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29 marzo 2017

MIGUEL ZENON Típico

MIGUEL ZENÓN
TÍPICO
Miguel Zenón (saxo alto, voz)Luis Perdomo (piano), Hans Glawischnig (contrabajo), Henry Cole (batería), Héctor Tito Matos Obanilu Allende, Juan Gutierrez (voz, percusión) 
Miel Music 2017

Nacido en Puerto Rico, Miguel Zenón fue el relevo generacional del saxofonista tenor David Sánchez. Al igual que su compatriota y valedor (participó con él en discos como Melaza y Travesía) y otros músicos como Danilo Pérez, para Zenón su llegada a la exigente escena neoyorquina, como botón de muestra el estupendo debut en Looking Forward (2001), tuvo el periodo de formación en la Berklee de Boston, donde adquirió los recursos con los que poder sintetizar tradiciones caribeñas, dotar a su música un aliento de espiritualidad y ritos ancestrales y vertebrarlos desde un riguroso lenguaje jazzístico.

Las esencias latinas definen su música desde títulos con sabero afrocaribeño como Está Plena, Ceremonial, Jíbaro o Alma Adentro. Esas esencias se expresan sin retórica ni exhibicionismos, en construcciones sobradas de técnica y energía

Ceremonial (2004) significó un salto importante tras el apoyo recibido por Branford Marsalis para esta producción sostenida en el sello discográfico de la célebre familia. En aquél trabajo, como hoy pero sin esa respiración “religiosa” de Coltrane, la música se abre con apuntes melódicos y preludios cantables que posibilitan luego una construcción cambiante basada en pasajes de intensidad sostenida o fragmentos de interacción solista con unísonos preclaros piano/saxo. Este esquema de cifrado melódico-rítmico y veloces cambios métricos son la marca de estilo que define a su música

Con duraciones en torno a los 8 minutos, el desarrollo colectivo y el solista posibilitan, en una compenetración que quita el aliento, intercalar varios temas en uno. Las frases sublimadas por el líder y momentos pausados de conjunto en un siempre rotundo sentido de la polirritmia y de tensión colectiva a veces nos pueden sugerir a Steve Coleman. Su saxo alto se sigue caracterizando por la velocidad en el fraseo, la claridad de líneas y un timbre pulido y con brillo.


Tipico es un homenaje a la brillante y decisiva trayectoria que ha tenido el cuarteto en la carrera de Miguel Zenón, en el centro, Luis Perdomo (piano) a la izquierda, Hans Glawischnig (bajo) y Henry Cole (batería) a derecha


Tipico es un homenaje a la brillante y decisiva trayectoria que ha tenido el cuarteto en la carrera de Zenón, que lleva desde los comienzos de su carrera en el 2000 sostenido por la dimensión orquestal que imprime el piano del gran Luis Perdomo. También el contrabajista Hans Glawischnig figuraba ya en el ya citado Looking Forward. En su formación original, formato en el que ha madurado su estilo, se completaba con Jeff Ballard y Ben Street.

La espiritualidad mestiza que respiraba su música hasta Ceremonial -legado Coltrane- se ha ido transformando en un mecanismo de relojería que maravilla en este Típico en el que cualquier idea, cualquier tema, puede expresarse tanto desde los sentimientos encendidos como desde el un lirismo fibroso. Y esto se consigue con muchos años de conciertos a sus espaldas que facilitan una compenetración que a demás de ser rocosa emite una frescura expositiva resuelta y libre en apariencia, construida sobre una escritura que crece en un diálogo sináptico

En este trabajo, si hubiera que resaltar algo antes no oído en su música, serían descubrir modos aparentemente lejanos a sus sentir caribeño pero que cobran sentido en este contexto. En Ciclo escucharemos ribetes en el fraseo de saxo y aperturas melódicas en desarrollos más alargados que recuerdan al mejor jazz nórdico de los 70, el que unió a Jan Garbarek y Bobo Stenson también en cuarteto.

Esencias latinas definen su música desde títulos profundamente latinos como Ceremonial, Está Plena, Jíbaro, Rayuela o este asombroso Típico. Dichas claves se expresan sin retórica ni exhibicionismos, sin caer en el consumo musculoso y superficial, alimentando la energía que comunica Zenón entre un jazz sin aditivos, salvo el carácter afrocaribeño que lleva en la sangre





27 marzo 2017

ALFREDO RODRÍGUEZ Tocororo

TOCORORO
Alfredo Rodriguez piano, suzuki melodion, sintetizador, voz; Reiner Elizarde contrabajo, Michael Olivera batería, percusión; Ibeyi voz (2, 8), Richard Bona voz, bajo elec. (3, 7, 13), Ibrahim Maalouf trompeta (6, 10); Ganavya Doraiswamy voz (5, 10), Antonio Lizana voz (4), Ariel Bringuez saxos tenor y soprano, clarinete, flauta
Grabado en Madrid. Mack Avenue 2016 
http://www.alfredomusic.com

Desde este blog hemos tratado en varias cocasiones sobre la singularidad del piano cubano, del poder expresivo único que tiene para mimetizarse en percusión, en emoción de melodía popular o en exigente refinación clásica. Alfredo Rodríguez, pese a su juventud pero gracias a importantes apoyos como el de Quincy Jones, ha llegado a escena internacional de manera arrolladora. Su corta pero fulgurante carrera parece tener vínculos con las de otro compatriota ilustre, Gonzalo Rubalcaba, que desde que recibió el aval de Charlie Haden a finales de los 80 se hizo con un puesto en el mejor de los mercados jazzísticos. Rubalcaba acabó yéndose a Florida; Alfredo ya está instalado en Los Angeles.

Alfredo Rodríguez, joven talento pianístico cubano que envía en su tercer disco Tocororo un mensaje políglota en el que integra un toque explosivo y elocuente 
Tocororo, tercer título a su nombre tras Sounds of Space (2012) y The Invasion Parade (2014), toma su nombre de un ave trepadora endémica de Cuba. Producción típica crossover que gira alrededor de un eje afrocubano (base en trío), es un disco de amplio espectro estético que amplía su mensaje con invitados de distintas procedencias y folclores (Bona, Lizana, Ibeyi), todo ello sostenido por imaginativos arreglos en un envase concentrado. Es, por esa misma razón, un producto para público de gustos amplios, abierto al world-jazz, las músicas étnicas e incluso la clásica (con cita a Bach incluida). Es, como suma de estas consideraciones, una producción hecha para el éxito. Y lleva la rúbrica de Quincy Jones, por si quedaba alguna duda.

Tocororonombre de un pájaro endémico de Cuba, es un trabajo de amplio espectro. Producto típico crossover, gira alrededor de un eje afrocubano que amplía su mensaje con invitados provenientes de distintos folclores, todo ello sostenido por imaginativos arreglos

El disco empieza con un Chan Chan (Francisco Repilado/Compay Segundo) del que se extráen las partículas rítmicas elementales desde un piano percutido en las cuerdas. Es en este comienzo donde aparece el rotundo contraste de tiempos sin transición que caracterizan su discurso, unas rupturas arrolladoramente rítmicas reforzadas en los graves donde se comprueba una de las claves expresivas del músico: toque percusivo, contundencia y precisión en los cambios, asombroso juego de unísonos y resolución melódica inesperada. Los espacios de improvisación jazzística se restringen para ofrecer así una exposición en la que nada falte, en la que todo el color, el matiz y las voces invitadas tengan su momento destacado en una duración, decimos, ajustada al máximo para no decir más que lo necesario.

Tonadas cubanas que cantó Bola de Nieve (Ay mama Inés) o más modernas Sábanas Blancas (homenaje a La Habana, con Ibeyi a la voz), caudalosos cantos y ritmos afrocubanos (Yemayá), alusiones directas a Piazzolla (Adiós Nonino), cantos africanos (Bona en Raíces), flamencos (Antonio Lizana soleá por bulerías en Gitanerias, con un comienzo instrumental que es orfebrería de la música clásica-popular española), rendiciones clásicas (Jesu, Joy of Man`s Desiring, la cantata nº 147 de Bach, renovando la lectura de Jack Loussier) o hindúes (el que da título al disco, una síntesis maravillosa, con Ganavya al canto), todo esto queda sucintamente reflejado en la portada: caras y colores.

Un prisma musical que inicia su viaje en Cuba y no para de volar hasta encontrar su destino.





11 marzo 2017

GIYA KANCHELI Miniatures for violin and piano

GIYA KANCHELI
MINITURES FOR VIOLIN AND PIANO
Andrea Cortesi violín, Marco Venturi piano. 
Italia, octubre de 2015. Brillant Classics 2016


Sorprende la naturaleza íntima y descriptiva de este trabajo del compositor georgiano. Un disco que reúne 18 piezas breves para violín y piano que, si bien, en un primer momento dejan un efecto epidérmico, tienen, pese a su escritura abreviada, un calado sensitivo mayor. Es música queda, fluida y animada, un ciclo de bagatelas que contradicen el carácter apesadumbrado y explosivo, sujeto a extremos anímicos, de sus obras orquestales.

Es música queda, fluida y animada, un ciclo de bagatelas que contradicen el carácter apesadumbrado y explosivo, sujeto a extremos anímicos, de sus obras orquestales

“A pesar de los avances, nuestro planeta está envuelto en sangrientas contradicciones. Y ningún progreso en el arte puede soportar la fuerza destructiva que anula con facilidad el frágil proceso de construcción. Yo escribo para mí, sin albergar ninguna ilusión en que la belleza salvará al mundo”. Esta cita está extraída de uno de sus discos en ECM New Series. Giya Kancheli (1935) vive, como dice, en su espacio interior.



“Cuando una persona entra en una iglesia y aún no hay ningún servicio religioso, se produce un silencio especial. Yo quiero convertir ese silencio en música”

Su civilización cristiana en el Cáucaso, los bloques culturales que le rodean, hacen que su música se vea cargada de pesimismo y soledad. Este disco de “miniaturas” es una especie de epistolario bucólico-amoroso compartido en verano. Tiene una impronta afrancesada, impresionista pero también con la  ligereza de la "espuma de los días" de Boris Vian, donde caben formas clásicas, folclore, music hall, ragtime y, por su poder evocativo, cine. 

Son postales cargadas de sensibilidad y afectos que van de lo íntimo a lo luminoso evitando lo superficial. Es el descubrimiento de ese mensaje de escucha interior lo que da valor a estas pequeñas pero hermosas piezas: “Cuando una persona entra en una iglesia y aún no hay ningún servicio religioso, se produce un silencio especial. Yo quiero convertir ese silencio en música”. Ajustada al ánimo y a la luz la interpretación de Cortesi y Venturi



07 marzo 2017

JÓHANN JÓHANNSSON Arrival o la llegada del sonido-ficción

Jóhann Jóhannsson
sonido-ficción
Era uno de los candidatos más sólidos a llevarse el Óscar de este año a la mejor banda sonora por su trabajo en Arrival. El tema central, On the Nature of Daylight, de un autor coétáneo y cercano estéticamente como Max Ritcher también. Al final La La Land y su compositor Justin Hurwitz consiguieron ambos premios. No obstante, el autor finés suma ya tres obras de gran calidad que se adaptan a la perfección al cine de Denis Villeneuve, siendo la mejor de ellas ésta última. La siguiente será un reto aún mayor, poner música a Blade Runner 2049, donde repite tándem con el director canadiense.

Finalmente, Arrival se hizo un galardón que refleja en cierto modo la complejidad exuberante e imaginativa del tratamiento sónico del film: Óscar al mejor diseño de sonido. Y es la imbricación con la banda sonora en un planteamiento que describe algo nuevo, un contacto extraterrestre, lo que refuerza la idea del soberbio trabajo en sonido. Jóhannsson (Reikaivik, 1969) es un autor versátil pero con personalidad, un compositor de nuestra época, esquivo al término clásico, que aún teniendo formación académica y perspectiva histórica opta por armar un lenguaje que parta de una narrativa musical/visual y de la incorporación, digamos orgánica o seudo analógica de la electrónica.
De hecho, Jóhannsson se considera un creador analógico, aunque su música denota un grado de sofisticación en el tratamiento y equilibrio con el material acústico que parece desmentirlo. La cuestión quizá habría que buscarla en su fascinación por los aparatos y la tecnología anticuada o en desuso, las ondas de radio, la sintonización del dial, el mundo de la cinta magnetofónica en estudio... 


Arrival narra los contactos que se establecen con seres extraterrestres en distintos escenarios del planeta. Los esfuerzos por comunicarse empujan una historia en la que la música se acerca a la fonética y a la simbología del lenguaje

Estilísticamente su música que se sitúa en un cruce de caminos interesante aunque resulte evidente para alguien de su generación. Su estilo es post casi todo pero original. El minimalismo británico, con la suavidad oscura de perfiles ambient y gusto por la voz, es uno de esos senderos. Gavin Bryars, que también es narrativo o programático, recordemos The Sinking of the Titanic, sería uno. En otro sentido no muy alejado, habría otro compositor ineludible: el polaco Henryk Gòrecki y el turbador uso de cuerdas, sobre todo en los registros graves, de su Tercera Sinfonía. Idea que se evidencia en su último trabajo no cinematográfico sobre el mito de Orfeo para Deutsche Grammophon: Orphee (2016). Citado el elemento electrónico-analógico, cabe hablar de la elaboración de texturas, que alcanza su brillantez máxima en la banda sonora de Arrival y que el autor considera deudora del Espectralismo francés (Grisey, Murail).

Composición electroacústica 

Su capacidad para adaptarse y también para tomar riesgos le ha permitido afianzar su estimulante y equilibrado vínculo con el cineasta Danis Dilleneve en tres películas tan distintas como Prisioneros (énfasis en un sonido opresivo y al mismo tiempo esperanzado como el de Arvo Pärt, 2013), Sicario (potencia  el arsenal percusivo en contraste con volúmenes amenazadores, en línea con el de Jonny Greenwood para There Will be blood, 2015) y Arrival (síntesis, refinación y variedad de recursos y referentes del autor, 2016). 



La voz humana se transforma y adapta evitando un lenguaje articulado. Sonidos guturales ofrecen un perfil profundo y arcaico reforzado por percusión y cuerdas. El conjunto de Paul Hillier The Theatre of voices y la deformada electrónicamente de Robert Aiki Aubrey Lowe hacen de voces terrenales
La película plantea contactos con seres extraterrestres en distintos escenarios del planeta. La comunicación y el lenguaje son temas principales de su mensaje. Por tanto la voz tenía que hacerse presente de distintas maneras, entrecortada y como sonido que emite señales en morse (The Theatre of voices en segmentos rítmicos a lo Meredith Monk), desfigurada que alarga cada misterioso fonema (Robert Aiki Aubrey Lowe) o emitiendo sonidos guturales (Tibet) que ofrecen un canal de comunicación remoto, como fuera del tiempo. 

Brillante banda sonora que deja abierta grandes expectativas a la secuela de Blade Runner, cuyo compositor, Vangelis, admiraba Jóhannsson.


04 marzo 2017

VELJO TORMIS La voz de los pueblos olvidados


VELJO TORMIS
La voz de los pueblos olvidados

La desnudez y humanidad, el regocijo y el lamento colectivo que rezuma Pueblos Olvidados (Unustatud Rahvad) bastaría para abrir un espacio en la historia de la composición coral al compositor estonio más conocido junto a Arvo Pärt. Apartado de cualquier corriente, sólo Bartók o Janáček estarían en esa línea de investigación y recreación sobre la tradición oral del pueblo llano. Su contribución a ella es inestimable. 


Veljo Tormis, fallecido el 21 de enero, alcanzó el prestigio internacional algo después de su compatriota Arvo Pärt, justo con la caída de la Unión Soviética. Sus obras están catalogadas en sellos como ECM, Chandos, Hyperion y conjuntos famosos como The King Singers, Holst Singers y Hilliard Ensemble le cantaron; aunque nadie trasmitió mejor su mensaje que las voces de su tierra, como el Estonian Chamber Choir o el Estonian Girls Choir, que se fundó para continuar su legado.


Veljo Tormis a la derecha del referente de la música en el siglo XX en Rusia y por extensión en todos sus países satélites: Dimitri Shostakovich sentado escribiendo. Sucedió en Tallin, 1970 

Tormis nació en 1930 no muy lejos de Tallin, en Kuusalu, al nordeste de Estonia. Su padre le enseñó música en el órgano de la iglesia en la que trabaja. La música para coro y órgano sería determinante en sus orquestaciones posteriores. Pasada la II Guerra Mundial, en 1949, entra en el conservatorio de Tallin, donde no pudo cursar los estudios de órgano al estar mal visto este instrumento para las autoridades soviéticas por su relación con la música religiosa. Marcha a estudiar a Moscú entre 1951-56 junto a Vissaron Shebalin, profesor que, pese a la presión comunista, estimulaba los acervos culturales propios de sus alumnos. 

Desde tiempos inmemoriales, la música y el canto han sido esenciales en la pervivencia de la identidad estonia. La tradición de los festivales corales, que se inició en el siglo XIX, sigue siendo uno de los eventos más representativos de su vida cultural. Al igual que otras músicas de raíz, su presencia fue puesta en observancia y censura por el régimen soviético, con el fin de evitar estimular cualquier tipo de insurgencia nacionalista.


Los maestros estonios Arvo Pärt y Veljo Tormispor motivos religiosos el primero y de identidad en el folclore el segundo, sufrieron la vigilancia del sistema soviético

El 11 de septiembre de 1989, alrededor del Festival Tradicional de coros, de hecho ya un año antes tuvo la misma expectación, se reunieron unas 300.000 personas, que durante toda una noche y hasta el alba estuvieron cantando. Entre las canciones estaba el himno nacional de Estonia, prohibido por las autoridades soviéticas. Se le llamó la “Revolución que canta”. Ese mismo año, Tormis concluye su obra más importante. Pueblos Olvidados.  Cancionero arcaico rescatado paciente y discretamente por el autor desde 1970, está compuesto por 51 piezas divididas en seis ciclos que representan otras tantas “tribus” de las regiones bálticas. 



Veljo Tormis
Estonian Philharmonic Chamber Choir. Tõnu Kaljuste conductor
Recorded February 1990, Tapiola Church, Finland
Produced by Paul Hillier


Forgotten Peoples ("Pueblos Olvidados") fecundo y emotivo ciclo de canciones arcaicas estonias y finesas que cuenta con la excepcional versión de uno de los mejores coros del mundo, el Estonian Philarmonic Chamber Choir 
Muchas de estas canciones tienen distintas temáticas, que van del amor a la agricultura o la guerra, y vienen marcadas por una voz solista que introduce la fórmula pregunta/respuesta con el coro mixto o femenino, sobre la que luego operan diversas dinámicas encadenadas. Ante la dicotomía entre tradición y avance, Tormis se decanta, se diría, por un enfoque antropológico que no pretende ser ni historicista ni cultista.

Brillante por su sencillez, emocionante por la claridad y encanto de la interpretación, hay verdad en estas canciones (especie de runas) que trasmiten escenas y ritos de la vida cotidiana de los pueblos de Estonia, Letonia y Finlandia, y cuyo rastro se extiende a Hungría e incluso a Rusia y Bulgaria. Su tema más interpretado fuera de Estonia es “Maldición hierro” (“Raua needmine”, 1972), que invoca un canto chamánico de los dioses de la guerra.

Escribió más de 500 canciones y también música instrumental y vocal para ópera y cine. Destaca ahí la premiada película “Kevade” (“Spring”, 1969, ver vídeo inferior), donde en formato orquestal se aprecia el tratamiento que dio a los coros de voces. 

Una música  elocuente y turbadora la de Tormis. 



Foto 1 de Veljo Tormis por Kaupo Kikkas.
Foto 2 y 3 archivo Estonian World





01 marzo 2017

MAX RICHTER Solo Piano Music

MAX RICHTER
SOLO PIANO MUSIC
Jeroen van Veen piano. 
Julio de 2016. Brillant Classics 95390-CD

De vez en vez aparecen nombres en el mundo clásico-contemporáneo cuya presencia provoca una mezcla de contrariedad y deseo. Por un lado crean controversia sobre su solvencia artística, por otro se piensa que podrían funcionar como estímulo para la difusión y el mercado. La prestigiosa discográfica alemana de música clásica Deutsche Grammophon lo sabe bien, puesto que los está acogiendo en su catálogo (de Ritcher una serie con título tan elocuente como Sleep). Algunas de estas figuras proceden de Gran Bretaña, se manejan en los contornos de la música repetitiva, la electrónica de evasión o de remezclas (su versión "recompuesta" de las Cuatro Estaciones de Vivaldi) y coinciden en el terreno  cinematográfico. Si se fijan, un ejemplo sería Michael Nyman, aunque él y su generación estaban directamente influidos por el primer minimalismo de los 60 y 70 y estos autores se han formado en los 80: son post minimalistas.

Max Richter (1966) está de moda. Su música la escuchan públicos muy diversos que se deleitan con un sonido envolvente y delicado, hecho de patrones sencillos y repetitivos. No confundir con el colosal pianista Sviatoslav Richter. Sirva esta alusión para marcar distancia entre dos pianos y autores con tan respetable apellido. 


Sucinta, hedonista y sensiblera, su música para piano está más cerca de la envoltura complaciente de Ludovico Enaudi que de las gotas de poesía concentrada de Erik Satie


El Ritcher que nos ocupa, económico, hedonista, sensiblero, romántico sin drama, está más cerca de la atmósfera de un pianista-ambient como Harold Budd o la complacencia de Ludovico Enaudi que de la genialidad concentrada en poesía en una gota de agua de Erik Satie o incluso del sonido más esquivo y enigmático de Hans Otte. Se llega a esta conclusión antes de confirmar que ambos, Enaudi y él, fueron alumnos de Luciano Berio: el maestro  desmentido. 

The Blue of Notebooks es el lejano álbum de 2004 del que se seleccionan varios temas, coloreados y espaciosos en la lectura de Van Veen. Written on the Sky, en sus tres versiones gemelas, es la más afortunada de sus piezas para cine. Tema de arrebatado lirismo para orquesta de cuerdas, se tituló On the Nature of Daylight en la película de Martin Scorsese Shutter Island y ahora ha sido reescrita con ese título para Arrival, poderosa banda sonora donde Ritcher coincide con Jóhann Jóhannsson

Sensibilidad confortable.


19 febrero 2017

CINE La La Land (La Ciudad de las Estrellas)


Bajo el signo del éxito

La La Land arrasó. La segunda película del joven cineasta Damien Chazelle tras Whiplash, la historia de un joven estudiante de batería de jazz que aprende bajo las órdenes de un despiadado profesor, es un luminoso musical romántico llamado a tocar las estrellas. Los sueños e ideales de sus dos protagonistas alimentan esta historia de amor y éxito. 
Hay varias coincidencias entre esas dos películas que nos desvelan los intereses de su creador. La más llamativa, sin duda, es la presencia de la música como vehículo narrativo, eje repleto de tópicos entorno al jazz en el caso de Whiplash. Otra coincidencia vendría dada por la personalidad de sus protagonistas. Jóvenes decididos a alcanzar su meta, mucho más ambicioso el ejemplo del aprendiz de baterista que esta pareja de enamorados. Y es por ello que La La Land sea menos obvia (roza el esperpento Whiplash, como dejamos escrito aquí), más rica en la construcción de sus personajes, en sus matices y credibilidad, pese a la idealización “de cuento” en la que se desenvuelve.

Preciosista y nostálgico, La La Land es un musical romántico que no pretende aportar ni profundidad dramática ni novedades. Al contrario, su interés reside en idealizar valores del pasado bajo tonos pastel y una mirada naturalista que lo hace emocionante y creíble

La voluntad de su joven realizador, Damien Chazelleeducado en Harvard, parece también decidida a tener un lugar entre las estrellas de Los Angeles. Chazelle estudió batería de jazz (“siempre lo tendré presente, en cierto modo como algo traumático”) mientras estaba en el instituto, en la Princeton High School. Conoce pues el mundo de la música. Y ama el jazz. Lo ama tanto que en su particular cruzada por reivindicarlo como género vivo parece darlo por muerto o en peligro de extinción. Esto se veía con claridad en Whiplash, haciendo alusiones continuas a un pasado glorioso frente a un incierto futuro y en un presente regido por la indiferencia. 

Ahora vuelve sobre un personaje-músico de jazz interpretado por un siempre solvente Ryan Gosling (ver Drive), que aunque no se le dé muy bien la danza nos sorprende tocando el piano y viviendo esta música como lo haría un verdadero músico de jazz: comprometido con el análisis del lenguaje y con una verdad artística que se resiste a venderse a cualquier precio. Su canción, cantada y silbada a piano, es posiblemente la melodía que dejará en la memoria el espectador.


Sus números musicales brotan de la acción misma, de la vida cotidiana, de pequeños pero reveladores momentos que evitan la previsibilidad propia del género

Sebastian Wilder es un músico de jazz que sobrevive como puede amenizando al piano el ambiente de un restaurante. Se le ve dentro en su coche atrapado en un atasco escrutando unos complejos acordes de un tema de jazz, dándole al reproductor hacia atrás para seleccionar y escuchar una y otra vez el momento que le interesa. El arranque de la película del atasco es fascinante, desarrolla un número musical en el que todo el mundo sale de las filas coches bailando y cantando. Allí se cruza con en el que está Mia Dolan, la joven actriz interpretada por Emma Stone de la que se enamorará tras coincidir milagrosamente con ella varias veces. Una de las claves de la película ya aparece en este maravilloso preludio. Sus números musicales brotan de la acción misma, de la vida cotidiana, de pequeños pero reveladores momentos que evitan la previsibilidad propia de los musicales.

La La Land es un musical que hace alusiones  a clásicos como West Side Story, aunque parte de un referente francés: Los paraguas de Cherburgo

No es fácil encontrar producciones recientes del género musical. De memoria vienen propuestas tan dispares como Los Miserables (interpretada en vivo durante la filmación), Moulin Rouge (pop barroco) Bailando en la Oscuridad (atrevido drama por el uso sonidos concretos y la voz de Börk). Pese a que La La Land hace alusiones a musicales clásicos como West Side Story o un Americano en París, aunque parte de un referente del musical francés hecho al calor de la neuvelle vague y citado por el propio director como inspiración: Los Paraguas de Cherburgo. Esta película fue dirigida por Jaques Denny en 1964, interpretada por Catherine Deneuve y con la excelente música de Michel Legrand, es un film totalmente cantado. La naturalidad en la expresión de los números, la gotas de realidad en las situaciones “domésticas” en las que se desarrollan coinciden con el enfoque actualizado de La La Land.


El realizador de Whiplash vuelve a contar con un personaje que es músico de jazz, aquí interpretado por un siempre solvente Ryan Gosling, que nos sorprende tocando el piano y viviendo esta música como lo haría uno verdadero

Técnicamente virtuosa, con ese prodigioso plano secuencia inicial o la pictórica escena de baile al amanecer, La La Land es un musical romántico cuyo perfil naîf en los colores pastel en fotografía sirven de decorado al romance que viven sus protagonistas. Preciosista y nostálgico, no pretende aportar ni profundidad dramática ni novedades, más bien idealizar valores del pasado. 

Ha arrasado en taquilla y posiblemente lo hará en los Óscar. Pese al éxito que ya cosecha es una película para ahondar no tanto en ella sino en los sentimientos personales y en los giros que deja el tiempo a su paso. No se la pierdan.

La La Land
Año: 2016
Dirección y guión: Damien Chazelle
Música

Justin Hurwitz
Fotografía: Linus Sandgren. Reparto: Ryan Gosling (Sebastian Wilder), Emma Stone (Mia Dolan)






06 febrero 2017

FRANÇOIS COUTURIER/TARKOVSKY QUARTET Nuit Blanche



"Cuando una película no es un documento, es un sueño. Esa es la razón de que Tarkovsky sea el más grande de todos. Se desenvuelve con naturalidad en la habitación de los sueños"

Ingmar Bergman


Juntos, en el recomendable Moderato Cantabile o con la cantante Maria Pia de Vita en Pergolese, o por separado en proyectos afines de este sello, Françoise Couturier y Anja Lechner llevan siendo un referente estético para ECM en su combinación de música extra-académica e improvisación. El sonido que se persigue parte de una refinación melódica cargada de existencialismo y, no pocas veces, dramaturgia. La violonchelista ya había participado en experiencias análogas con otro pianista de facultades clásicas y de improvisador como el griego Vassilis Tsabropoulos. Llamar Tarkovsky a un grupo, después de recorrer el mundo greco-bizantino de Gurdieeff o incluso el más sombrío de Dino Saluzzi en el caso de Lechner, o el más visual de Anouar Brahem (Khomsa y Le Pas du chat noir) en el de Couturier, no deja de ser un principio estético que ahonda en la transcendencia. En este caso, bajo el título de "noche en blanco", en una poética sobre los sueños. 
TARKOVSKY QUARTET
François Couturier (piano, composición), Jean-Marc Larché (Saxo soprano), Anja Lechner (violonchelo), Jean-Louis Matinier (acordeón). 
Abril de 2016, Lugano. ECM 2017-Distrijazz 


Sin eje temático ni decurso narrativo, la escucha depara una sensación inconclusa, de pinceladas aisladas: estructura en bocetos, mucha improvisación, trabajo tímbrico hecho de respiraciones y texturas armónicas, en resumen, una idea entre lo fijado y lo imaginado en el que se cuelan citas repetitivas a Philip Glass (Fantasia) o figuras del pasado de Pergolese (en la recreación del Cum dederit... de Vivaldi).
"Noche en blanco" trascurre con la sensación que deja el insomnio en la oscuridad...Un sonido fragmentado y vaporoso se mezcla con imágenes que brotan entre brumas, en el espacio sin tiempo de Tarkovsky
Luego, al leer las notas que se incluyen como la cita que abre este comentario, se descubre la justificación del tercer encuentro en el catálogo de ECM tras Nostalghia -Song for Tarkovsky (2006) y el previo de título homónimo (2011). Y se habla en el libreto justamente de una obra sin fin ni principio, de "noche en blanco", de la sensación que deja el insomnio en la oscuridad...Así, el sonido fragmentado y vaporoso se mezcla con imágenes que brotan entre brumas, contenidas en el espacio sin tiempo de Tarkovsky. 

Fiel a esa sensación incómoda del insomnio, de pesadez, voluptuosidad y desasosiego, este trabajo se ajusta a la cita inicial de Bergman. Un no-sueño que pasa sin dejar otra sensación que la de estar en blanco. 





PROYECTOS PREVIOS -VÍDEOS


29 enero 2017

PHILIP GLASS 80º aniversario


PHILIP GLASS
El triunfo de lo mínimo

El Minimalismo es el producto pop de la música contemporánea, el más difundido y comprendido, nacido en la era de Andy Warhol, de la serigrafía y la obra de arte como objeto, por tanto, algo que se puede editar, publicar y vender en serie (repetición). La obra de Philip Glass (Baltimore, 31 enero de 1937) se extiende en infinidad de obras que llevan un sello personal que a muchos les parece superficial y redundante. Con 80 años, publica en español su autobiografía "Palabras sin música", un amplio retrato sobre una vida nada minimal.


1976, declaraciones de un joven y desconocido compositor tras un estreno: “El mundo de la Música Clásica Contemporánea suele ir 50 años por detrás del Arte. Cuando hablan de nueva música ponen de ejemplo piezas escritas en 1910. ¿Te lo puedes creer?” Glass lo sabe bien porque su interés en la vanguardia empezó por autores de ese periodo. Su padre tenía una tienda, en su ciudad de Baltimore, donde vendían discos. Tenía interés en la vanguardia musical y pidió a su padre se hiciera con cuatro discos de la música de cámara de Arnold Shoenberg. Su padre accedió, pues, entre otras razones, además de ser aficionado a la música, su familia era de procedencia judía. Muchos años después, habiendo terminado sus estudios primero en la estimulante Chicago y luego en la Julliard de Nueva York, antes de irse a Paris con Nadia Boulanger, le preguntó cómo iba la venta de los discos del maestro vienés. Su padre le dijo que se habían vendido, pero que esperaba que hubiera aprendido la lección. Una lección, "la que separa el mundo de la música del negocio de la música", que también había recibido por boca de Ornette Coleman cuando se traslada en los 60 a Nueva York.



Einstein on the beach celebró su 40º aniversario en 2016. Teatro musical (dirección Robert Wilson, arriba a la derecha) con coreografía (Lucinda Childs), se trata de una obra referencial por su estructura narrativa y visual. Incorpora detalles biográficos del célebre físico dentro de un formato instrumental, interpretativo y escénico absolutamente novedoso


Einstein on the Beach, ópera que forma parte de la dedicada a físicos como Kepler o Galileo Galilei, fue la primera. Cumple 40 años, ha revolucionado más al teatro que a la música. “Si la escuchas en disco te pierdes la mitad. Movimiento, texto, imágenes y música. Son los cuatro elementos del teatro”, comentaba recientemente Philip Glass  con motivo de la  producción que la Opera de Los Angeles realizó de ella en 2013. Y esto se  debe a que fue llevada a cabo por tres realizadores, Glass en la música, Lucinda Childs en la coreografía y como director Robert Wilson. Desde que se estrenó supuso una revolución de la que se han nutrido después infinidad de títulos que descansan o ponen su acento sobre una u otra disciplina (danza, música, teatro). Se lamentaba también el compositor que pese a su influencia, Einstein, que lleva ese nombre por inspirarse en la biografía del físico, hacía 20 años que no se representaba. Tengamos en cuenta que la duración aproximada del espectáculo es de unas 5 horas y que en Los Angeles se dispuso un lugar de esparcimiento en el que el público podía seguir la representación a través de pantallas mientras hablaban, se tendían o tomaban un refrigerio. 

En realidad, así nació originalmente. Glass, poco tiempo después de abandonar el taxi que conducía para ganarse la vida, había asistido a la representación de “Stalin, his life and Times” que Wilson había realizado con la Brooklyn Academy of Music tres años antes. Era  una pieza anormalmente larga, terminaba de madrugada, tras la cual, a eso de las 6 de la mañana, ambos se  conocieron. Ese era el espíritu de “vecindario” que se vivía en Manhattan, músicos, bailarines, pintores, actores, escritores todo mezclado. 
Tenía un formato geométrico y esquemático, con un diseño compartimentado y un texto hablado ceñido a una música trepidante e insistente, que contrastaba con el estatismo del decorado
“Yo quería a gente corriente en el escenario, gente de la calle. Por ejemplo, no quería a bailarines profesionales”, rememora Wilson, aunque la plasmación final sugiera otra cosa, por entonces joven creador procedente de Texas cuyas inquietudes estaban en las antípodas de los musicales de Broadway. Era una apuesta arriesgada. Tenía un formato novedoso hecho de una estética “minimal”, geométrica y esquemática, con un diseño compartimentado, con un texto hablado ceñido a una música trepidante, repetitiva, insistente, que contrastaba con el estatismo de figuras y decorado. Un crítico la definió, tras su polémico estreno en el MET, como “bella y aburrida”... intermitentemente bella y aburrida durante 5 horas.



Trilogía Qatsi, extraordinario trabajo documental de la década de los 80 sobre las diferencias del progreso en el planeta. El poder y velocidad de la imagen y los contrastes entre paisajes tuvieron la lectura apropiada en la indolente música de Glass


Fuimos muchos los que conocimos la música de Glass algo más tarde, ya en los 80, a través de la pantalla. La imagen es un terreno en el que la música de Glass siempre se ha apoyado. En su álbum The Photographer (1982) la ocurrente portada recogía primeros fotogramas de cine, como en pequeñas celdas, uno detrás de otro la repetición crea una impresión de movimiento estático como representación de su estilo. Sería con la serie iniciada en Koyaanisqatsi cuando su nombre llegaba a través de la pequeña pantalla. De nuevo contrastes de paisajes y miradas entre Tercer y Primer Mundo, velocidad desenfrenada y contemplativa.

La trilogía qatsi (“vida sin equilibrio”) fueron películas que mostraban “una visión apocalíptica en la colisión de dos mundos”. Dirigidas por Godfrey Reggio y producidas, entre otros, por Francis Ford Coppola y Steven Soderbergh, en realidad se puede decir que es el mejor trabajo que le hemos visto para gran pantalla, pues su música, con esa naturaleza como ajena a la emoción, incapaz de empatizar con otra acción que su desarrollo, no es la más apropiada para bandas sonoras como la que hizo para Woody Allen en la fallida El Sueño de Cassandra. Ni siquiera, se diría, lo es para los cinema-conciertos de películas mudas y en blanco y negro como La Belle et la Bète de Jean Cocteau. Desde el punto de vista de la escucha, todo lo que Glass tenía que decir, con o sin imagen, ya está dicho desde hace tiempo.


Trabajador infatigable, la vasta y variada producción de Glass ha recorrido la nueva ópera, el cine de Woody Allen y Jean Cocteau, el exotismo orquestal junto a Ravi Shankar y el pop espacial de David Bowie-Brian Eno. Con 80 años, publica en español su autobiografía "Palabras sin música", un amplio retrato sobre una vida nada minimal

Philip Glass es quizá el autor de mayor proyección popular. Representa al minimalismo como el producto pop de la música contemporánea, el más difundido, objeto de consumo que se puede vender en serie. De haber existido esa posibilidad, él sería el sexto Beatle, componiendo y arreglando temas para el “Segundo Album Blanco” con la ayuda de Ravi Shankar. Con el maestro indio tuvo encuentros oriente-occidente, siguiendo el sendero de Menuhin, como Passages, exuberante y colorista trabajo de composición para orquesta con núcleo instrumental típico hindú y un elemento diferencial rítmico como la percusión. En esta línea viajera, aunque mucho menos fructífera como experiencia, participó en el teatro musical The Screens sobre el texto de Jean Genet, para el que contó con el kora de Foday Musa Suso. 

En la música de Glass se da una rara convergencia entre barroquismo (el teclado de Bach), movimiento (el impulso del bebop) y frialdad expositiva (su pasión científica)

Creó su propio sello discográfico en los 90, Point Music, donde dio oportunidad a creadores estilísticamente cercanos. Allí salió publicada, además del citado The Screens, la Low Symphony (1992), lectura libre e instrumental, habría que decir, del célebre disco de David Bowie perteneciente a la trilogía berlinesa que produjo Brian Eno. En 2003 saldría otra versión sinfónica sobre Heroes. Es en el sugestivo Subterraneans, subyugante trabajo aéreo en la melodía que cuenta con la voz lujuriosa de Bowie y el toque ambient de Eno en el original, donde Glass encuentra el terreno propicio para su mejor recreación.

Rebasada la época de mayor impacto estético del Minimalismo, que apenas ocupa una década a contar desde 1965, la música de Philip Glass denota un recorrido más corto y menos fecundo que la de otros autores fundacionales como Steve Reich. En ella se da una rara convergencia entre barroquismo (el teclado de Bach), movimiento (el impulso del bebop) y frialdad expositiva (su pasión científica). Hay que reconocerle, no obstante, que gracias a su extensa y variada producción ha conseguido ocupar un hueco mayor en la música popular contemporánea, lo que le convierte en un clásico de nuestro tiempo.