prueba a todos los niveles, desde la ejecución solista a la de secciones, desde la refinación tímbrica cercana al mundo clásico a la cohesión y tensión de conjunto, de su empaste colectivo a su maleabilidad grupal. Este trabajo realizado por el director resulta valioso para la madurez y desarrollo de esta banda, y hay que seguir incentivándolo con invitados de relieve.
En estos primeros temas compagina la dirección con el contrabajo. Para poder desarrollar un solo de trabada digitación melódica se apoya en ese instrumento doblado por un músico tan sólido e intuitivo, pieza angular de una escena como la sevillana liderada por contrabajistas, como Javier Delgado. Las composiciones del músico portugués están hechas de instantáneas, de momentos compartimentados entre polifonía sin apoyo rítmico y la convergencia entre la diferenciación de figuras melódicas o rítmicas. Veríamos también cómo algunas frases quedaban situadas en los bordes tonales (en la segunda parte del concierto lo veríamos en la flauta y el soprano) y con contrastes en espacios a cuatro voces (E o horto aquí tao hirto), luego ampliadas a otras secciones que se abren a un break free (en How Deep Is the Ocean) concentrado en la base rítmica. El sonido parecía estar inspirado una vez por una banda italiana (en los más fragmentarios) y en otros más melódicos y espaciados (sus solos) a Charlie Haden.
Paulo Gomes y Fátima Serro incrementan el sentir optimista y desenfadado en un tema que recuerda a Metheny en unas líneas de tonos pastel que van y vienen (Fim da viagem) en oleadas de suave melancolía atlántica. El contraste llega con ese requiebro escrito que es Pain in the Butt, en el que la distribución instrumental viene dada por un falso quinteto que se compagina con la big band y los invitados solistas. Aquí hay una mayor tensión entre las secciones pues se persigue ese difícil equilibrio instrumental. Javier Ortí, en un espléndido y encendido solo al tenor que entraba y salía del hard bop al free, dio paso a la bizarría figurada de Todd Sheldrick, afinado y sutil con la trompa y excéntrico con las conchas y otros artilugios de viento.
Entre fado y rap, ella
La segunda parte fue completamente distinta. El concierto tomó otros derroteros basándose más en la trascendencia y puesta a punto de la música tradicional portuguesa, entre dosis de depuración tímbrica y consonancia rítmica que llegaron a unir a dúo voz en scat y batería, la del incólume Nacho Megina. Parecía, eso lo supimos al final, como si todas las energías, el tono de la banda, la perspicacia en la dirección fuera creciendo hasta llegar a las complejas y exuberantes composiciones de Mario Laginha (“no entiendo a esta música sin emoción, no me vale sólo el intelecto”) y la interpretación vocal (que es algo más que cantar) de Maria Joâo.
Joâo Frade y Vivianne
El acordeón es un instrumento de respiración amplia y sensitiva por su raigambre popular. Llegó tarde y aun casi ni ensaya, pero Joâo Frade se plantó ahí frente a una big band e hizo sonar el fuelle con ese sabor salado y húmedo portuario que tiene el fado. Y le acompañó la voz y la presencia femenina de este estilo, componiendo en su figura una rara y seductora simetría, distante y atractiva a la vez, que queda matizada por la calidez de la voz, una clara y casi transparente tez, unos labios pintados de rojo y un pelo negro que cae suavemente sobre la frente redondeando así la cabeza. Cançao do mar, una melodía cuyo recuerdo no sé si le pertenece a Teresa Salgeiro-Madre Deus o a Dulce Pontes, encandiló a un público sabedor de sus esencias populares, que por momentos Frade llevo hacia terrenos más misteriosos. Gustó de ver a la banda arropando a un instrumento así. Viviane puso letra en francés a Autumn Leaves; en realidad los franceses no se andan por las ramas de la poesía de primeros auxilios, y mira que les gusta, para titularla Les feuilles mortes, en la que el acordeón estuvo matizado, como extendiendo sus líneas por la sección de trombones. En ese espacio surgió un medido e inquisitivo solo, deslizándose por los atajos de la melodía, del altoísta Chema Espinosa. Entre ambos arrancan los aplausos de un público agradecido por la interpretación de dos temas que le son familiares, aunque vestidos con otros ropajes, entre un fado sin guitarra y la musette francesa.
Y luego llega ella, con Laginha paseándose por las partituras con su piano, y todo adopta otro color y unos modos más desenvueltos y expresivos. Es como si antes el esquema se hubiera resuelto por encaje a medida; ahora no, la compleja urdimbre escrita por el pianista, aupada por su labor con ese instrumento, recorre pasajes melódicos que se van hilando de manera grácil con la complicidad y tacto de Zé Eduardo. Son los momentos en los que el preciosismo y la evocación se trasmiten entre secciones, como en esos cultivos estratificados, sin que dejen huella en sus desplazamientos. Las manos del director matizan cada aliento pero sobre todo en estos temas lo eleva en el momento justo hasta alcanzar una intensidad que sobrecoge a la audiencia. Hay algo en la música de Laginha que tiene reminiscencias del impresionismo francés y su uso cromático, también de cierto bucolismo británico en unas melodías plácidas que gozan de dinamismo, que gustan de la seducción y del refinamiento. El trenzado discurso por el que pasean las teclas del piano nos descubre a una orquesta nueva, asentada y sensitiva, aunque, eso sí, la exigencia hace que la sección de trompetas se resienta.

Ella. Niña de la selva, de esa selva con plantas exóticas que lleva impresas en los estampados de su blusa. Y ese pelo salvaje que acaba de ser domesticado alrededor de una tela de seda, de seda india me dice… Niña de ciudad, de arrabal, con esa voz gutural cayendo en las profundidades para acentuar el contraste con los sobreagudos. ¿Canta o narra?, narra y canta. ¿Ruiseñor o vendedor de mercado de feria? Capricho. Grita, susurra, gesticula abriendo los brazos hacia arriba. ¿Vuela? No, pero hace volar. Ella es Maria Joâo.
Re-cortes antes de la tarta
¿Has visto qué público? “Sí, ¿verdad?, esto acredita el potencial que tiene esta música. Lo ideal sería que no fuera necesario dedicar un día internacional al jazz, porque indica que está en peligro, que se está aislando en la sociedad”, nos dice Laginha. Entonces, ya que tenemos esa oportunidad, habría que aprovecharla, no como ha pasado en España. “Entiendo, responde Zé Eduardo, nosotros los portugueses hemos vivido un poco aislados de vosotros, mirando a otros sitios como referencia (Francia e Inglaterra) y no sabemos muy bien qué pasa. Sé que hay muy buenos músicos porque les conozco, incluso invité a Perico Sambeat hoy y al final no ha podido venir, pero no sé exactamente qué es lo que no funciona, aunque soy consciente de que estamos mejor en Portugal”. Y eso que estáis intervenidos… Te cuento, en España el jazz vive en un páramo formativo, público, empresarial y mediático. Lo que han hecho los portugueses por nosotros no hemos sido capaces de hacerlo por nosotros mismos, me digo.
Mario Laguinha continúa. “A mi llena de alegría ver a este público que ha venido. Hace falta más difusión en los medios, más concienciación política, que vean lo que en 20 años se ha conseguido hacer con el jazz en Portugal….” Aunque humilde, alrededor del jazz se ha construido una pequeña industria con difusión internacional que también es fuente de turismo cultural. “Y estamos sin Ministro de Cultura, pertenece a una Secretaría de Estado”. Pero, entonces, ¿no han caído festivales? “Sí, uno por aquí al sur, apunta Zé Eduardo (¿sólo uno?). Los importantes siguen, es como si respetaran este ámbito de la cultura, aunque no la conozcan. En cierto modo sí, parece que hay una mayor sensibilización que en España, pero las subvenciones están pendientes de un hilo”, subraya el hoy director de la AAB.

“Mira, si todo gira hacia la derecha, yo les diría a nuestros políticos: ‘sentíos orgullosos de esto y no lo fastidiéis’. Laginha (en la foto al piano) sonríe con malicia al apelar al patriotismo a través de la palabra orgullo… “Cuando empecé (allá a mediados de los 80) me decía todo el mundo que éramos los mejores, y yo les decía, somos los mejores y los peores porque no hay nadie más. Ahora hay muchos y muy buenos músicos portugueses”... “Eso se debe en gran medida a que hay 4 escuelas superiores de música, y muchas, no por casualidad, están llenas de españoles que prefieren venir aquí que ir a Barcelona o Alemania”, añade Zé Eduardo. Sin olvidar un sello discográfico de gran prestigio internacional (Clean Feed) nacido de la nada (aunque coinciden en que está cayendo en posturas especulativas que no benefician a nadie) y que contáis con unos cuantos festivales (con programadores como dios manda) que no bajan el listón de la calidad sin haber necesitado jamás depender de un gran presupuesto. Es decir, habéis creado una afición exigente y con criterio. “Se ha trabajado muy duro, partiendo de cero. Hoy mismo todo lo que has visto es fruto del trabajo de los músicos, sin ellos nada sería posible. Y seguimos necesitando ayuda.” Sentencia el anfitrión.
Infançia
“Estamos llegando al final. Pero no me gusta hablar sobre algo que se acaba, y menos en un día como hoy. Gracias a todos los que habéis venido, a todos los músicos invitados, a esta orquesta y a la organización del Gremio das Músicas, que no me dejan de sorprender. Hoy podemos decir que el jazz no está muerto. Y si no está muerto es porque tiene futuro, y su futuro es éste…” En ese momento entran en el escenario 4 niños de distintas edades, el que lleva la guitarra eléctrica apenas puede con ella, el pianista no llega a los pedales ni de lejos, al batería ni se le ve…Salen todos los músicos incluida la ABB y les acompañan.
“El jazz rompe fronteras entre los pueblos”, se puede leer en un mensaje de la UNESCO en la pantalla.
Fotos: Carlos Pinto
Faro
Nueva Orleans
Río de Janeiro